28 octubre 2018

UNA CASA EN LA ALDEA

Una mañana de invierno, por una calle encharcada, aún sin asfaltar, llegué a nuestra casa en la aldea.

La chimenea se alzaba sobre una vertiente de tejas rojas, entreveradas de musgo, mezclando en el aire leña ardida. En la fachada se veía un portal enlucido, en forma de arco, entre dos ventanas de reja, y algunos desmoches mostraban el muro de adobe.

Tras la puerta partida de rugosos cuarterones, sobre un escalón de piedra, se abrió un pasillo de baldosas, de dibujo verde y blanco. A mano izquierda estaba la sala, con sus dos alcobas; enfrente, con la suya, el despacho.

La sala recuerda más el tiempo anterior. Tiene el suelo de losas rojas, y un techo de vigas de madera. En los muros blanqueados cuelgan cuadros piadosos. Rebosan en las alcobas dos camas altas de colchón de lana. En torno se ven sillas de enea, una estufa de gas, dos baúles grandes, un diván, una cómoda y, sobre ella, un espejo con viejas fotos prendidas del marco.

El despacho tiene el suelo más bajo, entarimado. Hay en el centro un escritorio, junto a la ventana una máquina Singer de pedal. Cerca de la entrada se recorta, con su argolla, la trampilla de la bodega.

A mitad del pasillo, se ve una cantarera y una mesa redonda, blanca, de madera. A su izquierda está la entrada al sobrado, el cuarto del arcón; más adelante, a derecha, la cocina y el fregadero.

Empujé el portón al final del pasillo, crucé la cuadra en penumbra y salí al corral, ancho y despejado. En un extremo surgió una hilera de pocilgas; en el otro, un molino; al fondo, un pajar, un colgadizo. Cerca bullen animales. Cruzan rachas de viento invernal. Al abrir las carreteras, una luz de primavera irradiaba en los campos.

En la cocina, la luz entra a través de una claraboya de cristal esmerilado. En el hogar renegrido arde la lumbre matinal, con su pote hirviendo, badil y tenazas. En un rincón, junto a una abertura vidriada desde donde se ve el portal, hay un espejo pequeño y un palanganero. Al fondo, cercano a la pila, un vasar, un hornillo, un aparador de madera blanco.

El sobrado está en penumbra; apenas se entra de pie. Cuantas veces subía, parecía proyectar la misma imagen, en la que se ha recogido. Las paredes y las tablas del suelo están cuajadas de trastos, calderas, semillas y aperos. De las vigas del techo cuelgan embutidos y jamones. Un haz de luz traspasa la pequeña ventana y da junto a un cofre de madera que contiene viejas fotos, libros de horas y postales. Muchas veces, en el alegre amanecer de verano, escuché el ruido de madre trajinando arriba.

La casa mira hacia el este, de modo que la sombra corre por su fachada pasado el mediodía. Cada vivienda tiene un olor: el suyo era un aire nítido, penetrante, como el que siente quien, a principios de otoño, se adentra en los pinares después de la lluvia. Henchía la imaginación de quien, traspasando el umbral, cada vez menos extranjero, respiraba en su recinto.

Texto de Alan


Zlatá ulička (Callejuela de Oro, 1906)
Antonín Slavíček

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27 octubre 2018

FRANZ SCHUBERT



SONATA No. 20 · MOMENTS MUSICAUX

Sonata in A Major
1. Allegro
2. Andantino
3. Scherzo: Allegro vivace - Trio un poco più lento
4. Rondo: Allegretto - Presto

Moments musicaux
5. Moderato
6. Andantino
7. Allegro moderato
8. Moderato
9. Allegro vivace
10. Allegretto

Olga Tverskaya fortepiano Graf

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21 octubre 2018

UN VIAJE EN ASNO AL LAGO

–Oye Al, ¿has oído alguna vez hablar del Lago? –preguntó Dave.

–Dicen que está lleno de palmeras y cascadas. Que allí todos ríen y gozan, como en las mil y una noches.

–¡Pues andando para allá!

Cuando llegaron al zoco, ya no quedaban camellos. Todos se habían ido al Lago. El dueño de las bestias, el señor Elh Patt, les vendió un asno pequeño pero fuerte, y se pusieron en camino.

Como Al era mayor, se subió en el asno, y Dave iba a su lado a pie. Al poco les adelantó un carruaje vacío guiado por un murciélago. El carruaje se detuvo junto a ellos y apareció Sid Vampyr, vestido de capa y frac.

–Usted, un tío hecho y derecho, sobre el asno. Y el chaval a pie, con la lengua fuera. ¡Ya sabrán lo que hacen, agur!

Y se fue traqueteando en su coche, hacia el Lago.

–¿Qué te parece, Dave?

–Creo que Sid Vampyr lleva razón. Tú eres más fuerte, Al.

De modo que se cambiaron. Al poco vieron que les sobrevolaba una alfombra. Era la hamaca de Alí Ba.

–Qué bien tratas a tu asno, Al. Le dejas que cargue a gusto con ese man delgadito, y el que se cansa eres tú –dijo, tumbado en la hamaca, y siguió volando hacia el Lago.

–¿Qué te parece, Dave?

–Creo que Alí Ba lleva razón. Yo me fatigaré menos.

Estaban como al principio, cuando se oye el sonido de un claxon, y vieron que Ben Taksi les gritaba, con la ventanilla bajada:

–¡Pero hombre, súbanse los dos al asno! Y si se queja, arréele fuerte.

Y se marchó tocando el claxon y echando una nube de humo y arena, camino del Lago.

–¿Qué te parece, Dave?

–Creo que Ben Taksi lleva razón. El asno tiene más aguante que nosotros.

De manera que subieron los dos en el asno, y al anochecer, cerca del Lago, salieron a recibirles unas muchachas, llevando unas lámparas de aceite. Todas muy alegres, y ellos más. Pero en cuanto les vieron, empezaron a increparles.

–¿No os da vergüenza? Los dos sobre el pobre asno. Bajaos ahora mismo, si queréis entrar en el Lago.

–¿Qué te parece, Dave?

–Creo que las muchachas llevan razón. Este asno es muy pequeño para tanta carga.

Así que llegaron al Lago a pie. Y mientras descansaban, después de la cena, y escuchaban la música, y el rumor del agua y de las siluetas bailando en la oscuridad, Al dijo a Dave:

–Cuando emprendimos camino, yo iba en el asno. Sid Vampyr nos aconsejó que cambiáramos. El señor Alí Ba nos dijo que al revés, y el señor Ben Taksi que subiéramos los dos. Y cuando ya llegábamos, las muchachas nos bajaron del asno. Hemos viajado de todas las formas, y siempre encontrábamos a alguien que nos decía que aquello estaba mal. Y a ti siempre te parecía que llevaban razón.

En el tocadiscos sonaba 'Garden Party' de Ricky Nelson:

If you can’t please everyone
You better please yourself…

–Me aplico el cuento, Al.

Texto de Alan


Asinello bianco dell'isola dell'Asinara
Fuente

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20 octubre 2018

THE DETROIT COBRAS



LIFE, LOVE AND LEAVING

1. Hey Sailor
2. He Did It
3. Find Me a Home
4. Oh My Lover
5. Cry On
6. Stupidity
7. Bye Bye Baby
8. Boss Lady
9. Laughing at You
10. Can't Miss Nothing
11. Right Around the Corner
12. Won't You Dance with Me
13. Let's Forget About the Past
14. Shout Bama Lama




Rachael Nagy, of The Detriot Cobras

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17 octubre 2018

LOS FIELES ESPECTROS

De repente hizo aparición, como un huésped inesperado que llegaba a visitarle. Tras breves ausencias, de una o de otra parte, había resuelto permanecer junto a él. Igual que todo el mundo posee un rostro o una sonrisa, las personas alojaban una forma de dolor, más difícil de compartir.

Entre las imágenes de su memoria se veía caminando, dos diferentes noches de invierno, en la sola compañía de su padre, dejada atrás la casa familiar. Sus piernas se alternaban fantásticamente, como voces que se manifiestan una mutua alegría, sabiendo que estaba lejos el momento en que debieran separarse.

Una madrugada, recién sacado del sueño, su madre le condujo en automóvil al nuevo piso, en el centro de la ciudad. Así es como fue siempre: una gran invención.



–What’s your name?

El chico recién llegado al barrio miró sus playeras, tan sucias como a él le gustaban, y surgió una mata de pelos rojizos, revueltos:

–Puddin’ n’ tain!

La muchacha sonrió. En algunos segundos, le hubiera gustado verse como una anciana: tener un rostro delicado, lleno de belleza y valentía.

–¿Y tú?

La mata de pelo rojizo volvió a surgir. Ella, abriéndose paso, se acercó hasta la oreja:

–¡David!

El muchacho rió con los ojos. Deseó llevar un jubón con botones de plata, vivir y dormir en los brezales y mostrarse orgulloso de poseer una rara habilidad musical.

–Qué tal.



Estaba el verano, el skiffle. La vida era larga, como un día de juventud. Ella siempre le gastaba bromas al despedirse. Si se quedaba mirándole, sin ganas de marcharse, era él quien decía:

–¡Vaya, pero si está callada!

Había aprendido a conducir, observando a su madre, quien, sin darse cuenta, le había enseñado. A la menor oportunidad pensaba poner sus nuevos conocimientos en práctica.

Ella dijo que sabía contener la respiración. Avanzaba rápidamente en este terreno. Le gustaría llegar a un día en que tuviese que respirar solo una vez.

–Muéstrame el coche.

En cuanto estuvieron dentro, previo hurto de llaves del que su madre no se enteró, bajaron el seguro, cerraron las ventanillas y probaron a contener la respiración. Él aguantó treinta segundos. Ella dos minutos y medio. Estaba tan roja como cuando se reía.

Puso el automóvil en marcha, metió primera y arrancó. Dejó aparcado unos metros más abajo el automóvil de su madre, quien no advirtió cambio alguno.



–Déjame sola.

Escondió la cabeza en el hueco de los brazos. Nada más se veía su cabellera rubia, como un garabato esponjoso lleno de gotas de agua. Durante tres minutos, no se movió. Cuando alzó la cabeza, no quedaba rastro de su hogar, ni de las calles que le eran familiares. Él estaba a su lado. Y ella estaba a su lado. A cien por hora.

La muchacha abrió la ventanilla y un aire fresco, el aire de noche, entró a raudal en sus pulmones. Solo había que esperar un segundo, la llegada del disco de luces, para verse sonreír.

–¡Barco a la vista! ¡Calma, chico!

El coche de frente se alejó dando el claxon.

–Haz el favor, para en el arcén.

Había una línea de sangre, de los labios a la garganta. La oyó respirar, extrañamente, y antes de que acertase a comprender por qué, todo su cuerpo se estremeció, se abrazó a ella y durante un minuto las lágrimas lo arrasaron todo.



A ambos lados de la puerta dos letreros indicaban: «Va a entrar usted en un hospital. Arroje su cigarrillo». Una mujer de pelo rubio, saliendo de la habitación, le envió una sonrisa.

–Me gusta tu ojo. ¿Puedes abrirlo?

–Sí. No estás nada mal…

–¿Por qué no me dijiste...?

–Recuerdo esto, de pequeña. Me pusieron un silenciador. Daba brincos, delante de las puertas automáticas. Tenías que haber estado.

–Creo que te vi. Eras preciosa.

–¿Qué pasó con el coche? El del otro extremo de la provincia.

–Ella lo tiró. Había cientos.

–¿Cómo era tu padre?

–Pelirrojo.

Se inclinó sobre el pijama, el párpado se contrajo y aquello, lo que fuera, estuvo allí, ardiente, unos segundos. La mujer de pelo rubio volvió a entrar, con el mismo sigilo con que entramos en el sueño.



De regreso a casa, descubrió en la calzada un bote de galletas Simmers. Se quedó contemplando los trigales henchidos, la cocina espaciosa, con horno. Había visto esa expresión, fijamente, junto a su cara de niño. A veces aparecía, como un nuevo compañero, sin que supiera en qué instante. Dio un puntapié, y la caja rebotó rítmicamente hasta el bordillo.

Despertar en la misma habitación de cuando eres niña, tras unos días de ausencia, e ir dejando que los objetos familiares hagan un saludo y se restablezcan, puede tener resultados sorprendentes. Cuando el ojo se hizo más pequeño, apoyando una mano en la nuca, veía los rizos. Y resoplaba.

Texto de Alan


Café Ricordi
Foto de Alan

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10 octubre 2018

ESPEJO DEL SUEÑO

Un muchacho dormía en el cuarto vecino a su cija. Soñó que una mano le aferraba del costado y le hacía despertar. Frente a él, vio a un extranjero vestido con ropas de viaje. Tenía el pelo revuelto, y por la tez oscura le corrían venas azules. El extranjero se acercó, movió los labios, como si quisiera hablarle. De repente, se abalanzó sobre él. Entonces el muchacho volvió a despertar y descubrió su cuarto vacío, idéntico al sueño.

Pasado un tiempo, viajaba en una caravana por tierra extranjera. Acostado en su tienda, soñó que de noche recorría las calles de su lugar natal. Llegaba hasta una humilde vivienda de pastores, y a oscuras entraba en una habitación, donde dormía un muchacho. Puso una mano en el costado del pequeño y le despertó.

Por la mañana una mujer, al entrar en la tienda, halló su cuerpo sin vida.

Texto de Alan


Espejo
Foto de Alan

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08 octubre 2018

ÍGOR STRAVINSKI



L'HISTOIRE DU SOLDAT · OCTET

L'histoire du soldat

1ère partie
1. Marche du soldat
2. Musique de la 1ère scène
3. Marche du soldat
4. Musique de la 2ème scène (Pastorale)
5. Musique de la fin de la 2ème scène (Postlude)
6. Musique de la 3ème scène

2ème partie
7. Marche du soldat
8. Marche royale
9. Le lecteur: 'On a fait marcher'
10. Petit concert
11. Trois danses: Tango - Valse - Ragtime
12. Danse du diable
13. Petit choral
14. Couplet du diable
15. Grand choral
16. Marche triomphale du diable

Octet
17. Sinfonia. Lento - Allegro moderato
18. Tema con variazioni. Andantino
19. Finale (Tempo giusto)

Laurent Manzoni narrator
New Music Studium
Antonio Plotino conductor

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06 octubre 2018

THE 427's



Stay Gold

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02 octubre 2018

A LA MESA

Toda la familia, unos dieciséis miembros, estaba sentada a la mesa. Junto a la anfitriona había una silla vacía. Miró a su esposo, en la otra punta:

–¿Has llamado a Chimo?

–Está encerrado en su cuarto. No quiere salir.

La mujer se levantó. Corrió, guardando la calma, hasta el pasillo y se detuvo ante una puerta.

Luego se la oyó decir:

–La cena está en la mesa. Están tus abuelos, tus tíos, tus primas. Solo faltas tú.

La puerta se abrió y asomó el pescuezo de un saurio, girándose.

El predador se arrastró hasta su silla, tomó impulso y se acomodó. Se agarró con las patas delanteras al borde y dejó las fauces sobre la mesa.

Frente a él había una niña pecosa que llevaba puesto un corrector dental. Le miró con ternura, sonrió y dijo:

–¡Feliz Navidaz, Zimo!

Texto de Alan


Carafe et bol
Juan Gris

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