11 junio 2026

EL DOCTOR QUÉ VAGO
COMIC

Cuando era niño, me encantaban los tebeos del doctor Qué Vago.


Tenía el cráneo pelado, tres pelos en lo alto de la frente, gafas de pasta abultadas y perilla. Vestía una bata que al principio de cada historieta aparecía siempre blanca, y zapatones negros. Del bolsillo de arriba de la bata sobresalían varias pinzas de acero, y solía lleva un estetoscopio colgado del cuello.

Su origen era un misterio. Parece que había nacido en algún lugar de la meseta, aunque el doctor Qué Vago podía haber nacido en cualquier parte. Lo cierto es que viajaba constantemente, por todo el país y aun por el extranjero, metiéndose en líos y resolviendo casos.

Vivía en una antigua ciudad de provincias, con su muralla, su castillo, su plaza mayor, sus iglesias, sinagogas y mezquitas, sus callejuelas y escalinatas, rodeada de agua.

Allí tenía su laboratorio, en una pensión, lo que dificultaba, y a veces facilitaba, enormemente sus experimentos.

Un día la inquilina de la habitación de al lado, alarmada de verlo siempre entre sus tubos y probetas, le preguntó:

—¿A qué se dedica ahora, doctor?

—Quito pelos, y los cuido. Soy pelicuro.

—Y... ¿eso es una especialidad?

—Pues claro. Usted tiene pelos, en la barbilla, en las narices, en las orejas y en otras partes.

—Y usted los quita, y los cuida.

—Exacto.

Además de esto, el doctor Qué Vago sufría desde temprano una condena irreversible: aunque era terriblemente ocioso, su vida estaba llena de trabajos y sudores. Siendo niño, le tocó devolver a la cuadra una mula terca, que pastaba en un campo y lanzaba unas coces de órdago. Más adelante, quién sabe por qué, se echó las alforjas sobre los hombros, y las de otros dos o tres arrieros, y cruzó la sierra como si nada. Cuando fue a sacarse el DNI, la funcionaria le preguntó:

—¿Cómo se llama?

—Qué.

—¿Cómo que qué?

—Qué Vago.

—¿De nombre Qué, y de apellido Vago? —y la funcionaria se puso a teclear, dando un silbido.

Para concluir, el doctor Qué Vago sentía a veces debilidad por sus pacientes del antes llamado sexo débil, lo que solía causarle no pocas complicaciones.

Había aún otra cosa misteriosa en los comics del doctor Qué Vago: iban siempre firmados 'Guera'. ¿Quién era Guera? ¿Cómo era? ¿Dónde vivía? Y, ¿a qué dedicaba el tiempo libre? Quizá viviera muy cerca, o en la otra parte del globo. Este pensamiento me gustaba y me intrigaba.

Ahora contaré algunas cosas que sucedían en las viñetas del doctor Qué Vago, tal como las recuerdo.




EL MAL DESCONOCIDO

Este fue uno de los casos más sonados del doctor Qué Vago. Cuando más tarde aún se lo recordaban, él siempre decía que desde el principio le había parecido demasiado obvio.

El doctor Qué Vago se había pasado toda la tarde examinando pelos, de todas las razas y colores, y ahora estaba tumbado en su hamaca.

Llamaron al timbre.

Se escucharon unos pasos y unas voces.

Luego, la inquilina de la habitación de al lado gritó, junto a su puerta:

—Es para usted. Llaman, y ni siquiera abre. ¡Qué vago!

El doctor Qué Vago, como de costumbre, no sabía si le estaban increpando o le estaban llamando por su nombre.

Al llegar aquí, en la viñeta surgían unos toc, toc, toc enormes.
 
—Adelante.
 
La puerta se abre, y en la penumbra aparece un hombre de unos cincuenta años, bien parecido y de ojos cavernosos.

—¿Hay algún médico en el cuarto?

El doctor Qué Vago salta de su hamaca, enciende la luz y contesta:

—Solo uno. ¿En qué puedo ayudarle?

—Pues... últimamente estoy un poco pachuco. Me llamo Sandro.

—Y vive usted cerca de la catedral.

—Así es. Deduce bien.

—Se dedica a restaurar iglesias románicas.
 
—Con eso me gano el pan.
 
—Está soltero. Habita la casa de sus abuelos, con una prima, Vera, y una criada anciana, Eusebia. Las dos le adoran y cuidan de usted.

—Es asombroso. ¿Cómo lo ha sabido, con solo mirarme?

—En una ciudad tan pequeña como esta, casi todo termina por saberse. ¿Es que usted no me conoce?

—Doctor Qué Vago, he venido a verle como último recurso.

—Dígame, ¿qué le ocurre?

—Verá: hace unos meses, como quien no quiere la cosa, resulta que ¡zas! me enamoré. Es una mujer maravillosa, buena y atrayente. Se llama Margo. Y lo más extraño es que ella también me quiere. Los amigos me dijeron que: ¡dónde vas tú! Casarte a tus años. Déjalo. No te compliques. Pero ya no podía remediarse. Y tiré p'alante, como los de Alicante.

—Muy bien hecho.

—El día de la boda empecé a sentirme mal.

—Vaya por Dios.

—En lugar de a la iglesia, tuvieron que llevarme a una casa de socorro, y allí no pudieron encontrarme nada.

—Qué cosas pasan.

—La boda se postergó. Los amigos me dijeron que me fuera a la costa, que estaba estresado y necesitaba descansar. Fui a la costa, y en unos días me recuperé. Volví, y ahora estoy otra vez hecho una birria. En el hospital no me encuentran nada. Y los amigos me dicen que deje de pensar en la boda.

El doctor Qué Vago sacó unas pinzas del bolsillo, le arrancó a Sandro un pelo de lo alto de la frente y lo puso bajo el microscopio.

—Arsénico en el pelo —dictaminó—. A partir de ahora, haga sus comidas fuera de casa; si es posible, en un restaurante de primera, o en un mesón apartado, hogareño. Dentro de unos días iré a verle.

A los pocos días, temprano... aquí tenemos al doctor Qué Vago junto a la catedral, alborotada de golondrinas. Entra en un portal y llama a un piso. La prima Vera estaba fregando el pasillo, y la criada, Eusebia, que era quien le había abierto, sentada en un tresillo de madera, sobre unos cojines y una colcha de ganchillo, tenía en las manos una bolsita de champú, y cerca una palangana.

—¡No pase! Está húmedo —dijo la prima Vera, al fondo del pasillo.

El doctor Qué Vago avanzó hasta ella, dejando las huellas de sus zapatones en el suelo.

—Usted está envenenando a Sandro.

—¡Qué disparate! ¿Cómo se le ocurre?

—Elemental: todo el mundo sabe que la prima Vera la sangre altera.

Ella agarró el cubo de agua sucia y se lo echó al doctor Qué Vago por encima de la cabeza.
 
Entonces, doblando el recodo del pasillo, apareció Sandro con ojos sorprendidos.
 
—¿Cómo se encuentra? —preguntó el doctor Qué Vago.
 
—Estupendamente. Seguí su consejo y me he recuperado otra vez.

—Pues yo estoy hecho un asco...
 
Aunque esa tarde los guardias registraron el piso a conciencia, no lograron encontrar una pizca de arsénico. Poco después, Sandro se casó con Margo y se fue a vivir con ella. Y la prima Vera y Eusebia siguieron viviendo junto a la catedral.


LA CREMA REMOZADORA
 
A menudo, cuando el doctor Qué Vago regresaba de improviso de alguno de sus viajes, encontraba un rosario de prendas colgadas de sus instrumentos, de sus tubos y probetas, puestas a secar. Pertenecían a la inquilina de la habitación de al lado. Normalmente se cabreaba, pero esta vez... quitó un sujetador de una probeta y vio que esta contenía, en lugar de la sustancia que semanas atrás había dejado allí, una crema espesa, reluciente, anaranjada, como con una llama en el fondo. Apartó unas medias del microscopio, vertió en él unas gotas de la pomada, miró, abrió asombrado los ojos y exclamó:
 
—¡Eureka! ¡Serendipia!
 
Por no se sabe qué extraña, aleatoria, involuntaria reacción química había dado con la crema rejuvenecedora que tanto tiempo llevaba buscando. La muestra del microscopio bullía de vida, de glóbulos y filamentos que se agitaban de acá para allá, se juntaban, se traspasaban y se fundían, como queriendo saltar.
 
Sacó de su jaula un ratón anciano, renqueante, tuerto, ya casi sin pelo, y le echó unas gotas de la crema. Le embadurnó todo el cuerpo y, al instante, la piel del ratoncillo adquirió un tono rosáceo, empezaron a brillarle los ojos, dejó de cojear y recobró el pelo.
 
El doctor Qué Vago puso al ratoncillo remozado en el poyo de la ventana, que daba a un huerto que había enfrente de casa, y dijo:
 
—Adiós. Que te vaya bien, amigo.

El ratón cruzó la calle, le arrancó un chillido a una mujer que acudía temprano a misa y desapareció entre la hierba.
 
Luego, sin deshacer la maleta, el doctor Qué Vago metió dentro la redoma con el ungüento y, como por entonces era la feria de Córdoba, allá se fue.
 
Lo primero que hizo al llegar, cuando anochecía, fue asomarse al pretil del río, por ver si veía a Carmen saliendo del baño. Pero ese atardecer las mujeres no se bañaban en el Guadalquivir...

[TO BE CONTINUED]

Texto de Alan  

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04 marzo 2026

ADOLPHE
BENJAMIN CONSTANT


La réponse de mon père ne se fit pas attendre. Je tremblais, en ouvrant sa lettre, de la douleur qu'un refus causerait à Ellénore. Il me semblait même que j'aurais partagé cette douleur avec une égale amertume; mais en lisant le consentement qu'il m'accordait, tous les inconvénients d'une prolongation de séjour se présentèrent tout à coup à mon esprit. «Encore six mois de gêne et de contrainte! m'écriai-je; six mois pendant lesquels j'offense un homme qui m'avait témoigné de l'amitié, j'expose une femme qui m'aime; je cours le risque de lui ravir la seule situation où elle puisse vivre tranquille et considérée; je trompe mon père; et pourquoi? Pour ne pas braver un instant une douleur qui, tôt ou tard, est inévitable! Ne l'éprouvons-nous pas chaque jour en détail et goutte à goutte, cette douleur? Je ne fais que du mal à Ellénore; mon sentiment, tel qu'il est, ne peut la satisfaire. Je me sacrifie pour elle sans fruit pour son bonheur; et moi, je vis ici sans utilité, sans indépendance, n'ayant pas un instant de libre, ne pouvant respirer une heure en paix». J'entrai chez Ellénore tout occupé de ces réflexions. Je la trouvai seule. «Je reste encore six mois, lui dis-je. — Vous m'annoncez cette nouvelle bien sèchement. — C'est que je crains beaucoup, je l'avoue, les conséquences de ce retard pour l'un et pour l'autre. — Il me semble que pour vous du moins elles ne sauraient être bien fâcheuses. — Vous savez fort bien, Ellénore, que ce n'est jamais de moi que je m'occupe le plus. — Ce n'est guère non plus du bonheur des autres». La conversation avait pris une direction orageuse. Ellénore était blessée de mes regrets dans une circonstance où elle croyait que je devais partager sa joie: je l'étais du triomphe qu'elle avait remporté sur mes résolutions précédentes. La scène devint violente. Nous éclatâmes en reproches mutuels. Ellénore m'accusa de l'avoir trompée, de n'avoir eu pour elle qu'un goût passager, d'avoir aliéné d'elle l'affection du comte; de l'avoir remise, aux yeux du public, dans la situation équivoque dont elle avait cherché toute sa vie à sortir. Je m'irritai de voir qu'elle tournât contre moi ce que je n'avais fait que par obéissance pour elle et par crainte de l'affliger. Je me plaignis de ma vive contrainte, de ma jeunesse consumée dans l'inaction, du despotisme qu'elle exerçait sur toutes mes démarches. En parlant ainsi, je vis son visage couvert tout à coup de pleurs: je m'arrêtai, je revins sur mes pas, je désavouai, j'expliquai. Nous nous embrassâmes: mais un premier coup était porté, une première barrière était franchie. Nous avions prononcé tous deux des mots irréparables; nous pouvions nous taire, mais non les oublier. Il y a des choses qu'on est longtemps sans se dire, mais quand une fois elles sont dites, on ne cesse jamais de les répéter.


La respuesta de mi padre no se hizo esperar. Temblaba, al abrir su carta, del dolor que una negativa causaría a Ellénore. Me parecía incluso que hubiera compartido ese dolor con igual amargura; pero al leer el permiso que me concedía, todos los inconvenientes de una prolongación de la estancia acudieron de golpe a mi pensamiento. "¡Seis meses aún de fastidio y opresión!", exclamé. "Seis meses durante los cuales ofendo a un hombre que me había dado pruebas de amistad, expongo a una mujer que me ama; corro el riesgo de arrebatarle la única situación en que pueda vivir tranquila y respetada; engaño a mi padre. Y todo, ¿por qué? ¡Por no afrontar un instante de dolor que, más pronto o más tarde, resulta inevitable! ¿Acaso no lo probamos cada día en detalle, y gota a gota, ese dolor? No hago sino daño a Ellénore; mi sentimiento, tal como es, no puede satisfacerla. Me sacrifico por ella sin hacerla feliz; y yo, vivo aquí sin provecho, sin independencia, careciendo de un instante de libertad, no pudiendo respirar una hora en paz". Entré en casa de Ellénore ocupado en estas reflexiones. La encontré sola. 'Me quedo aún seis meses', le dije. 'Me anuncias esa noticia con bastante sequedad'. 'Es que temo mucho, lo confieso, las consecuencias de un retraso para uno y otra'. 'Me parece que para ti al menos no serían muy enojosas'. 'Sabes muy bien, Ellénore, que no es nunca de mí de quien más me ocupo'. 'Tampoco apenas de la felicidad de otros'. La conversación había tomado una dirección tempestuosa. Ellénore se sentía herida de mis lamentos en una circunstancia en que creía que debía compartir su dicha; yo lo estaba del triunfo que ella había obtenido sobre mis decisiones anteriores. La escena se tornó violenta. Estallamos en reproches mutuos. Ellénore me acusó de haberla engañado, de no haber tenido por ella más que un gusto pasajero, de haberle enajenado el afecto del conde; de haberla puesto nuevamente, a ojos del público, en esa situación equívoca de la que toda su vida había intentado salir. Yo me irrité al ver que volvía en mi contra lo que no había hecho sino por obediencia hacia ella y por el temor de afligirla. Me quejé de mi vida oprimida, de mi juventud que se consumía en la inacción, del despotismo que ejercía sobre todos mis movimientos. Mientras hablaba así, vi que su rostro de repente se cubría de lágrimas; me detuve, volví sobre mis pasos, negué, expliqué. Nos besamos; pero un primer golpe estaba dado, una primera barrera había sido traspasada. Los dos habíamos pronunciado palabras irreparables; podíamos callar, pero no olvidarlas. Hay cosas que están mucho tiempo sin decirse, pero una vez dichas, no se deja nunca de repetirlas.



BENJAMIN CONSTANT
Adolphe

Ilustración de Paul-Émile Bécat

Traducción de Alan


Este libro me recuerda a La double méprise de Mérimée, a las novelas de Madame de La Fayette, a La marquesa de O de Heinrich von Kleist. Es un poco un libro de ese tipo, y muy bueno también. Benjamin Constant escribió además Le cahier rouge y Cécile. Aunque no dejan de ser dos fragmentos más o menos extensos, están igualmente basados en su experiencia y su manera de entender esa cosa tan extraña que llamamos vida.

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10 enero 2026

VERUJA
SUEÑO DE INVIERNO

Los blancos párpados, quietos.
El rostro dentro del alma.
La noche fluye en silencio,
hasta las costas lejanas.

De pronto suenan los ecos
recientes de la mañana.
Y leve el hilo del sueño,
entre los ojos, escapa.


Estábamos reunidos, en torno a la lumbre, una noche de invierno.

La luz del fuego temblaba, como reflejos de agua, y hacía surgir en la cocina contornos de personas, gatos y enseres que brillaban en la oscuridad. En cuanto a mí, ¿quién era? Solo tenía conciencia de estar allí.

La mujer de la casa llamó a los sirvientes:

—Ben, llévate el puchero y los platos. Bette, trae el vino. Y echa otro cándalo al fuego.

Los sirvientes allí se llamaban Ben y Bette, ¡qué lugar!

Alguien, en la oscuridad, recogió la mesa, trajo el vino y avivó la lumbre. Prendió una llama y se llenaron los vasos.

—Has mencionado a mi hija —prosiguió la mujer, dirigiéndose a un hombre que estaba sentado en una silla de enea—. ¿La has visto?

—La he visto.

—¿Cómo está?

—Ha cambiado. Es una muchacha.

Me pareció que había descendido a algún lugar del inframundo, que resultaba que existía.

—Abuela, deja las tenazas y ve a acostarte.

La anciana dejó las tenazas, se levantó de su banqueta y desapareció por el pasillo, a oscuras.

—Perdóname, o pídeme perdón.

Por toda respuesta, el hombre puso una mano en su brazo y le acarició el hombro.

—¿Quieres algo?

—Nada, estar aquí un rato contigo.

—Entonces, habla. Empieza por el principio, o por el medio, no por el final.

—Verás: ocurrió así...

La lumbre se extinguió. Poco a poco, fui acostumbrándome a la oscuridad. El hombre seguía allí, como antes, y la silla de enea parecía haberse transformado en un árbol joven y un grupo de cañas. Estábamos en una ribera, de madrugada, y cerca se escuchaba el correr del agua.

La tierra se había cubierto de hojas secas, que el viento amontonaba. El hombre echó a andar, y al poco escuchó, cerca de donde había pasado:

—Hoja, cruje, alza
te en el viento.
Pégate a mi pecho,
y a mi espalda.

El hombre se volvió y distinguió cuatro dedos que sobresalían de la hojarasca. De pronto, se formó un remolino y de él surgió una muchacha vestida solo con un camisón blanco.

—¡Veruja!

La muchacha echó a correr, como si, temerosa de interrumpir algún juego, no le hubiera escuchado...

De repente, estábamos en el sobrado y, por alguna razón, la lumbre seguía allí.

—Ben, ven —dijo la mujer.

El sirviente, si es que allí estaba, se quedó quieto, aguardando órdenes.

—¡Que vengas!

Se escucharon unos pasos que se acercaban.

—Bette, vete.

La sirvienta, si allí había alguien, se quedó quieta, aguardando órdenes.

—¡Que te vayas!

Se escucharon unos pasos alejándose por la escalera, a oscuras.

Entonces recordé que estaba soñando, y desperté.

Al salir, me sorprendió en el rostro el frío y la nieve. Había un olor a humedad, leña y hojas verdes.


Texto de Alan


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04 agosto 2025

VÍTĚZSLAVA KAPRÁLOVÁ
HUDBA

VÍTĚZSLAVA KAPRÁLOVÁ

Virginia Eskin, piano
Stephanie Chase, violin




Con Bohuslav Martinů y amigos, 1938





VÍTĚZSLAVA KAPRÁLOVÁ

Giorgio Koukl, piano




Suita rustica
Vítězslava Kaprálová

Brno Philharmonic Orchestra
Jiří Pinkas

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04 julio 2025

GLYN PHILPOT
GABRIELLE, NIECE OF THE ARTIST

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24 junio 2025

SABINE HAPPARD
ÇA POURRAIT CHANGER

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01 junio 2025

CARTA DE TATIANA A ONEGUIN
ALEXANDR S. PUSHKIN


Autorretrato, dibujo de A. S. Pushkin


XXXI

Delante tengo su carta;
la guardo sagradamente,
con secreta angustia leo
y no puedo abandonarla.
¿De quién tomó la ternura,
el afecto descuidado?
¿De quién tomó el dulce absurdo,
el hablar irreflexivo,
atrayente, pernicioso?
No lo puedo comprender.
He aquí una traducción
incompleta, deficiente,
una imagen de lo vivo,
un Freïschütz interpretado
por tímidas estudiantes.
 

 Oneguin con Pushkin a orillas del Nevá, dibujo de A. S. Pushkin


Carta de Tatiana a Oneguin

Le escribo a usted, ¿qué más quiere?
¿Qué más resta por decir?
Sé que ahora puede usted
dañarme con su desprecio.
Pero siquiera si guarda
hacia mi triste destino
un poco de compasión,
le ruego: no me abandone.
Primero quise callar.
Créame: de mi vergüenza
nunca hubiera usted sabido,
si tuviese la esperanza
de encontrarle en nuestra aldea,
siquiera de tarde en tarde,
solo una vez por semana.
Nada más oír su voz,
decirle solo una frase,
y luego pensar, pensar
día y noche sobre aquello,
hasta volver a encontrarnos.
Pero dicen que es usted
insociable, y en la aldea,
entre nosotros, se aburre.
Nada nos hace brillar,
aunque en nuestra sencillez
nos alegra verle aquí.

¿Por qué llegó a visitarnos?
En este olvidado sitio
no le hubiera conocido
a usted, ni al dolor amargo.
La turbación de mi alma
inexperta (¿quién lo sabe?)
quizá llegara a calmarse.
Encontraría un amigo,
sería una esposa fiel
y una madre virtuosa.

¡Otro! ¡A nadie en el mundo
le entregaré el corazón!
Lo juzgó el alto consejo...
Lo quiere el cielo, soy tuya.
He sabido desde siempre
que tendría que encontrarte.
Por Dios me fuiste enviado,
lo sé, para que me guardes
hasta la tumba. Ya en sueños
te habías aparecido;
sin cuerpo aún, me atraías.
Tu encantadora mirada
me hacía languidecer.
Tu voz resonó en mi alma
ya entonces... ¡no era ilusión!
Llegaste apenas, lo supe;
entusiasmada, febril,
me dije entre mí: ¡es él!
¿Verdad? ¿No eras tú el que hablaba
calladamente conmigo
cuando ayudaba a los pobres,
cuando calmaba rezando
la tristeza de mi alma?
En ese preciso instante,
amada visión, ¿no surgías
de la noche transparente
y en silencio te inclinabas
sobre el borde de mi lecho?
Con pasión y con amor,
¿no susurrabas entonces
una palabra de ánimo?
Seas ángel de la guarda
o demonio malicioso,
acaba con esta duda.
Quizás esto no sea nada,
¡engaños de alma inexperta!
Y otra cosa se ha dispuesto...
¡Sea lo que haya de ser!
En ti confío mi suerte,
ante ti vierto mis lágrimas,
te ruego que me protejas...
Date cuenta: vivo sola,
aquí nadie me comprende,
mi razón está agotada
y he de morir en silencio.
Te aguardo: con solo una
mirada esperanzadora
da vida a mi corazón,
o deshaz el duro sueño
¡ay, con un justo reproche!

¡Concluyo! Temo releer...
Miedo y vergüenza me frenan...
Pero confiada en su honor,
resuelta a usted me encomiendo...


XXXII

Tatiana suspira y gime.
La carta tiembla en su mano,
la rosada oblea seca
en su lengua enfebrecida.
Ha inclinado la cabeza:
cae el ligero camisón
de su hombro delicioso.
Se extingue el rayo de luna,
la niebla abandona el valle.
Allí platea el torrente,
allí el pastor con su flauta
despierta a los campesinos.
Es de día: hace tiempo
que todos se han levantado.
Mi Tatiana sigue igual.


XXXIII

No advierte que ha amanecido.
Con la cabeza inclinada
se sienta, y en la misiva
no imprime el tallado sello.
Mas ya entrando silenciosa
la encanecida Filípievna
trae el té en una bandeja.
-Es hora, hija, levanta.
¡Amor, si ya estás dispuesta!
Anoche, ¡cuánto temía!
¡Gracias a Dios ya estás bien!
De la congoja nocturna
no queda huella. Tu rostro
parece el de una amapola.


ALEXANDR S. PUSHKIN
Yevgueni Oneguin, capítulo tres

Traducción de Alan

 
Duelo entre Oneguin y Lensky, ilustración de Iliá Repin

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24 julio 2024

MARGO GURYAN
WORDS AND MUSIC


WORDS AND MUSIC
MARGO GURYAN


Beautiful, and the picture too.

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