10 enero 2026

VERUJA
SUEÑO DE INVIERNO

Los blancos párpados, quietos.
El rostro dentro del alma.
La noche fluye en silencio,
hasta las costas lejanas.

De pronto suenan los ecos
recientes de la mañana.
Y leve el hilo del sueño,
entre los ojos, escapa.


Estábamos reunidos, en torno a la lumbre, una noche de invierno.

La luz del fuego temblaba, como reflejos de agua, y hacía surgir en la cocina contornos de personas, gatos y enseres que brillaban en la oscuridad. En cuanto a mí, ¿quién era? Solo tenía conciencia de estar allí.

La mujer de la casa llamó a los sirvientes:

—Ben, llévate el puchero y los platos. Bette, trae el vino. Y echa otro cándalo al fuego.

Los sirvientes allí se llamaban Ben y Bette, ¡qué lugar!

Alguien, en la oscuridad, recogió la mesa, trajo el vino y avivó la lumbre. Prendió una llama y se llenaron los vasos.

—Has mencionado a mi hija —prosiguió la mujer, dirigiéndose a un hombre que estaba sentado en una silla de enea—. ¿La has visto?

—La he visto.

—¿Cómo está?

—Ha cambiado. Es una muchacha.

Me pareció que había descendido a algún lugar del inframundo, que resultaba que existía.

—Abuela, deja las tenazas y ve a acostarte.

La anciana dejó las tenazas, se levantó de su banqueta y desapareció por el pasillo, a oscuras.

—Perdóname, o pídeme perdón.

Por toda respuesta, el hombre puso una mano en su brazo y le acarició el hombro.

—¿Quieres algo?

—Nada, estar aquí un rato contigo.

—Entonces, habla. Empieza por el principio, o por el medio, no por el final.

—Verás: ocurrió así...

La lumbre se extinguió. Poco a poco, fui acostumbrándome a la oscuridad. El hombre seguía allí, como antes, y la silla de enea parecía haberse transformado en un árbol joven y un grupo de cañas. Estábamos en una ribera, de madrugada, y cerca se escuchaba el correr del agua.

La tierra se había cubierto de hojas secas, que el viento amontonaba. El hombre echó a andar, y al poco escuchó, cerca de donde había pasado:

—Hoja, cruje, alza
te en el viento.
Pégate a mi pecho,
y a mi espalda.

El hombre se volvió y distinguió cuatro dedos que sobresalían de la hojarasca. De pronto, se formó un remolino y de él surgió una muchacha vestida solo con un camisón blanco.

—¡Veruja!

La muchacha echó a correr, como si, temerosa de interrumpir algún juego, no le hubiera escuchado...

De repente, estábamos en el sobrado y, por alguna razón, la lumbre seguía allí.

—Ben, ven —dijo la mujer.

El sirviente, si es que allí estaba, se quedó quieto, aguardando órdenes.

—¡Que vengas!

Se escucharon unos pasos que se acercaban.

—Bette, vete.

La sirvienta, si allí había alguien, se quedó quieta, aguardando órdenes.

—¡Que te vayas!

Se escucharon unos pasos alejándose por la escalera, a oscuras.

Entonces recordé que estaba soñando, y desperté.

Al salir, me sorprendió en el rostro el frío y la nieve. Había un olor a humedad, leña y hojas verdes.


Texto de Alan


Read more...

04 agosto 2025

VÍTĚZSLAVA KAPRÁLOVÁ
HUDBA

VÍTĚZSLAVA KAPRÁLOVÁ

Virginia Eskin, piano
Stephanie Chase, violin




Con Bohuslav Martinů y amigos, 1938





VÍTĚZSLAVA KAPRÁLOVÁ

Giorgio Koukl, piano




Suita rustica
Vítězslava Kaprálová

Brno Philharmonic Orchestra
Jiří Pinkas

Read more...

04 julio 2025

GLYN PHILPOT
GABRIELLE, NIECE OF THE ARTIST

Read more...

24 junio 2025

SABINE HAPPARD
ÇA POURRAIT CHANGER

Read more...

01 junio 2025

CARTA DE TATIANA A ONEGUIN
ALEXANDR S. PUSHKIN


Autorretrato, dibujo de A. S. Pushkin


XXXI

Delante tengo su carta;
la guardo sagradamente,
con secreta angustia leo
y no puedo abandonarla.
¿De quién tomó la ternura,
el afecto descuidado?
¿De quién tomó el dulce absurdo,
el hablar irreflexivo,
atrayente, pernicioso?
No lo puedo comprender.
He aquí una traducción
incompleta, deficiente,
una imagen de lo vivo,
un Freïschütz interpretado
por tímidas estudiantes.
 

 Oneguin con Pushkin a orillas del Nevá, dibujo de A. S. Pushkin


Carta de Tatiana a Oneguin

Le escribo a usted, ¿qué más quiere?
¿Qué más resta por decir?
Sé que ahora puede usted
dañarme con su desprecio.
Pero siquiera si guarda
hacia mi triste destino
un poco de compasión,
le ruego: no me abandone.
Primero quise callar.
Créame: de mi vergüenza
nunca hubiera usted sabido,
si tuviese la esperanza
de encontrarle en nuestra aldea,
siquiera de tarde en tarde,
solo una vez por semana.
Nada más oír su voz,
decirle solo una frase,
y luego pensar, pensar
día y noche sobre aquello,
hasta volver a encontrarnos.
Pero dicen que es usted
insociable, y en la aldea,
entre nosotros, se aburre.
Nada nos hace brillar,
aunque en nuestra sencillez
nos alegra verle aquí.

¿Por qué llegó a visitarnos?
En este olvidado sitio
no le hubiera conocido
a usted, ni al dolor amargo.
La turbación de mi alma
inexperta (¿quién lo sabe?)
quizá llegara a calmarse.
Encontraría un amigo,
sería una esposa fiel
y una madre virtuosa.

¡Otro! ¡A nadie en el mundo
le entregaré el corazón!
Lo juzgó el alto consejo...
Lo quiere el cielo, soy tuya.
He sabido desde siempre
que tendría que encontrarte.
Por Dios me fuiste enviado,
lo sé, para que me guardes
hasta la tumba. Ya en sueños
te habías aparecido;
sin cuerpo aún, me atraías.
Tu encantadora mirada
me hacía languidecer.
Tu voz resonó en mi alma
ya entonces... ¡no era ilusión!
Llegaste apenas, lo supe;
entusiasmada, febril,
me dije entre mí: ¡es él!
¿Verdad? ¿No eras tú el que hablaba
calladamente conmigo
cuando ayudaba a los pobres,
cuando calmaba rezando
la tristeza de mi alma?
En ese preciso instante,
amada visión, ¿no surgías
de la noche transparente
y en silencio te inclinabas
sobre el borde de mi lecho?
Con pasión y con amor,
¿no susurrabas entonces
una palabra de ánimo?
Seas ángel de la guarda
o demonio malicioso,
acaba con esta duda.
Quizás esto no sea nada,
¡engaños de alma inexperta!
Y otra cosa se ha dispuesto...
¡Sea lo que haya de ser!
En ti confío mi suerte,
ante ti vierto mis lágrimas,
te ruego que me protejas...
Date cuenta: vivo sola,
aquí nadie me comprende,
mi razón está agotada
y he de morir en silencio.
Te aguardo: con solo una
mirada esperanzadora
da vida a mi corazón,
o deshaz el duro sueño
¡ay, con un justo reproche!

¡Concluyo! Temo releer...
Miedo y vergüenza me frenan...
Pero confiada en su honor,
resuelta a usted me encomiendo...


XXXII

Tatiana suspira y gime.
La carta tiembla en su mano,
la rosada oblea seca
en su lengua enfebrecida.
Ha inclinado la cabeza:
cae el ligero camisón
de su hombro delicioso.
Se extingue el rayo de luna,
la niebla abandona el valle.
Allí platea el torrente,
allí el pastor con su flauta
despierta a los campesinos.
Es de día: hace tiempo
que todos se han levantado.
Mi Tatiana sigue igual.


XXXIII

No advierte que ha amanecido.
Con la cabeza inclinada
se sienta, y en la misiva
no imprime el tallado sello.
Mas ya entrando silenciosa
la encanecida Filípievna
trae el té en una bandeja.
-Es hora, hija, levanta.
¡Amor, si ya estás dispuesta!
Anoche, ¡cuánto temía!
¡Gracias a Dios ya estás bien!
De la congoja nocturna
no queda huella. Tu rostro
parece el de una amapola.


ALEXANDR S. PUSHKIN
Yevgueni Oneguin, capítulo tres

Traducción de Alan

 
Duelo entre Oneguin y Lensky, ilustración de Iliá Repin

Read more...

24 julio 2024

MARGO GURYAN
WORDS AND MUSIC


WORDS AND MUSIC
MARGO GURYAN


Beautiful, and the picture too.

Read more...

25 junio 2024

HERE COME THE KIWI GIRLS
THE SIXTIES


THE SIXTIES


When You Walk In The Room, Come & See Me (Sandy Edmonds)), Don't Come Any Closer (Allison Durbin), Hush (Yolande Gibson), Ambush (Maria Dallas), The Bluebeat (Dinah Lee), I Wanna Swim With Him (Rochelle Vinsen), and more.

Read more...

31 mayo 2024

PUES YO SÍ
BENAVENTE Y EL GIGANTE

Un día el menudo Benavente, en uno de sus paseos, se metió por el callejón de San Ginés.

Aún hoy, puede tenerse la experiencia de entrar por la calle Arenal y salir a la calle Mayor, o al revés.

Entonces no era un pasadizo tan concurrido. A pesar de la estrechez, la ligera inclinación y el suelo empedrado, parecía más una calle de western, donde solo corre el viento, y se escucha solo el paso del bastón.

De repente vio venir, en sentido contrario, a un hombre de gran corpulencia, y además, cosa extraña, agilidad. Fueron acercándose uno a otro, hasta llegar a la misma altura. El gigante se detuvo en mitad de la calleja y prorrumpió:

—¡Yo no le cedo el paso a un maricón!

Benavente se echó a un lado y dijo:

—Pues yo sí.

No lejos está la plaza que lleva su nombre. No es una plaza bonita, a pesar de (o quizá por) hallarse cerca de la plaza Mayor, la Puerta del Sol y ambos madrides antiguos. Si alguien me preguntara, lo primero que se me ocurriría, para su desconcierto o asentimiento, es que allí termina su ronda el 6, y vuelve a iniciarla de nuevo.

Texto de Alan

Read more...