04 marzo 2026

ADOLPHE
BENJAMIN CONSTANT


La réponse de mon père ne se fit pas attendre. Je tremblais, en ouvrant sa lettre, de la douleur qu'un refus causerait à Ellénore. Il me semblait même que j'aurais partagé cette douleur avec une égale amertume; mais en lisant le consentement qu'il m'accordait, tous les inconvénients d'une prolongation de séjour se présentèrent tout à coup à mon esprit. «Encore six mois de gêne et de contrainte! m'écriai-je; six mois pendant lesquels j'offense un homme qui m'avait témoigné de l'amitié, j'expose une femme qui m'aime; je cours le risque de lui ravir la seule situation où elle puisse vivre tranquille et considérée; je trompe mon père; et pourquoi? Pour ne pas braver un instant une douleur qui, tôt ou tard, est inévitable! Ne l'éprouvons-nous pas chaque jour en détail et goutte à goutte, cette douleur? Je ne fais que du mal à Ellénore; mon sentiment, tel qu'il est, ne peut la satisfaire. Je me sacrifie pour elle sans fruit pour son bonheur; et moi, je vis ici sans utilité, sans indépendance, n'ayant pas un instant de libre, ne pouvant respirer une heure en paix». J'entrai chez Ellénore tout occupé de ces réflexions. Je la trouvai seule. «Je reste encore six mois, lui dis-je. — Vous m'annoncez cette nouvelle bien sèchement. — C'est que je crains beaucoup, je l'avoue, les conséquences de ce retard pour l'un et pour l'autre. — Il me semble que pour vous du moins elles ne sauraient être bien fâcheuses. — Vous savez fort bien, Ellénore, que ce n'est jamais de moi que je m'occupe le plus. — Ce n'est guère non plus du bonheur des autres». La conversation avait pris une direction orageuse. Ellénore était blessée de mes regrets dans une circonstance où elle croyait que je devais partager sa joie: je l'étais du triomphe qu'elle avait remporté sur mes résolutions précédentes. La scène devint violente. Nous éclatâmes en reproches mutuels. Ellénore m'accusa de l'avoir trompée, de n'avoir eu pour elle qu'un goût passager, d'avoir aliéné d'elle l'affection du comte; de l'avoir remise, aux yeux du public, dans la situation équivoque dont elle avait cherché toute sa vie à sortir. Je m'irritai de voir qu'elle tournât contre moi ce que je n'avais fait que par obéissance pour elle et par crainte de l'affliger. Je me plaignis de ma vive contrainte, de ma jeunesse consumée dans l'inaction, du despotisme qu'elle exerçait sur toutes mes démarches. En parlant ainsi, je vis son visage couvert tout à coup de pleurs: je m'arrêtai, je revins sur mes pas, je désavouai, j'expliquai. Nous nous embrassâmes: mais un premier coup était porté, une première barrière était franchie. Nous avions prononcé tous deux des mots irréparables; nous pouvions nous taire, mais non les oublier. Il y a des choses qu'on est longtemps sans se dire, mais quand une fois elles sont dites, on ne cesse jamais de les répéter.


La respuesta de mi padre no se hizo esperar. Temblaba, al abrir su carta, del dolor que una negativa causaría a Ellénore. Me parecía incluso que hubiera compartido ese dolor con igual amargura; pero al leer el permiso que me concedía, todos los inconvenientes de una prolongación de la estancia acudieron de golpe a mi pensamiento. "¡Seis meses aún de fastidio y opresión!", exclamé. "Seis meses durante los cuales ofendo a un hombre que me había dado pruebas de amistad, expongo a una mujer que me ama; corro el riesgo de arrebatarle la única situación en que pueda vivir tranquila y respetada; engaño a mi padre. Y todo, ¿por qué? ¡Por no afrontar un instante de dolor que, más pronto o más tarde, resulta inevitable! ¿Acaso no lo probamos cada día en detalle, y gota a gota, ese dolor? No hago sino daño a Ellénore; mi sentimiento, tal como es, no puede satisfacerla. Me sacrifico por ella sin hacerla feliz; y yo, vivo aquí sin provecho, sin independencia, careciendo de un instante de libertad, no pudiendo respirar una hora en paz". Entré en casa de Ellénore ocupado en estas reflexiones. La encontré sola. 'Me quedo aún seis meses', le dije. 'Me anunciáis esa noticia con bastante sequedad'. 'Es que temo mucho, lo confieso, las consecuencias de un retraso para uno y otra'. 'Me parece que para vos al menos no serían muy enojosas'. 'Sabéis muy bien, Ellénore, que no es nunca de mí de quien más me ocupo'. 'Tampoco apenas de la felicidad de otros'. La conversación había tomado una dirección tempestuosa. Ellénore se sentía herida de mis lamentos en una circunstancia en que creía que debía compartir su dicha; yo lo estaba del triunfo que ella había obtenido sobre mis decisiones anteriores. La escena se tornó violenta. Estallamos en reproches mutuos. Ellénore me acusó de haberla engañado, de no haber tenido por ella más que un gusto pasajero, de haberle enajenado el afecto del conde; de haberla puesto nuevamente, a ojos del público, en esa situación equívoca de la que toda su vida había intentado salir. Yo me irrité al ver que volvía en mi contra lo que no había hecho sino por obediencia hacia ella y por el temor de afligirla. Me quejé de mi vida oprimida, de mi juventud que se consumía en la inacción, del despotismo que ejercía sobre todos mis movimientos. Mientras hablaba así, vi que su rostro de repente se cubría de lágrimas; me detuve, volví sobre mis pasos, negué, expliqué. Nos besamos; pero un primer golpe estaba dado, una primera barrera había sido traspasada. Los dos habíamos pronunciado palabras irreparables; podíamos callar, pero no olvidarlas. Hay cosas que están mucho tiempo sin decirse, pero una vez dichas, no se deja nunca de repetirlas.



BENJAMIN CONSTANT
Adolphe

Ilustración de Paul-Émile Bécat

Traducción de Alan


Este libro me recuerda a La double méprise de Mérimée, a las novelas de Madame de La Fayette, a La marquesa de O de Heinrich von Kleist. Es un poco un libro de ese tipo, y muy bueno también. Benjamin Constant escribió además Le cahier rouge y Cécile. Aunque no dejan de ser dos fragmentos más o menos extensos, están igualmente basados en su experiencia y su manera de entender esa cosa tan extraña que llamamos vida.

Read more...

10 enero 2026

VERUJA
SUEÑO DE INVIERNO

Los blancos párpados, quietos.
El rostro dentro del alma.
La noche fluye en silencio,
hasta las costas lejanas.

De pronto suenan los ecos
recientes de la mañana.
Y leve el hilo del sueño,
entre los ojos, escapa.


Estábamos reunidos, en torno a la lumbre, una noche de invierno.

La luz del fuego temblaba, como reflejos de agua, y hacía surgir en la cocina contornos de personas, gatos y enseres que brillaban en la oscuridad. En cuanto a mí, ¿quién era? Solo tenía conciencia de estar allí.

La mujer de la casa llamó a los sirvientes:

—Ben, llévate el puchero y los platos. Bette, trae el vino. Y echa otro cándalo al fuego.

Los sirvientes allí se llamaban Ben y Bette, ¡qué lugar!

Alguien, en la oscuridad, recogió la mesa, trajo el vino y avivó la lumbre. Prendió una llama y se llenaron los vasos.

—Has mencionado a mi hija —prosiguió la mujer, dirigiéndose a un hombre que estaba sentado en una silla de enea—. ¿La has visto?

—La he visto.

—¿Cómo está?

—Ha cambiado. Es una muchacha.

Me pareció que había descendido a algún lugar del inframundo, que resultaba que existía.

—Abuela, deja las tenazas y ve a acostarte.

La anciana dejó las tenazas, se levantó de su banqueta y desapareció por el pasillo, a oscuras.

—Perdóname, o pídeme perdón.

Por toda respuesta, el hombre puso una mano en su brazo y le acarició el hombro.

—¿Quieres algo?

—Nada, estar aquí un rato contigo.

—Entonces, habla. Empieza por el principio, o por el medio, no por el final.

—Verás: ocurrió así...

La lumbre se extinguió. Poco a poco, fui acostumbrándome a la oscuridad. El hombre seguía allí, como antes, y la silla de enea parecía haberse transformado en un árbol joven y un grupo de cañas. Estábamos en una ribera, de madrugada, y cerca se escuchaba el correr del agua.

La tierra se había cubierto de hojas secas, que el viento amontonaba. El hombre echó a andar, y al poco escuchó, cerca de donde había pasado:

—Hoja, cruje, alza
te en el viento.
Pégate a mi pecho,
y a mi espalda.

El hombre se volvió y distinguió cuatro dedos que sobresalían de la hojarasca. De pronto, se formó un remolino y de él surgió una muchacha vestida solo con un camisón blanco.

—¡Veruja!

La muchacha echó a correr, como si, temerosa de interrumpir algún juego, no le hubiera escuchado...

De repente, estábamos en el sobrado y, por alguna razón, la lumbre seguía allí.

—Ben, ven —dijo la mujer.

El sirviente, si es que allí estaba, se quedó quieto, aguardando órdenes.

—¡Que vengas!

Se escucharon unos pasos que se acercaban.

—Bette, vete.

La sirvienta, si allí había alguien, se quedó quieta, aguardando órdenes.

—¡Que te vayas!

Se escucharon unos pasos alejándose por la escalera, a oscuras.

Entonces recordé que estaba soñando, y desperté.

Al salir, me sorprendió en el rostro el frío y la nieve. Había un olor a humedad, leña y hojas verdes.


Texto de Alan


Read more...

04 agosto 2025

VÍTĚZSLAVA KAPRÁLOVÁ
HUDBA

VÍTĚZSLAVA KAPRÁLOVÁ

Virginia Eskin, piano
Stephanie Chase, violin




Con Bohuslav Martinů y amigos, 1938





VÍTĚZSLAVA KAPRÁLOVÁ

Giorgio Koukl, piano




Suita rustica
Vítězslava Kaprálová

Brno Philharmonic Orchestra
Jiří Pinkas

Read more...

04 julio 2025

GLYN PHILPOT
GABRIELLE, NIECE OF THE ARTIST

Read more...

24 junio 2025

SABINE HAPPARD
ÇA POURRAIT CHANGER

Read more...

01 junio 2025

CARTA DE TATIANA A ONEGUIN
ALEXANDR S. PUSHKIN


Autorretrato, dibujo de A. S. Pushkin


XXXI

Delante tengo su carta;
la guardo sagradamente,
con secreta angustia leo
y no puedo abandonarla.
¿De quién tomó la ternura,
el afecto descuidado?
¿De quién tomó el dulce absurdo,
el hablar irreflexivo,
atrayente, pernicioso?
No lo puedo comprender.
He aquí una traducción
incompleta, deficiente,
una imagen de lo vivo,
un Freïschütz interpretado
por tímidas estudiantes.
 

 Oneguin con Pushkin a orillas del Nevá, dibujo de A. S. Pushkin


Carta de Tatiana a Oneguin

Le escribo a usted, ¿qué más quiere?
¿Qué más resta por decir?
Sé que ahora puede usted
dañarme con su desprecio.
Pero siquiera si guarda
hacia mi triste destino
un poco de compasión,
le ruego: no me abandone.
Primero quise callar.
Créame: de mi vergüenza
nunca hubiera usted sabido,
si tuviese la esperanza
de encontrarle en nuestra aldea,
siquiera de tarde en tarde,
solo una vez por semana.
Nada más oír su voz,
decirle solo una frase,
y luego pensar, pensar
día y noche sobre aquello,
hasta volver a encontrarnos.
Pero dicen que es usted
insociable, y en la aldea,
entre nosotros, se aburre.
Nada nos hace brillar,
aunque en nuestra sencillez
nos alegra verle aquí.

¿Por qué llegó a visitarnos?
En este olvidado sitio
no le hubiera conocido
a usted, ni al dolor amargo.
La turbación de mi alma
inexperta (¿quién lo sabe?)
quizá llegara a calmarse.
Encontraría un amigo,
sería una esposa fiel
y una madre virtuosa.

¡Otro! ¡A nadie en el mundo
le entregaré el corazón!
Lo juzgó el alto consejo...
Lo quiere el cielo, soy tuya.
He sabido desde siempre
que tendría que encontrarte.
Por Dios me fuiste enviado,
lo sé, para que me guardes
hasta la tumba. Ya en sueños
te habías aparecido;
sin cuerpo aún, me atraías.
Tu encantadora mirada
me hacía languidecer.
Tu voz resonó en mi alma
ya entonces... ¡no era ilusión!
Llegaste apenas, lo supe;
entusiasmada, febril,
me dije entre mí: ¡es él!
¿Verdad? ¿No eras tú el que hablaba
calladamente conmigo
cuando ayudaba a los pobres,
cuando calmaba rezando
la tristeza de mi alma?
En ese preciso instante,
amada visión, ¿no surgías
de la noche transparente
y en silencio te inclinabas
sobre el borde de mi lecho?
Con pasión y con amor,
¿no susurrabas entonces
una palabra de ánimo?
Seas ángel de la guarda
o demonio malicioso,
acaba con esta duda.
Quizás esto no sea nada,
¡engaños de alma inexperta!
Y otra cosa se ha dispuesto...
¡Sea lo que haya de ser!
En ti confío mi suerte,
ante ti vierto mis lágrimas,
te ruego que me protejas...
Date cuenta: vivo sola,
aquí nadie me comprende,
mi razón está agotada
y he de morir en silencio.
Te aguardo: con solo una
mirada esperanzadora
da vida a mi corazón,
o deshaz el duro sueño
¡ay, con un justo reproche!

¡Concluyo! Temo releer...
Miedo y vergüenza me frenan...
Pero confiada en su honor,
resuelta a usted me encomiendo...


XXXII

Tatiana suspira y gime.
La carta tiembla en su mano,
la rosada oblea seca
en su lengua enfebrecida.
Ha inclinado la cabeza:
cae el ligero camisón
de su hombro delicioso.
Se extingue el rayo de luna,
la niebla abandona el valle.
Allí platea el torrente,
allí el pastor con su flauta
despierta a los campesinos.
Es de día: hace tiempo
que todos se han levantado.
Mi Tatiana sigue igual.


XXXIII

No advierte que ha amanecido.
Con la cabeza inclinada
se sienta, y en la misiva
no imprime el tallado sello.
Mas ya entrando silenciosa
la encanecida Filípievna
trae el té en una bandeja.
-Es hora, hija, levanta.
¡Amor, si ya estás dispuesta!
Anoche, ¡cuánto temía!
¡Gracias a Dios ya estás bien!
De la congoja nocturna
no queda huella. Tu rostro
parece el de una amapola.


ALEXANDR S. PUSHKIN
Yevgueni Oneguin, capítulo tres

Traducción de Alan

 
Duelo entre Oneguin y Lensky, ilustración de Iliá Repin

Read more...

24 julio 2024

MARGO GURYAN
WORDS AND MUSIC


WORDS AND MUSIC
MARGO GURYAN


Beautiful, and the picture too.

Read more...

25 junio 2024

HERE COME THE KIWI GIRLS
THE SIXTIES


THE SIXTIES


When You Walk In The Room, Come & See Me (Sandy Edmonds)), Don't Come Any Closer (Allison Durbin), Hush (Yolande Gibson), Ambush (Maria Dallas), The Bluebeat (Dinah Lee), I Wanna Swim With Him (Rochelle Vinsen), and more.

Read more...