VERUJA
SUEÑO DE INVIERNO
Los blancos párpados, quietos.
El rostro dentro del alma.
La noche fluye en silencio,
hasta las costas lejanas.
De pronto suenan los ecos
recientes de la mañana.
Y leve el hilo del sueño,
entre los ojos, escapa.
Estábamos reunidos, en torno a la lumbre, una noche de invierno.
La luz del fuego temblaba, como reflejos de agua, y hacía surgir en la cocina contornos de personas, gatos y enseres que brillaban en la oscuridad. En cuanto a mí, ¿quién era? Solo tenía conciencia de estar allí.
La mujer de la casa llamó a los sirvientes:
—Ben, llévate el puchero y los platos. Bette, trae el vino. Y echa otro cándalo al fuego.
Los sirvientes allí se llamaban Ben y Bette, ¡qué lugar!
Alguien, en la oscuridad, recogió la mesa, trajo el vino y avivó la lumbre. Prendió una llama y se llenaron los vasos.
—Has mencionado a mi hija —prosiguió la mujer, dirigiéndose a un hombre que estaba sentado en una silla de enea—. ¿La has visto?
—La he visto.
—¿Cómo está?
—Ha cambiado. Es una muchacha.
Me pareció que había descendido a algún lugar del inframundo, que resultaba que existía.
—Abuela, deja las tenazas y ve a acostarte.
La anciana dejó las tenazas, se levantó de su banqueta y desapareció por el pasillo, a oscuras.
—Perdóname, o pídeme perdón.
Por toda respuesta, el hombre puso una mano en su brazo y le acarició el hombro.
—¿Quieres algo?
—Nada, estar aquí un rato contigo.
—Entonces, habla. Empieza por el principio, o por el medio, no por el final.
—Verás: ocurrió así...
La lumbre se extinguió. Poco a poco, fui acostumbrándome a la oscuridad. El hombre seguía allí, como antes, y la silla de enea parecía haberse transformado en un árbol joven y un grupo de cañas. Estábamos en una ribera, de madrugada, y cerca se escuchaba el correr del agua.
La tierra se había cubierto de hojas secas, que el viento amontonaba. El hombre echó a andar, y al poco escuchó, cerca de donde había pasado:
—Hoja, cruje, alza
te en el viento.
Pégate a mi pecho,
y a mi espalda.
El hombre se volvió y distinguió cuatro dedos que sobresalían de la hojarasca. De pronto, se formó un remolino y de él surgió una muchacha vestida solo con un camisón blanco.
—¡Veruja!
La muchacha echó a correr, como si, temerosa de interrumpir algún juego, no le hubiera escuchado...
De repente, estábamos en el sobrado y, por alguna razón, la lumbre seguía allí.
—Ben, ven —dijo la mujer.
El sirviente, si es que allí estaba, se quedó quieto, aguardando órdenes.
—¡Que vengas!
Se escucharon unos pasos que se acercaban.
—Bette, vete.
La sirvienta, si allí había alguien, se quedó quieta, aguardando órdenes.
—¡Que te vayas!
Se escucharon unos pasos alejándose por el pasillo, a oscuras.
Entonces recordé que estaba soñando, y desperté.
Al salir, me sorprendió en el rostro el frío y la nieve. Había un olor a humedad, leña y hojas verdes.
Texto de Alan


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