17 octubre 2018

LOS FIELES ESPECTROS

De repente hizo aparición, como un huésped inesperado que llegaba a visitarle. Tras breves ausencias, de una o de otra parte, había resuelto permanecer junto a él. Igual que todo el mundo posee un rostro o una sonrisa, las personas alojaban una forma de dolor, más difícil de compartir.

Entre las imágenes de su memoria se veía caminando, dos diferentes noches de invierno, en la sola compañía de su padre, dejada atrás la casa familiar. Sus piernas se alternaban fantásticamente, como voces que se manifiestan una mutua alegría, sabiendo que estaba lejos el momento en que debieran separarse.

Una madrugada, recién sacado del sueño, su madre le condujo en automóvil al nuevo piso, en el centro de la ciudad. Así es como fue siempre: una gran invención.



–What’s your name?

El chico recién llegado al barrio miró sus playeras, tan sucias como a él le gustaban, y surgió una mata de pelos rojizos, revueltos:

–Puddin’ n’ tain!

La muchacha sonrió. En algunos segundos, le hubiera gustado verse como una anciana: tener un rostro delicado, lleno de belleza y valentía.

–¿Y tú?

La mata de pelo rojizo volvió a surgir. Ella, abriéndose paso, se acercó hasta la oreja:

–¡David!

El muchacho rió con los ojos. Deseó llevar un jubón con botones de plata, vivir y dormir en los brezales y mostrarse orgulloso de poseer una rara habilidad musical.

–Qué tal.



Estaba el verano, el skiffle. La vida era larga, como un día de juventud. Ella siempre le gastaba bromas al despedirse. Si se quedaba mirándole, sin ganas de marcharse, era él quien decía:

–¡Vaya, pero si está callada!

Había aprendido a conducir, observando a su madre, quien, sin darse cuenta, le había enseñado. A la menor oportunidad pensaba poner sus nuevos conocimientos en práctica.

Ella dijo que sabía contener la respiración. Avanzaba rápidamente en este terreno. Le gustaría llegar a un día en que tuviese que respirar solo una vez.

–Muéstrame el coche.

En cuanto estuvieron dentro, previo hurto de llaves del que su madre no se enteró, bajaron el seguro, cerraron las ventanillas y probaron a contener la respiración. Él aguantó treinta segundos. Ella dos minutos y medio. Estaba tan roja como cuando se reía.

Puso el automóvil en marcha, metió primera y arrancó. Dejó aparcado unos metros más abajo el automóvil de su madre, quien no advirtió cambio alguno.



–Déjame sola.

Escondió la cabeza en el hueco de los brazos. Nada más se veía su cabellera rubia, como un garabato esponjoso lleno de gotas de agua. Durante tres minutos, no se movió. Cuando alzó la cabeza, no quedaba rastro de su hogar, ni de las calles que le eran familiares. Él estaba a su lado. Y ella estaba a su lado. A cien por hora.

La muchacha abrió la ventanilla y un aire fresco, el aire de noche, entró a raudal en sus pulmones. Solo había que esperar un segundo, la llegada del disco de luces, para verse sonreír.

–¡Barco a la vista! ¡Calma, chico!

El coche de frente se alejó dando el claxon.

–Haz el favor, para en el arcén.

Había una línea de sangre, de los labios a la garganta. La oyó respirar, extrañamente, y antes de que acertase a comprender por qué, todo su cuerpo se estremeció, se abrazó a ella y durante un minuto las lágrimas lo arrasaron todo.



A ambos lados de la puerta dos letreros indicaban: «Va a entrar usted en un hospital. Arroje su cigarrillo». Una mujer de pelo rubio, saliendo de la habitación, le envió una sonrisa.

–Me gusta tu ojo. ¿Puedes abrirlo?

–Sí. No estás nada mal…

–¿Por qué no me dijiste...?

–Recuerdo esto, de pequeña. Me pusieron un silenciador. Daba brincos, delante de las puertas automáticas. Tenías que haber estado.

–Creo que te vi. Eras preciosa.

–¿Qué pasó con el coche? El del otro extremo de la provincia.

–Ella lo tiró. Había cientos.

–¿Cómo era tu padre?

–Pelirrojo.

Se inclinó sobre el pijama, el párpado se contrajo y aquello, lo que fuera, estuvo allí, ardiente, unos segundos. La mujer de pelo rubio volvió a entrar, con el mismo sigilo con que entramos en el sueño.



De regreso a casa, descubrió en la calzada un bote de galletas Simmers. Se quedó contemplando los trigales henchidos, la cocina espaciosa, con horno. Había visto esa expresión, fijamente, junto a su cara de niño. A veces aparecía, como un nuevo compañero, sin que supiera en qué instante. Dio un puntapié, y la caja rebotó rítmicamente hasta el bordillo.

Despertar en la misma habitación de cuando eres niña, tras unos días de ausencia, e ir dejando que los objetos familiares hagan un saludo y se restablezcan, puede tener resultados sorprendentes. Cuando el ojo se hizo más pequeño, apoyando una mano en la nuca, veía los rizos. Y resoplaba.

Texto de Alan


Café Ricordi
Foto de Alan

0 comentarios: