22 enero 2017

THE SURPRISE OF CREMONA (III)


Edith Templeton


[MARIE-LOUISE, PETITOT, UNCLE RUDOLF]

The door is locked. A porter comes out in answer to the bell and tells me that Professor Castellani is waiting for me. I follow him inside. On the head of the stairs I see a little old tramp dressed in a top-coat, on which he carries the filth of ages. He has wound a grey woollen scarf round his neck, probably given him by a charitable institution. He leers at me with black, broken teeth, and beckons to me.

"Up you go," says the porter. "Don't keep the professor waiting."

The professor shakes hands with great liveliness, dancing about like an excited fox-terrier. He leads me up two flights of stairs, past landings with plaster copies of famous Greek statues. I am able to state that the thorn-puller has still not extracted the thorn from his foot, Laocoön and his sons still have not got rid of those beastly snakes, the disc-thrower has still not chucked his disc, and the garment of the Venus of Milo is still in the same place. I have never understood how she kept it there without losing it.

We enter a room with a worm-like secretary bent over ledgers, and passed into the professor's study. It has framed documents on the walls and busts of famous people everywhere, even on the top of the stove.

Here I am introduced to an elderly man who reminds me very much of one of my uncles—not the leather merchant who was beaten up by his wife with an umbrella when he descended the stairs of an hotel arm-in-arm with an unknown lady—but Uncle Rudolf who was a spa doctor. He was a tall, distinguised-looking old man with gold-rimmed pince-nez, stubbly white hair and a knobbly, wine-coloured nose. He suffered from gout and was supposed to keep a rigid diet. When he was invited to lunch my grandmother always had special dishes prepared for him. He invariably waved them aside and applied himself to the ordinary food. My grandmother would say: "Rudolf, do my eyes deceive me?"

"Of course they don't deceive you. I wish I had your eyesight."

"In this case, I must be allowed to say that what you are eating is sheer poison."

"Oh, leave me alone," replied Uncle Rudolf. "I've got to die of something."

He had great accomplishments. He could tie a napkin into the shape of a mouse, settle it in the crook of his arm, and make it jump to the far corner of the room. As he had his practice in the spa of Marienbad, and an obsessive admiration for Goethe, he collected everything appertaining to Goethe's stay in Marienbad.

Resemblances are more than skin deep. I am told that this replica of Uncle Rudolf is a doctor, too, now retired. He, too, is a collector. He lives in Rome and collects everything related to Goethe's stay in that city. Odd this, very. I dare not ask him about the mouse trick.

[It follows a visit to Colorno, where Professor Castellani shows to Edith Templeton and Uncle Rudolf his collection related to Marie-Louise, second wife of Napoleon and Duchess of Parma. They return to the Istituto d'Arte, and go up into the attic.]

The most interesting thing is a series of designs by a Frenchman called Petitot, who worked in Parma in the eighteenth century. They are designs for costumes for a fancy-dress ball 'à la Grècque', with the figures tricked out to look like pieces of playful architecture, garden urns, hermes, and little pyramids. This is an example of the theory that surrealism, like other art trends, was not evolved at a certain period but crops up over and over again whenever a suitable genius is born at a suitable age.

There is also Petitot's visiting-card designed by himself. It shows a cracked urn entwined by a serpent, and beneath it he has written the exquisite verse:

"Il n'est point de serpent
Point de monstre odieux
Qui par l'art imité
Ne puisse plaire aux yeux."

How true and how charmingly put.

At last both Uncle Rudolf and I am dismissed. The car is downstaris to take us home. Uncle Rudolf wants to be driven to the station. He has come to Parma for the day only.

"Was you visit satisfactory?" I ask him; "was there anything special you wanted to see?"

"Yes. I was trying to find out whether Goethe made any contacts with the court of Parma during his Italian journey."

"And did you get anything?"

"No. All I got was Marie-Louise."

105-107; 118, 119

[MARIE-LOUISE, PETITOT, TÍO RUDOLF]

La puerta está cerrada. Sale un conserje en respuesta al timbre y me dice que el profesor Castellani me está esperando. Le sigo dentro. En lo alto de las escaleras veo a un viejecillo indigente vestido con un gabán, en el que porta la mugre de siglos. Lleva enrollada al cuello una bufanda de lana gris, probablemente la dádiva de una institución benéfica. Me lanza una mirada libidinosa con dientes negros, rotos, y me llama por señas.

-Arriba -dice el conserje-. No haga esperar al profesor.

El profesor estrecha la mano con gran vivacidad, bailoteando como un fox terrier alborotado. Me conduce dos tramos de escaleras arriba, a través de rellanos donde hay copias en yeso de célebres estatuas griegas. Puedo declarar que el niño de la espina aún no se ha sacado la espina del pie, Laocoonte y sus hijos aún no se han librado de esas horrendas serpientes, el lanzador de disco aún no ha botado su disco, y la prenda de la Venus de Milo sigue en el mismo lugar. Nunca he comprendido cómo la sostenía ahí sin perderla.

Entramos en una habitación donde un secretario con forma de gusano se curva sobre libros de contabilidad, y pasamos al estudio del profesor. En las paredes hay documentos enmarcados, y bustos de personas célebres por todas partes, incluso en lo alto de la estufa.

Aquí soy presentada a un anciano que me recuerda mucho a uno de mis tíos; no el comerciante de cuero al que sacudió su esposa con un paraguas mientras bajaba las escaleras de un hotel del brazo de una dama desconocida... sino tío Rudolf, que era médico de balneario. Era un viejo alto, de aire distinguido, con pince-nez de montura de oro, barba blanca de tres días y nariz nudosa, color vino. Sufría de gota y se suponía que tenía que llevar una dieta estricta. Cuando se le invitaba a almorzar, mi abuela hacía siempre que le preparasen platos especiales. Él invariablemente los ponía a un lado y se dedicaba a la comida corriente. Mi abuela decía:

-Rudolf, ¿me engañan los ojos?

-Claro que no te engañan. Ojalá tuviera tu vista.

-En ese caso, permíteme decir que lo que estás comiendo es puro veneno.

-Oh, déjame en paz -replicaba tío Rudolf-. Tengo que morir de algo.

Poseía grandes dotes. Sabía anudar una servilleta en forma de ratón, asentarla en el pliegue del codo, y hacerla saltar al otro extremo del cuarto. Como tenía su práctica en el balneario de Marienbad, y una admiración obsesiva por Goethe, coleccionaba todo lo relativo a la estancia de Goethe en Marienbad.

Los parecidos van más allá de la superficie. Se me dice que esta réplica de tío Rudolf es médico también, ya retirado. Es, también, coleccionista. Vive en Roma y colecciona todo lo relativo a la estancia de Goethe en esa ciudad. Cosa extraña, bastante. No me atrevo a preguntarle por el truco del ratón.

[Sigue una visita a Colorno, donde el profesor Castellani muestra a Edith Templeton y tío Rudolf su colección relativa a Marie-Louise, segunda esposa de Napoleón y Duquesa de Parma. Regresan al Istituto d'Arte, y suben al ático].

Lo más interesante es una serie de diseños realizados por un francés llamado Petitot, que trabajó en Parma en el siglo dieciocho. Son diseños de vestidos para un baile de disfraces 'à la grecque', con los figurines ataviados simulando piezas de juguetona arquitectura: urnas de jardín, hermas y pequeñas pirámides. Este es un ejemplo de la teoría de que el surrealismo, como otras tendencias artísticas, no se desarrolló en un periodo concreto, sino que brota una y otra vez siempre que un genio adecuado nace en una era adecuada.

Se encuentra también la tarjeta de visita de Petitot, diseñada por él mismo. Muestra una urna rota enroscada por una serpiente, y debajo ha escrito el exquisito verso:

"Il n'est point de serpent
Point de monstre odieux
Qui par l'art imité
Ne puisse plaire aux yeux."


(No hay ninguna serpiente
Ningún monstruo odioso
Que del arte imitado
No complazca a los ojos)

Qué cierto y qué encantadoramente dicho.

Por fin tío Rudolf y yo somos despedidos. El coche está abajo para llevarnos a casa. Tío Rudolf quiere que le conduzcan a la estación. Ha venido a Parma solo para el día.

-¿Fue satisfactoria su visita? -le pregunto- ¿Había algo en especial que quisiera ver?

-Sí. Trataba de averiguar si Goethe hizo algunos contactos en la corte de Parma durante su viaje a Italia.

-¿Y obtuvo algo?

-No. Todo lo que obtuve fue Marie-Louise.





[MONUMENT]

Making my way past the monument I see that, while one of the fountains is playing, the other is dry; and in the middle of the basin there sits a handsome young man in a boiler suit as blue as a gentian flower. He could have come straight out of the Eclogues. He who would have been a shepherd in the days of long past is now a garage-hand, and the fingers which clasped the flute now hold the spanner. I will refrain from quoting, but—oh, Tityre, albeit thou dost not recline beneath the shelter of the spreading beech, slender reed in hand, musing upon a woodland tune, you have given me the living breath of Virgil. You are my own Virgilian monument which will last as long as I shall.

133

[MONUMENTO]

Al marcharme, pasando junto al monumento, veo que, mientras una de las fuentes corre, la otra está seca; y en mitad del pilón está sentado un hermoso joven que viste un mono tan azul como una flor de genciana. Podría haber salido directamente de las Églogas. Quien fuera pastor en los días de antaño es ahora operario de garaje, y los dedos que tenían la flauta ahora sostienen la llave inglesa. Quiero abstenerme de citar, pero... oh, Títiro, aunque ya no te reclines al abrigo del haya frondosa, con una delgada caña en las manos, meditando una canción de los bosques, me has dado el vivo respirar de Virgilio. Tú eres mi monumento virgiliano que durará tanto como yo exista.





[THE ARTICHOKE]

In the Piazza dell'Erbe I look at the spinach. It is quite different from ours. The leaves are smaller, a lighter green, and have frayed edges. But who would look for long at the spinach when there are piles of artichokes to behold, of two kinds, some with bluish-purple tips, others shot with fawn. The main colour is a blunted green reminiscent of the patina of antique copper domes and spires.

There is nothing clear-cut in the colouring of the artichoke. There is nothing straightforward in its taste, either. It has a melancholy flavour suggestive of mould and dust and of old books rotting away unread in the damp baronial libraries of old country mannors.

Because of its nostalgic complexity, and for many other reasons, which I will try to render, the artichoke is my favourite vegetable.

To start with, it is a thing of beauty. In Florence there is the celebrated artichoke fountain, and if I had money I would get myself a copy of it. But nobody in their senses would want a fountain of the carrot or of the turnip.

Now, the artichoke is not a suitable meal for the business-man or the salesgirl. It is by nature inaccesible to him who is used to cutting up his greens, shovelling them on to the fork together with meat and potatoes and swallowing in haste. To eat an artichoke you must have time and space. On your table there must be room not only for the dish containing this subtle and rewarding plant, but also for a sauceboat or a platter with the ingredients from which you can make your own sauce. Then, apart from your plate, there must be a large dish for the discarded leaves and, lastly, a finger bowl with water floating a slice of lemon. In this case, to have water scented with rose petals would be a frippery in bad taste.

Like so many excellent dishes the artichoke must be eaten with the fingers. It has to be approached at leisure and with reverence, leaf by leaf, and it yields its succulence in such frail measure that each morsel makes one long for the next.

In serving it there are different schools of thought. I think that it should be eaten cold, preferably iced, and be accompanied by a sauce based on oil or butter.

The fashion of doing away with the leaves and serving only the heart fills me with horror. Nothing will excuse this practice, not even in the case of the 'artichaut à l'Aurore', in which instance the plant is hollowed out and serves as a vehicle for ragoût or mushrooms. This is a degradation fit only for raw vegetables, like the marrow or the cucumber. He who does not take the time to conquer the artichoke by stages does not deserve to penetrate to its heart. There are no short cuts in life to anything: least of all to the artichoke.

And, surely, no right-thinking person would forgo willingly the excitement of deflowering the artichoke. As leaf after leaf is stripped away, the texture becomes more tender and the flavour changes. Slowly, as the innermost leaves are reached, one finds that their fleshy part is creamy and pale, with a melting taste which is exquisite. Eating an artichoke is like watching a dance of the seven veils. When the last wreath is peeled off fom its base there is the last obstacle to overcome; the centre full of strawy threads which must be scraped away carefully so as not to injure the tender heart underneath.

Most people eat the heart with a fork. I think this is wrong. In any case, if a fork is used, it must be of silver. But better still is to eat it by hand.

133-135

[LA ALCACHOFA]

En la Piazza dell'Erbe miro la espinaca. Es muy distinta de la nuestra. Las hojas son más pequeñas, de un verde más claro, y tienen los bordes deshilachados. Pero quién miraría mucho tiempo la espinaca cuando hay pilas de alcachofas por contemplar, de dos clases, unas con puntas de un púrpura azulado, otras con mechas beis. El color dominante es un verde desvaído que recuerda la pátina de las antiguas cúpulas y chapiteles de cobre.

No hay nada evidente en el color de la alcachofa. Tampoco hay nada directo en su sabor. Tiene un gusto melancólico que sugiere el moho y el polvo y libros viejos pudriéndose sin leer en las húmedas bibliotecas baroniales de viejas casas solariegas.

A causa de su nostálgica complejidad, y por muchas otras razones, que trataré de exponer, la alcachofa es mi vegetal favorito.

Para empezar, es algo hermoso. En Florencia se encuentra la celebrada fuente de la alcachofa, y si tuviese dinero me haría con una copia. Pero nadie en su juicio querría una fuente de la zanahoria o del nabo.

Después, la alcachofa no es una comida adecuada para el hombre de negocios o la dependienta. Es por naturaleza inaccesible para quien está acostumbrado a cortar sus verduras, amontonándolas en el tenedor junto con carne y patatas y tragándoselas a toda prisa. Para comer una alcachofa se necesita tiempo y espacio. En la mesa debe haber lugar no solo para el plato que contiene esa planta sutil y gratificante, sino también para una salsera o una fuente con los ingredientes de hacer la salsa. Luego, además del cubierto, tiene que haber un plato grande para las hojas desechadas y, por último, un cuenco en el que enjuagarse los dedos, con agua donde flote una rodaja de limón. En este caso, disponer de agua perfumada con pétalos de rosa sería un perifollo de mal gusto.

Como tantos platos excelentes, la alcachofa debe comerse con los dedos. Hay que acercársele a placer de uno y reverentemente, hoja por hoja, y brinda su suculencia en una medida tan frágil que cada pedazo te hace desear el siguiente.

Sobre el modo de servirla hay diferentes escuelas de pensamiento. Creo que debería comerse fría, preferiblemente helada, y acompañada de una salsa basada en aceite o mantequilla.

La moda de eliminar las hojas y servir solo el corazón me llena de horror. Nada excusará esa práctica, ni siquiera en el caso de la 'artichaut à l'Aurore', en cuya instancia la planta se ahueca y sirve de vehículo para ragú o setas. Esta es una degradación apropiada solo para vegetales toscos, como el pepino o el calabacín. Quien no se toma el tiempo de conquistar la alcachofa por etapas no merece penetrar en su corazón. No hay atajos en la vida para nada; menos aun para la alcachofa.

Y, seguramente, ninguna persona en sus cabales renunciaría de buen grado a la emoción de desflorar la alcachofa. Mientras hoja tras hoja va cayendo, la textura se hace más tierna y el sabor cambia. Lentamente, según se llega a las hojas más recónditas, encuentra uno que su parte carnosa es cremosa y pálida, con un gusto blando que resulta exquisito. Comer una alcachofa es como presenciar una danza de los siete velos. Cuando se pela la última envoltura de su base, queda el último obstáculo por superar: el centro lleno de hebras fibrosas que hay que raspar cuidadosamente para no herir el tierno corazón que está debajo.

La mayoría de la gente come el corazón con tenedor. Creo que es una equivocación. En cualquier caso, si se usa un tenedor, debe ser de plata. Pero mejor aún es comerlo con la mano.





[THE PLUNGE]

Now, here for once arises the curious situation that we behold an original work of art chopped up already into what is known as 'details'. Details are the invention of art books. Art books are a pest. A well meaning pest but still a pest.

Opening an art book we might come across a colour-plate with the following text: "Winged dachshund with Vienna sausage and garland, detail from an allegorical painting by Mrs. Edith Templeton. On the extreme left can be seen the nostril of Mrs. Templeton's aunt Alice, the donor of the picture."

Owing to publications such as this, thousands of people are familiar with a detail, say the arm of a prophet or the head of an angel, seen with a clarity and thoroughness with which they were never meant to be seen. Also, the posture of arm or head loses its meaning because one cannot tell what they are balancing in the rest of the picture.

Whether you like it or not —I myself love it— the greatest paintings ever done were aristocratic in character. They were not meant to be placed in cosy little rooms in cosy little houses. They were composed to fill the entire ceiling of a church or the halls of palaces or the vaults of tombs. They were not meant for human ants to climb up close to them, train electric flash-lights on them, and click a camera for reproductions in art books.

If you know Giotto or Michelangelo from art books you never know them at all, beacause you cannot get the extreme ecstasy which I call 'the plunge'. The plunge is like all plunges—in the nature of a shock. It is an overwhelming feeling of such strength that it affects you bodily. It is the finished sum and harmony of, say, Giotto's art which rushes at you in an instant and drowns you. It is only when you have come up once more to the surface that you begin to sort yourself out and, with it, the picture.

The very fact that painting can make you plunge is, to me, the proof that painting is the highest of arts. Even with a statue you have to walk round, till you can take it in completely. With music and letters the process is slower still, and you have to listen and read for a long time till you can follow the gradual unfolding of the theme.

And it is just these infernal details which prevent you ever taking the plunge. There is a saying beloved by literary editors when they return a manuscript practically unread: "I don't have to eat the whole ox to know that the meat is tough."

For the only possible enjoyment of the master painters the opposite is true. You must take them whole or leave them alone.

136, 137

[LA ZAMBULLIDA]

Aquí, por una vez, surge la curiosa situación de contemplar una obra de arte original troceada ya en lo que se conoce como 'detalles'. Los detalles son una invención de los libros de arte. Los libros de arte son una plaga, una plaga bienintencionada, pero aun así una plaga.

Al abrir un libro de arte podríamos encontrar una lámina en color acompañada del texto siguiente: "Perro salchicha alado con embutido de Viena y guirnalda, detalle de una pintura alegórica de Mrs. Edith Templeton. En el extremo izquierdo puede verse la ventana nasal de la tía de Mrs. Templeton, Alice, donante de la pintura".

A causa de publicaciones semejantes, millares de personas están familiarizadas con un detalle, digamos el brazo de un profeta o la cabeza de un ángel, vistos con una claridad y minuciosidad con las que nunca se pretendió que se vieran. Además, la postura del brazo o la cabeza pierden su significado, porque no hay manera de saber qué equilibran en el resto de la imagen.

Guste o no guste -a mí me encanta- las más grandes pinturas nunca hechas eran por naturaleza aristocráticas. No se pretendía que fuesen puestas en acogedores cuartitos de casitas acogedoras. Se compusieron para llenar el techo entero de una iglesia, o las salas de palacios, o los panteones de tumbas. No se pretendía que hormigas humanas escalaran cerca, moviendo flashes eléctricos, y apretasen una cámara para reproducciones en libros de arte.

Si conocéis a Giotto o Miguel Ángel por los libros de arte, no los conocéis en absoluto, porque no obtendréis el éxtasis extremo que llamo 'la zambullida'. La zambullida es como todas las zambullidas; tiene la naturaleza de una conmoción. Es un sentimiento arrollador de tal fuerza te que afecta físicamente. Es la suma completa y la armonía de, digamos, el arte de Giotto que se precipita sobre ti en un instante y te sumerge. Solo al regresar a la superficie empieza uno a cobrar conciencia de sí y, con ello, de la imagen.

El mero hecho de que la pintura logre que te zambullas es, para mí, la prueba de que la pintura es la mayor de las artes. Incluso una estatua hay que rodearla, hasta tenerla por completo. Con la música y las letras el proceso es aún más lento, y hay que escuchar o leer durante un buen rato hasta que puede seguirse el gradual desarrollo del tema.

Y son precisamente esos infernales detalles los que impiden darse la zambullida. Hay un dicho querido por los editores literarios cuando devuelven un manuscrito prácticamente sin leer: "No necesito comerme el buey entero para saber que la carne está dura".

Para el único posible disfrute de los maestros de la pintura, lo contrario es verdad. Hay que tomarlos por entero o dejarlos tranquilos.





[VIRGIL'S CHAIR]

In another wing there is the chair on which Virgil sat, a throne-shaped seat carved out of a single stone, the curved back made in one piece with the arms. Of course, Virgil never sat on it, this is sheer tourists' delight, but perhaps the chair dates from Virgilian days, and when the guide invites me to sit down on it I do so like a shot.

"Don't be shy. Make yourself comfortable," he says. I lean back. Yes, it is very comfortable, though chilly.

"Now, you will become very clever, because you have sat on Virgil's chair."

I tell him what I think of such irresponsible statements. My mother used to make me eat brains by telling me that they would make me clever, and when one day I pointed out to her that the brains in question were calf's and sheep brains and that, really, she should give me human brains if she wanted to get results, she got huffy and told me never to mention brains to her again.

Before this, when my logic was not yet as advanced, my mother used to tell me that if I ate up my rice pudding supper instead of spitting it on to Nanny and the walls, I should grow up into a lovely, blonde, blue-eyed woman. I always wanted to have blonde hair and blue eyes, and so I ate the pudding night after night. I should have known better than to barter present joys for future achievements. Now I have no nanny and no nursery walls to spit upon and I still have dark hair and dark eyes. The guide is sympathetic, he says he is sorry for me, but on the other hand he is also sorry for my mother and cannot really blame her.

140, 141

[LA SILLA DE VIRGILIO]

En otra ala está la silla donde se sentó Virgilio, un asiento con forma de trono, labrado en una sola piedra, el respaldo curvo de una pieza con los brazos. Por supuesto, Virgilio nunca se sentó en ella, es puro deleite de turistas, pero tal vez la silla data de los días de Virgilio, y cuando el guía me invita a sentarme en ella lo hago disparada.

-No sea tímida. Póngase cómoda -dice.

Me reclino. Sí, es muy cómoda, aunque fría.

-Ahora, se hará muy lista, porque se ha sentado en la silla de Virgilio.

Le digo lo que pienso de declaraciones tan irresponsables. Mi madre solía hacerme comer sesos diciéndome que me harían lista, y cuando un día le señalé que los sesos en cuestión eran de ternero y oveja y que, en realidad, debería darme sesos humanos si quería obtener resultados, se enfadó y me dijo que no le volviera a mentar los sesos.

Antes de esto, cuando mi lógica no estaba aún tan avanzada, mi madre solía decirme que si comía todo el pudin de arroz de la cena en lugar de escupirlo sobre Aya y las paredes, me convertiría en una preciosa mujer rubia de ojos azules. Siempre quise tener pelo rubio y ojos azules, de manera que comía el pudin noche tras noche. Tendría que haber sabido algo mejor que trocar alegrías presentes por futuros logros. Ahora no tengo aya ni paredes de cuarto infantil sobre las que escupir y aún tengo pelo oscuro y ojos oscuros. El guía es comprensivo, dice que lo siente por mí, pero que de otro lado también lo siente por mi madre y no puede en realidad culparla.





[EATING CHEESE]

When I do not feel like a pudding there is a fine choice of cheeses, some of them local. The panettone is pale, like old ivory, with a faintly bitter flavour of almonds, a cheese of ineffable melancholy, of truly Virgilian elegy. The stracchino is a full-cream cheese, soft and supple. It arrives brick-shaped and wrapped in waxed paper. If one could eat marble and creamy alabaster this is what it would taste like. Who would dare to describe it?

Eating cheese in Mantua is a thoughtful business, made for pondering over Virgil. Virgil was not born in Mantua, but in a village near it, called Andes. Now it is called Pietole. There are some beastly scholars who deny this and say that he was born on the shores of Lake Garda. There are in a minority and nobody believes them. One has only to look at the Mantuan countryside, marshy, reedy, with elms, beeches, and willows, and one can see Virgil written all over it. Water and soil intermingle constantly, there are no clear, well-defined outlines. Here nature is truly flooded with tears. It is this which creates the charming sadness of the Virgilian landscape, together with the colouring. Even on a bright day the blue of sky and water are dulled, as though reflected in a pewter mirror.

146

[COMIENDO QUESO]

Cuando no me apetece un postre, hay un buen surtido de quesos, algunos de ellos locales. El panettone es pálido, como marfil antiguo, con un ligero sabor amargo de almendras, un queso de inexpresable melancolía, de elegía verdaderamente virgiliana. El stracchino es un queso crema, ligero y suave. Llega en forma de barra y envuelto en papel cera. Si pudiera comerse alabastro jaspeado, cremoso, así es como sabría. ¿Quién se atrevería a describirlo?

Comer queso en Mantua es un motivo de meditación, hecho para reflexionar sobre Virgilio. Virgilio no nació en Mantua, sino en un pueblo cercano, llamado Andes. Ahora se llama Pietole. Hay algunos estudiosos horrendos que lo niegan y dicen que nació en las riberas del Lago de Garda. Están en minoría y nadie los cree. Solo hay que contemplar el campo mantuano, pantanoso, lleno de juncos, con olmos, hayas y sauces, y puede verse a Virgilio escrito en todas partes. Agua y suelo se entremezclan constantemente, no hay contornos claros, bien definidos. Aquí la naturaleza está verdaderamente anegada de lágrimas. Es esto lo que crea la encantadora tristeza del paisaje virgiliano, junto al colorido. Incluso en un día luminoso, el azul de cielo y agua es apagado, como si se reflejara en un espejo de peltre.





[THE BATH PAVILION]

The most famous room is the Hall of the Giants. It is overwhelming in a nasty way. It shows the battle between the Gods and Titans and the manner in which Giulio Romano conceived the Titans gets on my nerves. They are red-nosed, clumsy, crafty old dodderers who hide under crags and rocks. They seem to be the models from which Walt Disney created his dwarfs in his abominable version of Snow White and the Seven Dwarfs. It hurts me to see fine myths and legends made ridiculous for the sake of amusing people—even if the people in this case were the Gonzaga.

Of course, it was very well to pull the Titan's legs, but when it came to their own persons the Gonzaga lost their sense of the ridiculous. In one room there is a frieze of white reliefs on apple-green ground, all Gonzaga portraits, and every one of them is beautiful and dignified.

If one adds the Palazzo del Te to the Palazzo Ducale one gets the sum total of a continuous bragging which did not express itself in words but in buildings. But the bragging is on such a grand scale that it is admirable.

We now leave the palace and visit a pavilion in the garden. This pavilion is a little mansion on its own, built round its own tiny courtyard. Its whole purpose was to provide a bathroom of suitable proportions for the Gonzaga.

The floors are inlaid with coloured pebbles and pierced with holes. In the old days the space below the floors was flooded with perfume and when the baths were used the scent would rise from the floor and fill the steam-warmed air.

There is an artificial waterfall coursing down an artificial grotto and constructed in such a way that its sprays dripped on to wire strings and produced music. It is clear that the Gonzaga did not know any more what to do with themselves.

"What gay times they must have had," says the old woman, crossing herself complacently, and she goes on to insinuate that the Gonzaga did not take their bath in loneliness and that the Duke could muster a whole regiment of court ladies to keep him company and scrub his back.

Gay? Not at all. The incredible luxury of this bath pavilion does not reveal the gayety of the Gonzaga, but their gloom. It is here, in the heart of Renaissance riches and Renaissance flamboyance, that I, for the first time in my life, can lay a finger on the racing Renaissance pulse and feel its elusive flicker against my own flesh. This bathroom, once shrouded in scented steam, was built for pleasure by a panic-stricken breed. It is only now that I understand the horror and fright which lies behind the creed so often and so beautifully expressed: "Enjoy yourselves while you can."

This of course, was nothing new. But when, for instance, Horace says: "Pluck the day," he says it calmly, jovially, and he is not out of breath while he says it. It was only during the Renaissance that this theme was taken up with a new feverish fervour, that it became a hysterical preoccupation, that it was shrieked and sighed and panted.

The trouble with the Renaissance was, that this day, these rosebuds, these cherry lips, which they tried to pluck so forcefully, eluded their grasp. They had not anymore the nerves for pleasure. And how could they? How could they be pleasured when they were unable to come to terms with death? Their fear of death had grown to such an extent that instead of giving to life a healthy glow by contrast, it overshadowed it and swallowed it up.

159-161

[EL PABELLÓN DE BAÑO]

La habitación más célebre es la Sala de los Gigantes. Es sobrecogedora de un modo desagradable. Muestra la batalla entre Dioses y Titanes, y la manera en que Giulio Romano concibió a los Titanes me saca de quicio. Son viejos carcamales, torpes, astutos, de nariz roja, que se ocultan bajo peñascos y rocas. Parecen los modelos de donde Walt Disney creó a sus enanos en su abominable versión de Blancanieves y los siete enanitos. Me duele ver hermosos mitos y leyendas ridiculizados por el hecho de divertir a la gente... incluso si la gente en este caso eran los Gonzaga.

Desde luego, estaba muy bien tomar el pelo a los Titanes, pero cuando se trataba de sí mismos los Gonzaga perdían el sentido del ridículo. En una habitación hay un friso de relieves blancos sobre fondo verde manzana, todos retratos de los Gonzaga, y cada uno de ellos es hermoso y digno.

Si se añade el Palazzo del Te al Palazzo Ducale, se obtiene la suma total de una jactancia continua que no se expresaba en palabras sino en edificios. Pero la jactancia es de escala tan grande que resulta admirable.

Dejamos ahora el palacio y visitamos un pabellón del jardín. Este pabellón es una pequeña mansión en sí mismo, construida alrededor de su diminuto patio. Su entero propósito era proveer de una sala de baño de dimensiones adecuadas para los Gonzaga.

Los suelos están taraceados de piedras de colores y agujereados. En los días antiguos el espacio existente bajo los suelos se inundaba de perfume, y cuando los baños se utilizaban la fragancia se elevaba desde el suelo y llenaba el aire hecho vapor.

Hay una catarata artificial que desciende junto a una gruta artificial, y está construida de tal manera que el rocío goteaba sobre cuerdas metálicas y producía música. Está claro que los Gonzaga ya no sabían qué hacer consigo.

-Qué alegres tiempos debieron pasar -dice la vieja, santiguándose complaciente, y prosigue para insinuar que los Gonzaga no tomaban su baño a solas y que el Duque podía reunir todo un regimiento de damas de la corte para que le hicieran compañía y le restregasen la espalda.

¿Alegres? De ninguna manera. El lujo increíble de este pabellón de baño no revela la alegría de los Gonzaga, sino su desaliento. Es aquí, en el corazón de las riquezas renacentistas y la extravagancia renacentista, cuando, por primera vez en mi vida, logro poner un dedo sobre el pulso palpitante del Renacimiento y sentir su temblor elusivo contra mi piel. Esta sala de baño, en otro tiempo amortajada en vapor fragante, se construyó para el placer de una raza presa del pánico. Es solo ahora cuando entiendo el horror y el sobresalto que yace bajo el credo tan a menudo y tan hermosamente expresado: "Disfruta mientras puedas".

Esto, desde luego, no era nada nuevo. Pero cuando, por ejemplo, Horacio dice: "Atrapa el día", lo dice con calma, jovialmente, y sin perder la respiración. Fue solo durante el Renacimiento cuando este motivo se recogió con un nuevo fervor febril, cuando se convirtió en una preocupación histérica, cuando se gritó y se suspiró y se jadeó.

El problema con el Renacimiento era que ese día, esos capullos de rosa, esos labios de cereza que intentaban atrapar con tanto esfuerzo, eludían su garra. No tenían ya los nervios para el placer. ¿Y cómo podían tenerlos? ¿Cómo podían sentir placer cuando eran incapaces de aprender a vivir con la muerte? Su miedo a la muerte había crecido hasta tal extremo que, en vez de dar a la vida un fulgor saludable por contraste, la ensombrecía y la engullía.





[AN APARTMENT IN THE PALACE]

She tells me that there are about twenty-five empty rooms in the palace.

"I wish you'd let me have a flat here," I say.

She does not like the thought, which to her is as sacrilegious as wanting to install oneself domestically in the nave of a cathedral. As she is too polite to tell me her real feelings, she tries to discourage me 'for my own sake'.

"You would not be happy here, signora. It would get on your nerves," she exclaims. "Imagine living for ever under painted ceilings and whithin frescoed walls. You would feel suffocated."

I would not feel suffocated at all. I would wallow in it. My sharp old woman is a deplorable victim of our modern taste in interior decoration. Nowadays it is thought that, to start with, opulence is sinful. The interior decorator has no 'sin' in his dictionary, but he has the expression 'bad taste'. Opulence is in bad taste. He believes in contrasts. He believes that if one puts one fine work of art in a room the rest of the room must be bare in order to give breathing-space to the one work of art. This, of course, is aesthetic nonsense and artistic cowardice. It is also immoral. By doing what he does the interior decorator denies the parable of the loaves and the fishes. This parable tells us about the nature of love. It means that our love is not rationed, and that it can grow larger and larger according to our needs. If we love one person it does not mean that in order to love another we have to chop our existing love in half and deprive the first person of the love which we want to give to the other person.

In the same way, we can love ten paintings in one room. We do not have to limit ourselves to one single painting.

The solitary picture stranded in the bare, whitewashed room of to-day freezes and shrinks like a flower cast on a naked rock. How I loathe the bare rooms of today. What is one vase? What is one water-colour? And what has the ceiling done to deserve to be so naked? And why must the floor be covered with fitted, uniformily coloured stuff, preferably 'mushroom', which to me is just plain desolating mud colour.

When one looks at the masterpieces of interior decoration, like the Gothic Rathaus chambers in Lüneburg, the saracen Capella Palatina in Palermo, the Renaissance dining-room of the Gonzaga Palace or the Rococo drawing-rooms of Sans Souci in Postdam, one finds that every inch of wall and ceiling has been covered with ornament, every door, every architrave, every door knob and key plate, every latch, every sconce.

The Platonic saying that only the like can understand the like holds true in interior decoration. Only riches can enhance riches. Only sumptuousness can be coupled with sumptuousness. Only splendour can underline splendour.

No one piece of art is crushed. On the contrary, each is enriched by the added glow of its neighbours.

I cannot imagine Raphael saying, when he was commissioned to decorate the Vatican chambers: "Please, let me paint one picture on one wall only and leave the rest bare. Otherwise my picture will not stand out sufficiently." Nothing of the kind. He slapped it on all over, just as masters before him and after him have slapped it on.

Nowadays people are lacking in self-assurance for that sort of thing, and by disliking it they write their own certificate of mediocrity. They feel uncomfortable by massed splendour because they are poor in themselves. Our poor in spirit are the brigade of the Scandinavian wooden bowl, of the rush mats, of the inbuilt cabinet, of the concealed lightning. They spurn the spirit which shaped Lyons Corner Houses, and they smile indulgently at the taste that furnished the Ritz. On the other hand they admire the basilica of San Marco in Venice. They would be horrified if one told them that Lyons Corner House and San Marco are sisters under the skin, because they both are suffused with warmth, life, and exuberance.

And so, I still say: "I wish I could have an apartment here."

162-164

[UN APARTAMENTO EN EL PALACIO]

Me dice que hay unas veinticinco habitaciones vacías en el palacio.

-Ojalá me dejase tener un piso aquí -digo.

No le gusta la idea, que para ella es tan sacrílega como si deseara una instalarse domésticamente en la nave de una catedral. Como es demasiado educada para revelarme sus verdaderos sentimientos, trata de disuadirme 'por mi propio bien'.

-No sería feliz aquí, signora. Le sacaría de quicio -exclama-. Imagine lo que sería vivir bajo techos pintados y entre paredes llenas de frescos. Se sentiría ahogada.

No me sentiría ahogada en absoluto. Me regodearía en ello. Mi aguda vieja es una víctima lamentable de nuestro gusto moderno en decoración de interiores. Hoy día se piensa que, para empezar, la opulencia es pecaminosa. El decorador de interiores no tiene 'pecado' en su diccionario, pero tiene la expresión 'mal gusto'. La opulencia es de mal gusto. Él cree en los contrastes. Cree que si se pone una hermosa obra de arte en una habitación, el resto de la habitación debe quedar desierto para que la única obra de arte tenga espacio y respire. Eso, desde luego, es un absurdo estético y una cobardía artística. Es además inmoral. Al hacer lo que hace, el decorador de interiores niega la parábola de los panes y los peces. Esa parábola nos habla de la naturaleza del amor. Quiere decir que nuestro amor no está racionado, y que puede crecer más y más según nuestras necesidades. Si amamos a una persona, no significa que para amar a otra debamos trocear en dos nuestro amor existente y privar a la primera persona del amor que damos a la otra.

De la misma manera, pueden complacernos diez pinturas de una habitación. No tenemos que limitarnos a una sola pintura.

La imagen solitaria abandonada en la habitación desierta, encalada de hoy día se hiela y mengua como una flor arrojada a una roca desnuda. Cómo detesto las habitaciones desiertas de hoy. ¿Qué es un jarrón? ¿Qué es una acuarela? ¿Y qué ha hecho el techo para merecer hallarse desnudo? Y por qué el suelo debe cubrirse de un material de color uniforme, preferiblemente 'champiñón', que para mí no es más que desolador color de barro.

Cuando se contemplan las obras maestras de la decoración de interiores, como las salas góticas de Rathaus en Lüneburg, la sarracena Capella Palatina de Palermo, los comedores renacentistas del palacio de los Gonzaga o los salones rococó de Sanssouci en Postdam, se halla que cada pulgada de pared y techo ha sido cubierta de ornamento, cada puerta, cada arquitrabe, cada pomo de puerta, cada cerradura, cada pestillo, cada candil de pared.

El dicho platónico de que solo lo semejante puede entender lo semejante sigue siendo verdad en la decoración de interiores. Solo las riquezas realzan las riquezas. Solo la suntuosidad puede emparejarse con la suntuosidad. Solo el esplendor puede subrayar el esplendor.

Ninguna pieza de arte queda menguada. Al contrario, cada una se enriquece por el fulgor añadido de sus vecinas.

No puedo imaginarme a Rafael diciendo, cuando le encargaron decorar las estancias vaticanas: "Por favor, dejad que pinte una imagen solo en una pared y que el resto permanezca desierto. De lo contrario mi imagen no sobresaldrá lo bastante". Nada de eso. Lo cubrió todo de trazos, igual que los maestros antes que él y después de él lo han cubierto de trazos.

Hoy día la gente carece de confianza para esto y, al desagradarles, escriben su propio certificado de mediocridad. Les incomoda la abundancia de esplendor porque son pobres en sí mismas. Nuestros pobres de espíritu son la brigada del cuenco de madera escandinavo, de las esteras, del armario integrado, de la luz encubierta. Desdeñan el espíritu que modeló las Lyons Corner Houses, y sonríen indulgentemente ante el gusto que amuebló el Ritz. De otra parte, admiran la basílica de San Marco en Venecia. Se horrorizarían si les dijesen que Lyons Corner House y San Marco son hermanas bajo la piel, porque ambas están inundadas de calor, vida y exuberancia.

Y así, continúo diciendo: "Ojalá pudiera tener un apartamento aquí".





[MIRACLE-WORKING GROUND]

I get out in le Grazie, in front of two taverns where old men drink and play cards. The sanctuary is at the end of the village street.

I walk past a few booths displaying religious junk. Hens are scratching in the dust, and the drivers of three motorcoaches, parked near the church, are scratching their heads and throwing stones at stray cats.

The church itself looks more like a barn than a sanctuary, with a dirty yellow front of wide-flung arches, large enough for the passage of laden hay-carts.

I step inside. A service is in full swing.

There are things which one knows without being told. I will go even further, and say that there are things one remembers though one has never experienced them before. And as soon as I find myself inside, before I have had even time for a perfunctory look round, I know that I am standing on miracle-working ground. I offer no explanation. It is like that.

[...]

I stroll down the cenral gangway, determined not to leave till I have got answers to all the questions I want to ask.

On one side the nave opens into a small room, which in turn leads into a hall where prayer books and rosaries are offered for sale. It is there that I see a man of about thirty-five, dressed in the black soutane of a priest. He comes up to me, smooth, well brushed, well tailored. He has ravishingly heavy eyelids and looks like a cross between a reception clerk at the Ritz and Lucifer, always bearing in mind that Lucifer was the most beautiful of the angels.

[...]

For a while we drink in silence.

"And what do you think about the miracles?" I say.

His smile deepens. "I will make a prediction," he says. "Let me see. We are now at the end of April. On the ninth of June there will be the general political elections for the whole of the country. I predict that between now and the ninth of June there will be a fine crop of miracles. The last time two little girls had visions of the holy Virgin and the sun was dancing for them. Perhaps this time it will be two little boys and the moon will dance. People show little imagination, even when it comes to miracles. It is always like this, before elections. The church party is very strong, you know.

"I can see that," I say, "but I mean the miracles here, of Santa Maria delle Grazie."

As I watch his hands slide back into his sleeves I reflect that, really, there is nothing like black to enhance human dignity. It is not for nothing that all the best-dressed women wear black year in year out. And now the pale hands move out of their shadowy retreat with a fresh, startling grace.

"Man has great powers," he says, "and the riches of the human soul are immense. Man can, by intense worship, call into being a sort of—an independent minor deity. This demon will get the stronger, the more it is worshipped. In the end it will get so strong that it will make itself felt to almost everyone who enters its sanctuary. But this is about all it can achieve. Faith cannot move mountains because mountains are made of earthly matter and faith is made of spiritual stuff. Only mountains can move mountains, and only faith can move faith. The demon, nourished by faith, can increase faith in its turn. If faith declines and the demon goes hungry of worship, it will wither away and die, like all man-made things."

"So you don't think it has anything to do with real religion?" I ask.

"It has nothing to do with religion," he says. "When I was younger I was so exasperated by people clamouring for miracles that I told my congregation that each time they produced a so-called miracle they were creating a wart on the face of God. As I say, I was young, then."

"You don't believe this anymore?"

"I do not. How could I dare to talk about the face of God when I do not know it? God is infinitely great. How can I presume to know the will of God when I cannot even tell what goes on in the mind of my bishop? We cannot know the unknowable. If I told you I did, I would be insane. Would you care for another glass?"

For an instant the fallen angel and the reception clerk mingle in his smile. Would madame care for a private suite with a view on the park or would madame care for the Kingdom of God? They are both to be had for the asking, madame. Yes certainly. That is, if madame can pay. Each at a price.

165, 166; 167, 168; 171, 172

[TIERRA DE MILAGROS]

Me bajo en le Grazie, frente a dos tabernas donde unos viejos beben y juegan a las cartas. El santuario está al final de la calle del pueblo.

Cruzo algunos puestos donde se muestra chatarra religiosa. Unas gallinas rascan el polvo, y los conductores de tres autocares, aparcados junto a la iglesia, se rascan la cabeza y arrojan piedras a los gatos de la calle.

La iglesia misma parece más un granero que un santuario, con una fachada amarillo sucio de arcos anchos, lo bastante grandes para el paso de carros cargados de heno.

Pongo el pie dentro. Un servicio está en plena marcha.

Hay cosas que uno sabe sin que se las cuenten. Iré incluso más lejos, y diré que hay cosas que uno recuerda aunque no las haya vivido. Y apenas me hallo en su interior, antes incluso de tener tiempo de echar un vistazo, sé que piso tierra de milagros. Sin más explicación. Es así.

[...]

Paseo a lo largo del corredor central, decidida a no marcharme hasta haber obtenido respuesta a todas las preguntas que quiero hacer.

De un lado la nave da a una pequeña habitación, que a su vez conduce a un vestíbulo donde se ofrecen a la venta libros de oraciones y rosarios. Es allí donde veo a un hombre de unos treinta y cinco años, vestido con la sotana negra de un sacerdote. Se acerca a mí, terso, bien cepillado, bien entallado. Tiene unos arrebatadores párpados pesantes y parece una mezcla entre un recepcionista del Ritz y Lucifer, siempre que se recuerde que Lucifer era el más hermoso de los ángeles.

[...]

Durante un rato bebemos en silencio.

-¿Y qué piensa de los milagros? -digo.

Su sonrisa se acrecienta.

-Haré una predicción -dice-. Déjeme ver. Estamos a finales de abril. El nueve de junio serán las elecciones generales en todo el país. Predigo que entre ahora y el nueve de junio habrá una buena cosecha de milagros. La última vez dos muchachitas tuvieron apariciones de la santa Virgen, y el sol bailaba para ellas. Quizá esta vez sean dos muchachitos y bailará la luna. La gente muestra poca imaginación, incluso cuando se trata de milagros. Es siempre así, antes de las elecciones. El partido de la Iglesia es muy fuerte, sabe usted.

-Eso puedo verlo -digo-, pero me refiero a los milagros de aquí, de Santa Maria delle Grazie.

Mientras contemplo sus manos deslizarse dentro de las mangas reflexiono que, en verdad, no hay nada como el negro para realzar la dignidad humana. No por nada las mujeres mejor vestidas llevan negro un año sí y otro no. Y ahora las pálidas manos salen de su retiro en la sombra con una gracia fresca, inesperada.

-El hombre tiene grandes poderes -dice-, y las riquezas del alma humana son inmensas. El hombre puede, a través de una adoración intensa, llamar a la vida a una especie de... deidad menor independiente. Este demonio se hará más fuerte cuanto más adorado sea. Al final se hará tan fuerte que se hará sentir por casi cualquiera que entre en su santuario. Pero es prácticamente todo lo que puede lograr. La fe no puede mover montañas, porque las montañas están hechas de materia terrena y la fe está hecha de sustancia espiritual. Solo las montañas pueden mover montañas, y solo la fe puede mover fe. El demonio, alimentado de fe, puede a su vez incrementar la fe. Si la fe decae y el demonio queda hambriento de adoración, se marchitará y morirá, como todas las cosas hechas por el hombre.

-¿Entonces no cree que tenga nada que ver con la religión de verdad? -pregunto.

-No tiene nada que ver con la religión -dice-. Cuando era más joven, me exasperaba de tal modo la gente clamando por milagros que dije a mi congregación que cada vez que fabricaban un supuesto milagro creaban una verruga en el rostro de Dios. Como digo, era joven entonces.

-¿Ya no lo cree?

-No lo creo. ¿Cómo podría atreverme a hablar del rostro de Dios cuando no lo conozco? ¿Cómo voy a tener la presunción de conocer la voluntad de Dios cuando ni siquiera sé decir lo que pasa por la cabeza de mi obispo? No podemos conocer lo inescrutable. Si le dijera que puedo, estaría loco. ¿Le apetece otro vaso?

Durante un instante, el ángel caído y el recepcionista se entremezclan en su sonrisa. ¿Le apetece a la señora una suite privada con vista al parque, o le apetece a la señora el Reino de Dios? Basta solo con pedirlos, señora. Sí, ciertamente. Es decir, si la señora puede pagar. Cada uno a un precio.

EDITH TEMPLETON
The Surprise of Cremona

Traducción de Alan

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