
Foto de G

"Los muertos y los durmientes, cuánto se asemejan."
Gilgamesh
"Hay en las aguas del pantano un extraño poder que impide la putrefacción. Se han encontrado cuerpos que deben haber yacido allá más de mil años, y si bien algo menguados y oscurecidos,
aparecen por lo demás inmutables."
Almanaque danés, 1837
"En las edades de Bronce y de Hierro, los pantanos se consideraban lugares sagrados, en los que numerosas ceremonias religiosas, de las que ahora encontramos huella, tuvieron lugar."*
"Durante siglos, se ha extraído turba de los pantanos daneses como combustible del hogar, que protegía contra el frío de invierno y calentaba la comida. Mientras ha sido así, han emergido de la turba gentes bien conservadas, de un tono marrón oscuro, para sorpresa, terror y desconcierto de los cortadores de turba. Creían que era el mal encarnado, el Diablo, lo que tenían delante; o bien recordaban historias de siniestros asesinatos sin resolver ocurridos en el distrito, o de personas que desaparecieron sin dejar huella. Difícilmente podían imaginar que muchos siglos separaban sus vidas de la persona muerta en el pantano."*
"El hombre de Tollund y muchos otros de los hombres del pantano, después de un breve tiempo como dios y esposo de la diosa -el tiempo de las fiestas de primavera y el recorrido de aldea en aldea- cumplían con la demanda final de su religión. Eran sacrificados y sumergidos en pantanos sagrados; con su muerte se consumaba el rito que aseguraba fortuna y fertilidad a la comunidad campesina para el año entrante. Al mismo tiempo, mediante este sacrificio, quedaban consagrados por siempre a Nerthus, diosa de la fertilidad, a la Madre Tierra, que en recompensa tan a menudo ha bendecido sus rostros, preservándolos a través de milenios."
Entonces
Entonces vestías de marta y cebellina
Te adornabas con joyas preciosas
Gemas y perlas en tu cabello dorado
Malignos pensamientos en tu mente.
Ahora
Ahora yaces desnuda, arrugada y horrible
Con una calavera vacía por cabeza
Más negra que la estaca de roble
Que te desposó al pantano.
Al quinto día de travesía por el océano Atlántico, vimos los gigantescos edificios de Nueva York. Ante nosotros estaba América. Pero cuando llevábamos una semana en Nueva York y, así nos parecía, empezábamos a comprender América, nos dijeron de modo totalmente inesperado que Nueva York no es América en absoluto. Nos dijeron que Nueva York es un puente entre Europa y América, y que nos hallábamos situados sobre el puente. Entonces nos fuimos a Washington, bien dispuestos a creer que la capital de los Estados Unidos es sin discusión América. Pasamos allí un día, y al atardecer ya nos habíamos enamorado de esta ciudad puramente americana. Sin embargo, esa misma tarde nos dijeron que Washington no era bajo ningún concepto América. Nos dijeron que esta era una ciudad de burócratas gubernamentales y que América era algo completamente distinto. Perplejos, viajamos a Hartford, una ciudad en el Estado de Connecticut, donde el gran escritor americano Mark Twain vivió sus años de madurez. Ante nuestro inmenso horror, los habitantes del lugar nos dijeron que Hartford tampoco era la genuina América. Unos afirmaban que la genuina América estaba en los Estados del sur, mientras que para otros se hallaba en los del oeste. Otros no decían nada, sólo apuntaban vagamente con el dedo en el espacio. Entonces resolvimos seguir un plan: viajaríamos a lo largo del país en automóvil, atravesándolo del Atlántico al Pacífico, y volviendo por una ruta distinta, a través del golfo de México, en la creencia de que sin duda en alguna parte hallaríamos América. Regresamos a Nueva York, adquirimos un Ford (el transporte en automóvil privado es el medio más económico de viajar por los Estados Unidos), lo aseguramos a él y a nosotros, y en una fría mañana de noviembre dejamos Nueva York por América. (...)
Un extranjero, que no domine la lengua inglesa, puede aventurarse en la carretera americana con espíritu tranquilo. No corre el riesgo de perderse. En estas carreteras le es posible incluso a un niño o a un sordomudo viajar por su cuenta.
Las carreteras están cuidadosamente numeradas. Los números aparecen con tal frecuencia en el camino que tomar una ruta equivocada es simplemente imposible.
A veces dos carreteras se juntan en una durante un trecho. Entonces dos números aparecen en el poste: el número de la carretera federal arriba, y el número de la carretera estatal debajo.
En ocasiones cinco, siete o hasta diez carreteras se juntan. Entonces la cantidad de números crece con el poste al que están unidos.
Hay muchas señales de todas clases en el camino. Están situadas cerca del suelo, a la derecha, de modo que siempre quedan bajo el campo de visión del conductor. Nunca son inciertas y no requieren ser descifradas. En América nunca te encuentras nada como un misterioso triángulo azul dentro de un cuadrado rojo, una señal con la que es posible devanarse los sesos durante horas tratando de averiguar qué significa. (...)
En la ciudad de San Antonio, Texas, cuelgan anuncios bajos los semáforos de cada cruce: "40 muertes por acidente de tráfico en San Antonio en 1935. ¡Conduzca con precaución!" A veces es posible descubrir un humor bastante más negro en inscripciones de esta clase. En el oeste, hallamos en el camino esta señal: "Conduzca con precaución. Cementerio a la vuelta de la curva."
A propósito, hablando de cementerios...
Aquí está la clase de cementerio que más a menudo se encuentra en América. Un cementerio de automóviles. (...)
Esta imagen (arriba) debería llamarse como sigue: "Hela aquí, ¡esta es America!"
Y en verdad, cuando uno cierra los ojos y trata de reavivar las imágenes de ese país donde ha pasado cuatro meses, no se imagina uno en Washington con sus jardines, columnas y vastas colecciones de monumentos, ni en Nueva York con sus rascacielos y sus ricos y pobres, ni en San Francisco con sus calles empinadas y sus puentes suspendidos, ni en las montañas, fábricas o cañones, sino en un cruce entre dos caminos como este, con una gasolinera contra un campo de alambres y de anuncios.


















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