12 septiembre 2011

A CHILDHOOD IN SCOTLAND


When I was a little girl, the ghosts were more real to me than the people. The people were despotic and changeable, governing my world with a confusing and alarming inconstancy. The ghosts, on the other hand, could be relied on to go about their haunting in a calm and orderly manner. Bearded or bewigged, clad in satin or velvet or nunlike drapery, they whispered their way along the dark corridors of the castle where I was born and spent the first ten years of my life, rarely interfering with or intruding on the lives of the living.

*

'They only haunt because they're worried, poor things,' my mother would explain in her soft voice. 'Ask them if there is anything you can do for them. And for goodness' sake don't be frightened. After all, they're all your ancestors–whatever is there to be frightened of?'

So, as a child I was never scared of the ghosts. But I didn't go out of my way to meet them, either. I respected their privacy, and they mine.

There were four chief ghosts in the castle. The quietest was an old man in a velvet coat, who used to sit reading in the library; he was so peaceful that one could be in the room for several minutes without even noticing that he was there, but as soon as one did notice he would softly vanish, fading into the leather upholstery. The woman in a long gray dress was just as untroublesome; her face half covered with a sort of bandage similar to that worn by some orders of nuns, she would come through the wall-cupboard of the nursery and bend over the babies in their cradles, like a nurse checking to see if her charges were sleeping peacefully. Equally unobtrusive was the woman who regularly crossed one of the upper rooms of the tower and vanished into a loft; her only fault was that she did not know that since her time the room had been converted into a bathroom, and her sudden appearance sometimes unnerved male guests who, surprised in the bath, were almost relieved to discover that the woman who had entered was only a spectre. Far from quiet, however, was the red-haired young man on the stairs. He was a ghost who loved parties, and he could be relied on to turn up whenever there was festivity. Ceremonial evening dress for men having changed hardly at all for at least a hundred years, his appearance in kilt, sporran trimmed with ermine-tails, lace-edged shirt and silver-buttoned jacket, excited no particular comment among the merrymakers. It was only when some elderly woman guest would petulantly ask my mother to tell 'the young man with the red beard' not to push past people on the stairs that my mother would know he was out again. But anyone who slept in the tower could hear him on non-party nights as well, laughing and joking with his friends as he ran lightly up and down the steep spiral stairs. Often, after I was promoted from the nursery to a room in the tower, I would lie awake in the night, with the blankets pulled high under my chin, listening to the ghosts. But I never could make out what it was that they said.


Cuando era niña, los fantasmas eran para mí más reales que las personas. Las personas se mostraban despóticas y volubles, dirigían mi mundo con una alarmante y confusa inconstancia. De los fantasmas, por otro lado, cabía esperar que siguieran apareciéndose tranquila y ordenadamente. Barbudos o con peluca, vestidos de raso o terciopelo o paño semejante al de las monjas, cruzaban en susurro los oscuros corredores del castillo donde nací y pasé los primeros diez años de mi vida, sin interferir ni entrometerse casi nunca en las vidas de los vivos.

*

–Sólo se aparecen porque están inquietos, pobrecillos –explicaba mi madre con su voz afable–. Preguntadles si hay algo que podáis hacer por ellos. Y por amor de Dios no os atemoricéis. Después de todo, son todos antepasados vuestros… ¿qué motivo hay para atemorizarse?

Así es que, de pequeña, nunca me asustaron los fantasmas. Pero tampoco me apartaba de mi camino para ir a su encuentro. Respetaba su intimidad, y ellos la mía.

Había cuatro fantasmas principales en el castillo. El más tranquilo era un anciano con chaqueta de terciopelo, que solía sentarse a leer en la biblioteca. Era tan pacífico que podías llevar en la habitación varios minutos sin advertir siquiera que estaba allí, pero tan pronto lo advertías desaparecía sin hacer ruido, desvaneciéndose en la tapicería de cuero. La mujer de vestido gris largo también era poco importuna; el rostro medio cubierto con una especie de venda similar a la que llevan algunas órdenes de monjas, entraba por el armario colgante del cuarto de los niños y se inclinaba sobre los bebés en sus cunas, como una niñera que comprobase si los que estaban a su cargo dormían pacíficamente. Igual de poco molesta era la mujer que regularmente cruzaba una de las habitaciones superiores de la torre y desaparecía por un desván; su única falta era que no sabía que desde su tiempo la habitación se había convertido en baño, y su repentina aparición a veces enervaba a invitados masculinos que, sorprendidos en la bañera, sentían casi alivio al descubrir que la mujer que había entrado era sólo un espectro. Ni de lejos tranquilo, sin embargo, era el joven pelirrojo de las escaleras. Era un fantasma al que apasionaban las fiestas, y cabía esperar que se presentase siempre que había alguna celebración. Dado que el atuendo de ceremonia apenas ha cambiado para los hombres en los últimos cien años, su aparición con falda escocesa, escarcela adornada de colas de armiño, camisa de encaje en los bordes y chaqueta con botones de plata, no suscitaba ningún comentario especial entre los juerguistas. Era sólo cuando alguna invitada de edad pedía con enfado a mi madre que dijese al 'joven de la barba roja' que no empujase a la gente por las escaleras cuando mi madre sabía que había salido otra vez. Pero cualquiera que durmiese en la torre podía oírle en las noches que no había fiesta también, riendo y bromeando con sus amigos mientras corría ligeramente arriba y abajo por la empinada escalera de caracol. A menudo, después que me ascendieran del cuarto de los niños a una habitación en la torre, yacía despierta por la noche, con las mantas alzadas hasta la barbilla, escuchando a los fantasmas. Pero nunca pude entender qué era lo que decían.


Christian Miller, A Childhood in Scotland
Traducción de Alan

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