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11 junio 2026

EL DOCTOR QUÉ VAGO
CÓMIC

Cuando era niño, me encantaban los tebeos del doctor Qué Vago.


Tenía el cráneo pelado, tres pelos en lo alto de la frente, gafas de pasta abultadas y perilla. Vestía una bata que al principio de cada historieta aparecía siempre blanca, y zapatones negros. Del bolsillo de arriba de la bata sobresalían varias pinzas de acero, y solía lleva un estetoscopio colgado del cuello.

Su origen era un misterio. Parece que había nacido en algún lugar de la meseta, aunque el doctor Qué Vago podía haber nacido en cualquier parte. Lo cierto es que viajaba constantemente, por todo el país y aun por el extranjero, metiéndose en líos y resolviendo casos.

Vivía en una antigua ciudad de provincias, con su muralla, su castillo, su plaza mayor, sus iglesias, sinagogas y mezquitas, sus callejuelas y escalinatas, rodeada de agua.

Allí tenía su laboratorio, en un piso compartido, lo que dificultaba, y a veces facilitaba, enormemente sus experimentos.

Un día la inquilina de la habitación de al lado, alarmada de verlo siempre entre sus tubos y probetas, le preguntó:

—¿A qué se dedica ahora, doctor?

—Quito pelos, y los cuido. Soy pelicuro.

—Y... ¿eso es una especialidad?

—Pues claro. Usted tiene pelos, en la barbilla, en las narices, en las orejas y en otras partes.

—Y usted los quita, y los cuida.

—Exacto.

Además de esto, el doctor Qué Vago sufría desde temprano una condena irreversible: aunque era terriblemente ocioso, su vida estaba llena de trabajos y sudores. Siendo niño, le tocó devolver a la cuadra una mula terca, que pastaba en un campo y lanzaba unas coces de órdago. Más adelante, quién sabe por qué, se echó las alforjas sobre los hombros, y las de otros dos o tres arrieros, y cruzó la sierra como si nada. Cuando fue a sacarse el DNI, la funcionaria le preguntó:

—¿Cómo se llama?

—Qué.

—¿Cómo que qué?

—Qué Vago.

—¿De nombre Qué, y de apellido Vago? —y la funcionaria se puso a teclear, dando un silbido.

Para concluir, el doctor Qué Vago sentía a veces debilidad por sus pacientes del antes llamado sexo débil, lo que solía causarle no pocas complicaciones.

Había aún otra cosa misteriosa en los cómics del doctor Qué Vago: iban siempre firmados 'Guera'. ¿Quién era Guera? ¿Cómo era? ¿Dónde vivía? Y, ¿a qué dedicaba el tiempo libre? Quizá viviera muy cerca, o en la otra parte del globo. Este pensamiento me gustaba y me intrigaba.

Ahora contaré algunas cosas que sucedían en las viñetas del doctor Qué Vago, tal como las recuerdo.




EL MAL DESCONOCIDO

Este fue uno de los casos más sonados del doctor Qué Vago. Cuando más tarde aún se lo recordaban, él siempre decía que desde el principio le había parecido demasiado obvio.

El doctor Qué Vago se había pasado toda la tarde examinando pelos, de todas las razas y colores, y ahora estaba tumbado en su hamaca.

Llamaron al timbre.

Se escuchó un ruido de pasos y voces.

Luego, la inquilina de la habitación de al lado gritó, junto a su puerta:

—Es para usted. Llaman, y ni siquiera abre. ¡Qué vago!

El doctor Qué Vago, como de costumbre, no sabía si le estaban increpando o le estaban llamando por su nombre.

Al llegar aquí, en la viñeta surgían unos toc, toc, toc enormes.
 
—Adelante.
 
La puerta se abre, y en la penumbra aparece un hombre de unos cincuenta años, bien parecido y de ojos cavernosos.

—¿Hay algún médico en el cuarto?

El doctor Qué Vago salta de su hamaca, enciende la luz y contesta:

—Solo uno. ¿En qué puedo ayudarle?

—Pues... últimamente estoy un poco pachucho. Me llamo Sandro.

—Y vive usted cerca de la catedral.

—Así es. Deduce bien.

—Se dedica a restaurar iglesias románicas.
 
—Con eso me gano el pan.
 
—Está soltero. Habita la casa de sus abuelos, con una prima, Vera, y una criada anciana, Eusebia. Las dos le adoran y cuidan de usted.

—Es asombroso. ¿Cómo lo ha sabido, con solo mirarme?

—En una ciudad tan pequeña como esta, casi todo termina por saberse. ¿Es que usted no me conoce?

—Doctor Qué Vago, he venido a verle como último recurso.

—Dígame, ¿qué le ocurre?

—Verá: hace unos meses, como quien no quiere la cosa, resulta que ¡zas! me enamoré. Es una mujer maravillosa, buena y atrayente. Se llama Margo. Y lo más extraño es que ella también me quiere. Los amigos me dijeron que: ¡dónde vas tú! Casarte a tus años. Déjalo. No te compliques. Pero ya no podía remediarse. Y tiré p'alante, como los de Alicante.

—Muy bien hecho.

—El día de la boda empecé a sentirme mal.

—Vaya por Dios.

—En lugar de a la iglesia, tuvieron que llevarme a una casa de socorro, y allí no pudieron encontrarme nada.

—Qué cosas pasan.

—La boda se postergó. Los amigos me dijeron que me fuera a la costa, que estaba estresado y necesitaba descansar. Fui a la costa, y en unos días me recuperé. Volví, y ahora estoy otra vez hecho una birria. En el hospital no me encuentran nada. Y los amigos me dicen que deje de pensar en la boda.

El doctor Qué Vago sacó unas pinzas del bolsillo de la bata, le arrancó a Sandro un pelo de lo alto de la frente y lo puso bajo el microscopio.

—Arsénico en el pelo —dictaminó—. A partir de ahora, haga sus comidas fuera de casa; si es posible, en un restaurante de primera, o en un mesón apartado, hogareño. Dentro de unos días iré a verle.

A los pocos días, temprano... aquí tenemos al doctor Qué Vago junto a la catedral, alborotada de golondrinas. Entra en un portal y llama a un piso.

Fue Sandro quien le abrió, con los ojos brillantes.

—¿Cómo se encuentra? —preguntó el doctor Qué Vago.
 
—Estupendamente. Seguí su consejo y me he recuperado otra vez.

La prima Vera estaba fregando el pasillo; y la criada, Eusebia, sentada en un diván de madera, sobre unos cojines y una colcha de ganchillo, tenía en las manos una bolsita de champú, y cerca un palanganero.

—¡No pase! Está húmedo —dijo la prima Vera.

El doctor Qué Vago avanzó hasta ella, dejando las huellas de sus zapatones en el suelo.

—Usted está envenenando a Sandro.

—¡Qué barbaridad! ¿Cómo se le ocurre?

—Elemental: todo el mundo sabe que la prima Vera la sangre altera.

Ella agarró el cubo de agua sucia y se lo echó al doctor Qué Vago por encima de la cabeza.
 
Aunque esa tarde los guardias registraron el piso a conciencia, no lograron encontrar una pizca de arsénico. Nada se explicó nunca. Poco después, Sandro se casó con Margo y se fue a vivir con ella. Y la prima Vera y Eusebia siguieron viviendo junto a la catedral.




LA CREMA REMOZADORA
 
A menudo, cuando el doctor Qué Vago regresaba de improviso de alguno de sus viajes, encontraba un rosario de prendas tendidas de sus instrumentos, de sus tubos y probetas, puestas a secar. Pertenecían a la inquilina de la habitación de al lado. Normalmente se cabreaba, pero esta vez... quitó un sujetador de una probeta y se quedó examinándola. La sustancia que semanas atrás había dejado allí, se había convertido en una crema reluciente, anaranjada, como con una llama dentro. Apartó unas medias del microscopio, vertió en él unas gotas de la pomada, miró, abrió asombrado los ojos y exclamó:
 
—¡Eureka! ¡Serendipia!
 
Por no se sabe qué extraña, aleatoria, involuntaria reacción química había dado con la crema rejuvenecedora que tanto tiempo llevaba buscando. La muestra bullía de vida, de glóbulos y filamentos que se agitaban, se fundían, se traspasaban y volvían a unirse, como queriendo saltar.
 
Sacó de su jaula un ratón anciano, renqueante, tuerto, ya casi sin pelo, y le echó unas gotas de la crema. Le embadurnó todo el cuerpo y, al instante, la piel del ratoncillo adquirió un tono rosáceo, empezaron a brillarle los ojos, dejó de cojear y recobró el pelo.
 
El doctor Qué Vago puso al ratoncillo remozado en el poyo de la ventana, que daba a un huerto que había enfrente de casa, y dijo:
 
—Adiós. Que te vaya bien, amigo.

El ratón cruzó la calle, le arrancó un chillido a una mujer que acudía temprano a misa y desapareció entre la hierba.
 
Luego, sin deshacer la maleta, el doctor Qué Vago metió dentro la redoma con el ungüento y, como por entonces era la feria de Córdoba, allá se fue.
 
Lo primero que hizo nada más llegar, cuando anochecía, fue asomarse al río, por ver si veía a Carmen saliendo del baño. Pero ese atardecer las mujeres no se bañaban en el Guadalquivir.

El doctor Qué Vago cruzó el puente.

Traspasó una portada elevada, encendida, bajo un arco de herradura, y vio que la feria estaba llena de casetas y atracciones. Olía a pollo asado, a sardinas y rosquillas, y por todas partes se escuchaba música y algarabía.

En un corral, vio uno de esos asnos de Cerdeña, diminutos, blancos, de orejas prominentes. Era todo pellejo y huesos, apenas se tenía en pie, y estaba descolorido y desdentado. Pero conservaba su gesto sonriente, socarrón, como si de continuo estuviera de guasa. Su oficio era dar un paseo en carro a los niños, y ya no servía para eso. El doctor Qué Vago lo compró por cuatro perras.

—¿Cómo se llama el asno?

—Maleante —contestó el mulero.

—Hmmmm....

Tomó al asno de la rienda y lo llevó a un prado que había allí cerca. Le echó unas gotas de pomada y le embadurnó todo el cuerpo. Al instante, el asno se alzó sobre las patas, se remozó y empezó a trotar. Se sintió mejor, se puso contento y rozó con el hocico las manos del doctor Qué Vago.

Estaba terminando de anochecer, y había luna llena y estrellas.

El doctor Qué Vago empezó a decir:

—En esta vega, amigo Maleante, que quizá te parece tan hermosa, hay una lucha incesante. Los árboles, las plantas, se agarran a la tierra hasta que no les quedan fuerzas. Los seres móviles se dan caza y se devoran unos a otros. Luego, se acercan a beber al borde de esa balsa hasta quedar saciados. Allí las ranas aguardan una mosca, las aves buscan un grano, o un trozo de algo que llevarse al pico. Y hasta ese cervatillo tan gentil espera la leche de su madre. El aire está poblado de infinidad de seres vivos, o a punto de revivir, solo invisibles a nuestros ojos. La piedra quiere el viento, el mar y hasta las brasas. Nada está quieto. Ninguno podemos escapar a la vida ni a la muerte.

Maleante se puso a rebuznar, enojado. De expresarse en palabras, quizá habría dicho:

—Para ya. Me estás cansando.

El doctor Qué Vago se tumbó en la hierba, y Maleante hizo lo mismo. Pero enseguida se sintió inquieto, se levantó y echó a trotar deprisa en dirección al puente, balanceando el cuerpo. El doctor Qué Vago fue tras él.

Al llegar, se encaramó al pretil y se alzó sobre las patas traseras. Aunque parezca increíble, empezó a bailar una especie de jota, moviendo, como si dijéramos, los brazos, las piernas, la cabeza, el torso y las nalgas. Recordaba sus años mozos, cuando vivía junto a un carromato de cíngaros.

Se acercó un guardia.

—¿Qué es este alboroto? Baje al asno de ahí —ordenó al doctor Qué Vago.

Entre los dos, pusieron a Maleante en el suelo.

—¿Cómo se llama? —preguntó el guardia.

—Soy el doctor Qué Vago.

—¿Y el nombre del asno?

—Maleante.

—El doctor Qué Vago... y Maleante.... hmmmm.... me resulta un poco sospechoso.

Se había reunido un grupo de curiosos.



[TO BE CONTINUED]

Texto de Alan

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04 marzo 2026

ADOLPHE
BENJAMIN CONSTANT


La réponse de mon père ne se fit pas attendre. Je tremblais, en ouvrant sa lettre, de la douleur qu'un refus causerait à Ellénore. Il me semblait même que j'aurais partagé cette douleur avec une égale amertume; mais en lisant le consentement qu'il m'accordait, tous les inconvénients d'une prolongation de séjour se présentèrent tout à coup à mon esprit. «Encore six mois de gêne et de contrainte! m'écriai-je; six mois pendant lesquels j'offense un homme qui m'avait témoigné de l'amitié, j'expose une femme qui m'aime; je cours le risque de lui ravir la seule situation où elle puisse vivre tranquille et considérée; je trompe mon père; et pourquoi? Pour ne pas braver un instant une douleur qui, tôt ou tard, est inévitable! Ne l'éprouvons-nous pas chaque jour en détail et goutte à goutte, cette douleur? Je ne fais que du mal à Ellénore; mon sentiment, tel qu'il est, ne peut la satisfaire. Je me sacrifie pour elle sans fruit pour son bonheur; et moi, je vis ici sans utilité, sans indépendance, n'ayant pas un instant de libre, ne pouvant respirer une heure en paix». J'entrai chez Ellénore tout occupé de ces réflexions. Je la trouvai seule. «Je reste encore six mois, lui dis-je. — Vous m'annoncez cette nouvelle bien sèchement. — C'est que je crains beaucoup, je l'avoue, les conséquences de ce retard pour l'un et pour l'autre. — Il me semble que pour vous du moins elles ne sauraient être bien fâcheuses. — Vous savez fort bien, Ellénore, que ce n'est jamais de moi que je m'occupe le plus. — Ce n'est guère non plus du bonheur des autres». La conversation avait pris une direction orageuse. Ellénore était blessée de mes regrets dans une circonstance où elle croyait que je devais partager sa joie: je l'étais du triomphe qu'elle avait remporté sur mes résolutions précédentes. La scène devint violente. Nous éclatâmes en reproches mutuels. Ellénore m'accusa de l'avoir trompée, de n'avoir eu pour elle qu'un goût passager, d'avoir aliéné d'elle l'affection du comte; de l'avoir remise, aux yeux du public, dans la situation équivoque dont elle avait cherché toute sa vie à sortir. Je m'irritai de voir qu'elle tournât contre moi ce que je n'avais fait que par obéissance pour elle et par crainte de l'affliger. Je me plaignis de ma vive contrainte, de ma jeunesse consumée dans l'inaction, du despotisme qu'elle exerçait sur toutes mes démarches. En parlant ainsi, je vis son visage couvert tout à coup de pleurs: je m'arrêtai, je revins sur mes pas, je désavouai, j'expliquai. Nous nous embrassâmes: mais un premier coup était porté, une première barrière était franchie. Nous avions prononcé tous deux des mots irréparables; nous pouvions nous taire, mais non les oublier. Il y a des choses qu'on est longtemps sans se dire, mais quand une fois elles sont dites, on ne cesse jamais de les répéter.


La respuesta de mi padre no se hizo esperar. Temblaba, al abrir su carta, del dolor que una negativa causaría a Ellénore. Me parecía incluso que hubiera compartido ese dolor con igual amargura; pero al leer el permiso que me concedía, todos los inconvenientes de una prolongación de la estancia acudieron de golpe a mi pensamiento. "¡Seis meses aún de fastidio y opresión!", exclamé. "Seis meses durante los cuales ofendo a un hombre que me había dado pruebas de amistad, expongo a una mujer que me ama; corro el riesgo de arrebatarle la única situación en que pueda vivir tranquila y respetada; engaño a mi padre. Y todo, ¿por qué? ¡Por no afrontar un instante de dolor que, más pronto o más tarde, resulta inevitable! ¿Acaso no lo probamos cada día en detalle, y gota a gota, ese dolor? No hago sino daño a Ellénore; mi sentimiento, tal como es, no puede satisfacerla. Me sacrifico por ella sin hacerla feliz; y yo, vivo aquí sin provecho, sin independencia, careciendo de un instante de libertad, no pudiendo respirar una hora en paz". Entré en casa de Ellénore ocupado en estas reflexiones. La encontré sola. 'Me quedo aún seis meses', le dije. 'Me anuncias esa noticia con bastante sequedad'. 'Es que temo mucho, lo confieso, las consecuencias de un retraso para uno y otra'. 'Me parece que para ti al menos no serían muy enojosas'. 'Sabes muy bien, Ellénore, que no es nunca de mí de quien más me ocupo'. 'Tampoco apenas de la felicidad de otros'. La conversación había tomado una dirección tempestuosa. Ellénore se sentía herida de mis lamentos en una circunstancia en que creía que debía compartir su dicha; yo lo estaba del triunfo que ella había obtenido sobre mis decisiones anteriores. La escena se tornó violenta. Estallamos en reproches mutuos. Ellénore me acusó de haberla engañado, de no haber tenido por ella más que un gusto pasajero, de haberle enajenado el afecto del conde; de haberla puesto nuevamente, a ojos del público, en esa situación equívoca de la que toda su vida había intentado salir. Yo me irrité al ver que volvía en mi contra lo que no había hecho sino por obediencia hacia ella y por el temor de afligirla. Me quejé de mi vida oprimida, de mi juventud que se consumía en la inacción, del despotismo que ejercía sobre todos mis movimientos. Mientras hablaba así, vi que su rostro de repente se cubría de lágrimas; me detuve, volví sobre mis pasos, negué, expliqué. Nos besamos; pero un primer golpe estaba dado, una primera barrera había sido traspasada. Los dos habíamos pronunciado palabras irreparables; podíamos callar, pero no olvidarlas. Hay cosas que están mucho tiempo sin decirse, pero una vez dichas, no se deja nunca de repetirlas.



BENJAMIN CONSTANT
Adolphe

Ilustración de Paul-Émile Bécat

Traducción de Alan


Este libro me recuerda a La double méprise de Mérimée, a las novelas de Madame de La Fayette, a La marquesa de O de Heinrich von Kleist. Es un poco un libro de ese tipo, y muy bueno también. Benjamin Constant escribió además Le cahier rouge y Cécile. Aunque no dejan de ser dos fragmentos más o menos extensos, están igualmente basados en su experiencia y su manera de entender esa cosa tan extraña que llamamos vida.

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04 julio 2025

GLYN PHILPOT
GABRIELLE, NIECE OF THE ARTIST

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01 junio 2025

CARTA DE TATIANA A ONEGUIN
ALEXANDR S. PUSHKIN


Autorretrato, dibujo de A. S. Pushkin


XXXI

Delante tengo su carta;
la guardo sagradamente,
con secreta angustia leo
y no puedo abandonarla.
¿De quién tomó la ternura,
el afecto descuidado?
¿De quién tomó el dulce absurdo,
el hablar irreflexivo,
atrayente, pernicioso?
No lo puedo comprender.
He aquí una traducción
incompleta, deficiente,
una imagen de lo vivo,
un Freïschütz interpretado
por tímidas estudiantes.
 

 Oneguin con Pushkin a orillas del Nevá, dibujo de A. S. Pushkin


Carta de Tatiana a Oneguin

Le escribo a usted, ¿qué más quiere?
¿Qué más resta por decir?
Sé que ahora puede usted
dañarme con su desprecio.
Pero siquiera si guarda
hacia mi triste destino
un poco de compasión,
le ruego: no me abandone.
Primero quise callar.
Créame: de mi vergüenza
nunca hubiera usted sabido,
si tuviese la esperanza
de encontrarle en nuestra aldea,
siquiera de tarde en tarde,
solo una vez por semana.
Nada más oír su voz,
decirle solo una frase,
y luego pensar, pensar
día y noche sobre aquello,
hasta volver a encontrarnos.
Pero dicen que es usted
insociable, y en la aldea,
entre nosotros, se aburre.
Nada nos hace brillar,
aunque en nuestra sencillez
nos alegra verle aquí.

¿Por qué llegó a visitarnos?
En este olvidado sitio
no le hubiera conocido
a usted, ni al dolor amargo.
La turbación de mi alma
inexperta (¿quién lo sabe?)
quizá llegara a calmarse.
Encontraría un amigo,
sería una esposa fiel
y una madre virtuosa.

¡Otro! ¡A nadie en el mundo
le entregaré el corazón!
Lo juzgó el alto consejo...
Lo quiere el cielo, soy tuya.
He sabido desde siempre
que tendría que encontrarte.
Por Dios me fuiste enviado,
lo sé, para que me guardes
hasta la tumba. Ya en sueños
te habías aparecido;
sin cuerpo aún, me atraías.
Tu encantadora mirada
me hacía languidecer.
Tu voz resonó en mi alma
ya entonces... ¡no era ilusión!
Llegaste apenas, lo supe;
entusiasmada, febril,
me dije entre mí: ¡es él!
¿Verdad? ¿No eras tú el que hablaba
calladamente conmigo
cuando ayudaba a los pobres,
cuando calmaba rezando
la tristeza de mi alma?
En ese preciso instante,
amada visión, ¿no surgías
de la noche transparente
y en silencio te inclinabas
sobre el borde de mi lecho?
Con pasión y con amor,
¿no susurrabas entonces
una palabra de ánimo?
Seas ángel de la guarda
o demonio malicioso,
acaba con esta duda.
Quizás esto no sea nada,
¡engaños de alma inexperta!
Y otra cosa se ha dispuesto...
¡Sea lo que haya de ser!
En ti confío mi suerte,
ante ti vierto mis lágrimas,
te ruego que me protejas...
Date cuenta: vivo sola,
aquí nadie me comprende,
mi razón está agotada
y he de morir en silencio.
Te aguardo: con solo una
mirada esperanzadora
da vida a mi corazón,
o deshaz el duro sueño
¡ay, con un justo reproche!

¡Concluyo! Temo releer...
Miedo y vergüenza me frenan...
Pero confiada en su honor,
resuelta a usted me encomiendo...


XXXII

Tatiana suspira y gime.
La carta tiembla en su mano,
la rosada oblea seca
en su lengua enfebrecida.
Ha inclinado la cabeza:
cae el ligero camisón
de su hombro delicioso.
Se extingue el rayo de luna,
la niebla abandona el valle.
Allí platea el torrente,
allí el pastor con su flauta
despierta a los campesinos.
Es de día: hace tiempo
que todos se han levantado.
Mi Tatiana sigue igual.


XXXIII

No advierte que ha amanecido.
Con la cabeza inclinada
se sienta, y en la misiva
no imprime el tallado sello.
Mas ya entrando silenciosa
la encanecida Filípievna
trae el té en una bandeja.
-Es hora, hija, levanta.
¡Amor, si ya estás dispuesta!
Anoche, ¡cuánto temía!
¡Gracias a Dios ya estás bien!
De la congoja nocturna
no queda huella. Tu rostro
parece el de una amapola.


ALEXANDR S. PUSHKIN
Yevgueni Oneguin, capítulo tres

Traducción de Alan

 
Duelo entre Oneguin y Lensky, ilustración de Iliá Repin

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05 mayo 2024

LOS HELECHOS DE HOJALDRE
NOTA DE PRENSA

Se desvela la identidad de Jardinero
Romero en la presentación de su nuevo
libro, Los helechos de hojaldre

Ayer temprano, en una escalera de piedra que va de la plaza de San Lorenzo a la ribera del Eresma, pudimos conocer al autor de Alhaja con dientes, y saber algo acerca de la insólita planta que da título a su nuevo libro, el helecho de hojaldre.

Segovia, 11 de octubre. Había gran expectación, entre la docena de periodistas y curiosos que nos hallábamos reunidos, en una librería cercana a la plaza, en torno a unas sillas y una mesa, por conocer a Jardinero. En un corrillo, se rumoreaba que en realidad se trataba de uno de nuestros más respetados escritores, el mismísimo don Pedro de la Azotea, quien había decidido para la ocasión camuflarse tras un seudónimo. Según la opinión de otros, Jardinero era un escritor novel, o un influencer. Había, por último, quienes afirmaban que, evidentemente, Jardinero no era un viejo ni un joven, sino una mujer, madura y lozana.

A la hora precisa, vimos aparecer por la puerta de la librería a un anciano de cráneo pelado, sombrero ancho, lentes oscuras, capa española y bastón. De habernos encontrado hace cien años, hubiera creído hallarme ante don Emilio Carrere. Y a su lado venía una joven de no mucho más de veinte años, con una blusa de tiras negra, pantalón vaquero y zapatillas.

—Vamos todos fuera —dijo.

Hicimos un saludo a la plaza oval, a las casitas bajas entramadas de vigas de madera, a la antigua iglesia románica, al suelo empedrado, y fuimos sentándonos en unos peldaños que van a dar al río. Como ocurre a menudo en Segovia, se estaba bien fresco a la sombra.

Nos dirigimos al anciano de lentes oscuras, y le preguntamos:

—¿Jardinero?

—No, profesor. De Granada.

—Yo soy Jardinero —dijo la joven, con un acento del sur.

—¿Es un seudónimo?

—No, es mi nombre auténtico.

Al sentarse en la escalera, vimos que llevaba una venda en el pie derecho.

—¿Qué le ha ocurrido? —nos interesamos.

—Me he torcido el tobillo, de tanto estar en cuclillas.

El profesor tomó la palabra y empezó a elogiar el libro de su joven amiga. A su juicio, era un digno compañero del delicioso librito que, en los años veinte del siglo pasado, escribió el checo Karel Čapek, con ilustraciones de su hermano Josef, El año del jardinero. Luego cedió la palabra a la autora, se levantó y, con el bastón y la capa, le vimos dar la vuelta a la vieja iglesia románica, contemplándola, y desparecer por detrás del ábside, lo que nos causó no poca impresión.

—El helecho de hojaldre –dijo la joven– es una diminuta planta que a menudo crece a los pies de otros árboles. Solo necesita un poco de tierra húmeda, sol y viento. Cuando se está ante él, se está en el umbral de la vida. Aun así, es frecuente que pase inadvertido. Muchas veces, por mucho que lo busques, no logras encontrarlo. ¿Vinieron por el río y no lo han visto?

Bajó hasta la ribera, se puso en cuclillas y regresó llevando en las manos una planta escuálida, de hojas rizadas, parduzcas, que crecían hacia adentro y hacia afuera.

—En Japón se conoce como árbol de especia, y en China le dan el nombre de cabello de doncella. Nosotros lo llamamos así porque es tierno como el hojaldre, y por su delicioso aroma. Huelan…

Lo desmenuzó, y nos lo fue poniendo uno a uno delante de las narices.

—¡Es increíble! —decíamos, a coro.

Exhalaba el aroma más delicioso que habíamos olido nunca.

—Y toda la planta huele igual. No importa lo que arranquen: una hoja, una rama, o la raíz.

De repente, el anciano de la capa, con su figura delgada y extraña, surgió por un recodo del portal de la iglesia, lo que nos causó no poco sobresalto, y, señalando con el bastón, dijo:

—Están sirviendo el almuerzo.

La joven se levantó:

—Ya hemos hablado bastante de mi libro. ¡Vamos a almorzar!

Cruzamos otra vez la plaza, hasta Casa Paco. En la terraza, dos camareras de blusa blanca y pantalón negro habían juntado tres mesas de metal y puesto alrededor unas sillas. Mientras nos acercábamos, extendieron sobre las mesas un mantel blanco y empezaron a servir fuentes, vasos y cubiertos; luego unas jarras de barro y unos potecillos tripudos, rojos, humeantes. No sé qué me gustó más, si sus movimientos ágiles y tranquilos, o las raciones que iban trayendo: oreja, torreznos, sepia, queso manchego, un par de sandías… En fin…

Texto de Alan


José María Avrial y Flores, Vista del puente y de la iglesia de San Lorenzo (Segovia)

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10 agosto 2023

ANIMAL CON OJOS
RETABLO DE TÍTERES


"en el títere y en el dios"
Heinrich von Kleist, 'Sobre el teatro de marionetas'


En el último episodio, cuyo título no recuerdo, no hace mucho que dejamos al héroe de esta verdadera historia sorteando por azar los golpes y asechanzas del inescrutable Big Webos, hasta que, de manera imprevisible, conseguía rescatar, desde las entrañas de la Rama Roja, fortaleza de Big Webos, a una joven prisionera, y llevarla hasta una maltrecha cabaña, asomada al mar, sobre una roca y un precipicio, con un estruendo de aguas blancas en el fondo.

Dentro de la cabaña estaba solo el suelo, una carretilla y una chimenea. Puso a la joven en el suelo, tomó la carretilla y descendió, dando tumbos, la montaña. Cargó un poco de barrujo, paja y leña; volvió a subir y, sacando unas cerillas del bolsillo del pantalón, encendió lumbre en la chimenea.

La joven despertó y preguntó:

-¿Cómo te llamas?

-Barrujo.

-¡Barrujo! Y yo me llamo Badila.

Tenía el cabello castaño y los ojos oscuros, el gesto dulce y severo, un cuerpo entre tierno y grávido; en resumen, una hija de Eva 'comme il faut'.

La joven salió fuera, volvió a entrar, miró en torno, levantó una trampilla recortada en el suelo de madera, y surgió un pasadizo descendente, de escalones gastados de piedra, con el techo abovedado, de ladrillo, que se perdía en la oscuridad.

-Recuerdo esto, de pequeña. Esta cabaña era entonces un castillo, propiedad de Big Webos. Aquí me crié, vigilada por un aya, rodeada de sirvientes y soldados.

Se quedó con la mirada perdida, y luego sonrió.

-Esta escalera conducía a los baños. Toma un cándalo y sígueme.

Abrió la trampilla y descendieron hasta el viejo baño renacentista. Se había construido con toda clase de arte, lujos, caprichos y confort. Ahora solo quedaban algunos árboles jóvenes y unas pozas de agua con pececillos y otros animales acuáticos.

En el techo anfractuoso, de roca, a causa de un derrumbe, se veía un pedazo de cielo. Como estaba anocheciendo, el firmamento se hacía de un azul cada vez más intenso, y comenzaban a surgir multitud de estrellas. De vez en cuando aparecía una estrella fugaz, y se desvanecía de nuevo.

Barrujo y Badila se bañaban juntos, a la débil luz del cándalo que se extinguía.

-Y di -preguntó ella de nuevo-, ¿cómo se llama ese astro que parece que tiembla, ahí, junto a la luna?

-¡Qué sé yo! ¿Venus?...

Pasado un rato, ella siguió diciendo:

-Años después, me llevaron a la Rama Roja, fortaleza de Big Webos. Cuando estaba a punto de convertirme en una de sus concubinas, tú me rescataste, en el anterior episodio.

-En realidad no hice nada. Nadie hace nada.

-Todos hacen algo.

-Nada.

-¡Todo!

Y así siguieron un buen rato. Esta fue su primera discusión.

La joven sacó un clipper del corpiño, encendió una hoja de cedro y se puso a fumar, y Barrujo se sentó ante su tablet. De inmediato recibió un mensaje de Big Webos:

"Estrangúlala. Seguramente te habrá dicho que se llama Badila. No te lo creas. Tampoco tú te llamas Barrujo. Algún día te diré quién eres, ahora no tengo tiempo".

Barrujo era de natural pacífico, incluso, según la opinión de los más coléricos, asustadizo. Pero, cosa extraña, le entraron unas terribles ganas de estrangularla.

Al cabo de unos segundos, llegó una postdata de Big Webos:

"Lo hago por tu bien".

"Lo hago por tu bien": ese era el lema de Big Webos, igual que "Quid pro quo" es el lema de Hannibal Lecter.

Unos segundos después, apareció otra frase en la pantalla:

"Te dejo. Voy a comerme un pulpo a la galega, y luego una galega ao pulpo, je, je..."

Otra de las características de Big Webos era que atribuía su gula a un instinto atávico. Cada vez que se pegaba una comilona, en realidad estaba homenajeando a sus ancestros.

-Ven a quitarme lo que me he puesto... -dijo ella, a su espalda.

Él se dio la vuelta y fue acercándose, con el solo pensamiento de agarrar su bonito cuello y estrujarlo.

Le rodeó el pescuezo con las manos, lo acarició y lo apretó ligeramente.

-¿Quieres jugar? -dijo ella- Muy bien, fuera pantalones.

Y así siguieron, uno apretando y la otra desnudando. Casi asfixiada, logró quitarle los calzoncillos, y de repente él la soltó.

-Pero, ¿qué estoy haciendo?

¡El influjo estaba en la ropa! ¡Barrujo tenía que conseguir que todo el mundo se pusiera en pelotas, para librar al mundo del influjo de Big Webos!

-Estoy hambrienta - dijo ella-. 'Why don't do you right?' -canturreó- Baja al pueblo y trae algo de comida.

Barrujo se puso un sombrero de paja y unos pantalones de pana, enganchó a un carro una mula que todavía pastaba por allí, y bajó al pueblo.

Dio con el pueblo en fiestas. Había letreros de lona tendidos de un lado a otro de la calle. Fue a desembocar en una placita antigua, con el suelo empedrado, rodeada de casas bajas entramadas de vigas de madera; y a un lado se veía una iglesia románica, que parecía mayor que la plaza. En el centro se alzaba un poste del que salían, curvándose hasta los tejados, cuerdas trenzadas de hojas verdes.

Barrujo se detuvo ante un pabellón, cuya enseña decía: 'TATTOO STRIP'.

Dentro se desarrollaba un espectáculo tan curioso que nadie reparó en él. Primero, sentado en una silla de enea, acompañado de un guitarrista y dos bailaoras, estaba Cantarillo de Alicante:

                                                                -Ya no te puedo quereeer,
                                                                miii cariño se acabóoo...

Al final de la rumba, sonó una ovación, las luces se apagaron, volvieron a encenderse, y apareció, erguida sobre el escenario, una hembra escultural. Llevaba pintada en el cuerpo una boa, que se enroscaba a sus pechos, sus caderas, y se perdía entre sus muslos. Empezó a contonearse y a girar al ritmo de una música, de la que Barrujo solo entendía:

                                                                -¡Habibi, habibi!...

Luego, iluminada por un foco, surgió una alcachofa de ducha, se detuvo encima de ella y empezó a derramar agua sobre su cuerpo, llevándose la pintura de la boa. Cuando estaba a punto de quedar desnuda, la joven se cubrió el cuerpo con los brazos y las manos, dio la vuelta, y desapareció del escenario. Las luces se apagaron y estalló una ovación.

Entre bastidores, Barrujo escuchó una voz que le decía:

-Sígueme.

Vio salir a la stripper de la tienda, y entrar en un carromato. La puerta estaba entreabierta, la joven duchándose. El vapor dejaba entrever las líneas de su cuerpo, y exhalaba un olor primitivo, a marismas, y a limones del Caribe, mientras el agua terminaba de borrar los rastros de la boa.

-Pasa, hombre, ya no hay peligro...

-¿Cómo te llamas?

-Tenazas...

Pasado un rato, Barrujo regresó a pie a la cabaña, llevando unos panes y unos calamares. La cabaña estaba vacía; abrió la trampilla y descendió a los baños. Alguien había puesto, en una rocalla, un espejo pequeño, de moldura dorada, y enfrente unas cortinas rojas. Al mirarse, vio que unos ojos le observaban tras las cortinas, y a continuación escuchó una carcajada. Las cortinas se descorrieron, y apareció ¡la joven de la boa, Tenazas! Tenía el cabello largo, moreno, los ojos chinitos, alegres y llenos de luz, y un cuerpo como Dios manda: de pecado. Aunque, cosa extraña, de repente empezó a convertirse ¡en Badila!

Este era un misterio femenino sobre el que su maestro Senséi no le había dado explicaciones, ni siquiera cuando juntos exploraban los Archivos de la Gente de Bog...

-Tenías una misión -dijo ella-: traer un poco de comida. Y no has tardado ni cinco minutos en serme infiel conmigo misma. No sé si alegrarme o arrancarte los ojos.

Barrujo se quedó mudo. Sudaba a mares bajo el sombrero de paja y el pantalón de pana.

-No es lo que parece -balbuceó-, déjame explicarte...

Entonces ella, con implacable, aleatoria lógica femenina, argumentó:

-Te quiero, soy incapaz de hacerte daño, que si no, te sacaba de comparsa en mi próximo número. Experimentarías una regresión de la que ni los más audaces han vuelto. Y ahora quítate esas ropas, ya me he reído bastante.

Barrujo, siguiendo las instrucciones de ella, se tendió en un gallinero que había tras las cortinas, espantando a todas las aves. Badila hizo un chasquido con los dedos y entró un antiguo sirviente del castillo, con pinta de Mr. T. Era un tatuador diestro y disciplinado, a pesar de que con su dedo meñique hubiera podido estrangularla.

Barrujo perdió la conciencia. Cuando despertó, estaba sentado en una moto, vestía camiseta, vaqueros y mocasines. Ella le dio sus últimas instrucciones:

-En realidad, sigues tan desnudo como antes, a salvo del influjo de Big Webos. El hábil y sumiso Stilo ha tatuado tu cuerpo, y de paso ha protegido la memoria de la humanidad escribiéndola sobre tu piel. Tu pellejo es lo más valioso. Llevas escritos encima miles de manuales, expedientes, solicitudes, hasta una copia del perdido Sinsidrín. Tus manos guardan archivos digitales, desde los originarios cantos zulúes hasta la última canción del verano. Parte, debemos separarnos; nos encontraremos en la Rama Roja, fortaleza de Big Webos, y desharemos su influjo. Y recuerda: los designios de Big Webos son inescrutables.

Tras unos días de viaje, la gasolina se le acabó a Barrujo al pie de una loma. Saltó a tierra, tirando de la moto con el manillar, y cuando llegó a lo alto se descubrió ante él una ciudad fantástica, inmóvil, de construcciones que le recordaban los árboles delgados y horizontales del África.

La entrada de la ciudad estaba custodiada por un monstruo: tenía melena de león, rostro de mujer y garras de águila. En el comienzo de sus cuatro pechos -dos naturales y dos implantados, enormes- le crecían unas alas de pterodáctilo verdosas, como las ovas de las charcas. Así era la Esfinge de la Linde.

Llevaba allí mil años, abanicándose. A todos los extranjeros les proponía un enigma, porque, en ausencia de un califa, gobernaba la ciudad un visir. Quien resolviese el enigma acabaría con ella y reinaría sobre la ciudad; los que fallaban, le servían de almuerzo.

Al ver acercarse a Barrujo, presintió su fin y dijo:

-¿Cuál es el animal que por la mañana es una roca, por la tarde es carne y por la noche agua?

¿Qué responder? ¿Qué bicho sería aquel? La Esfinge de la Linde pronto le atraparía con sus alas, se lo llevaría a los pechos, y después a la boca. Entonces se acordó de Badila, y del viejo baño, y respondió casi involuntariamente.:

-¡La tortuga!

Se oyó un alarido, y la Esfinge se deshizo y se convirtió en un reguero de hormigas que escaparon por las ranuras de la tierra...

Las puertas de la ciudad se abrieron, y apareció un anciano de túnica blanca, el pelo blanco, largo y lacio, con aspecto de hippie. Pero era aún más antiguo: era el druida de la ciudad.

-En efecto -dijo, escanciando las palabras-, la tortuga es una roca por la mañana, adormilada dentro de su caparazón. Es un pedazo de carne, si los cazadores la voltean durante el día. Y por la noche, en las mesas de los ricos, es una exquisita sopa.

Dio la bienvenida a Barrujo, y le invitó a tomar posesión del reino de Costosia.

Costosia era una ciudad en la que a todo el mundo le resultaba carísimo vivir, salvo a uno de sus ciudadanos: Pococurrante. Era, se decía, uno de sus ascendientes aquel noble veneciano al que un día visitara Cándido: Pococurante, el cual se había hastiado de su palacio y sus riquezas, de sus jardines y su huerto, y hasta de sus mujeres. Su descendiente Pococurrante vivía en un tonel, sin hacer nada.

Un día que Barrujo estaba descansando, en la Cámara del Rey, de sus funciones de magistrado, oyó pasos que se acercaban.

Había en la cámara cuatro tinajas, de la altura de un hombre: la primera tenía manzanas, la segunda vino, la tercera faroles. A la cuarta nadie se había asomado.

Barrujo quiso comer una manzana. Quedaban solo algunas en el fondo. Se estiró para cogerla y cayó dentro. De inmediato se abrieron y cerraron las puertas, y se escucharon voces y lamentos.

-Aunque en ocasiones te has tomado la libertad de desafiarme -oyó decir a su visir-, en realidad solo cumplías mis órdenes. Pronto habré sometido todas las voluntades, y crearé un mundo nuevo, menos imprevisible y más estúpido.

Barrujo se acercó al borde de la tinaja y vio a su visir, y a su lado, con los brazos delante del cuerpo, las muñecas atadas con una gruesa soga, ¡estaba Badila!

-Luego me encargaré de ese pelele de Barrujo; de momento voy a estrangularte, pero antes voy a decirte quién soy: ¡Big Webos!

-¿Por qué todos queréis estrangularme? ¿Es que no pensáis en otra cosa?

Barrujo no podía creerlo. Su visir, un hombre activo y bondadoso, ajeno a los fastos de la corte, amante de la justicia, estudioso del Libro Amarillo, ¡era en realidad Big Webos!

-Tus padres están atados a una estaca en un banco de arena del Fratres. Si das una voz, mañana, con la crecida del río, servirán de alimento a los peces. ¡Voy a comer una manzana!

Big Webos alzó el brazo y lo metió en la tinaja. Barrujo le puso una manzana en la mano y Big Webos la agarró. Oyó cómo la devoraba, y a continuación el corazón mordisqueado cayó sobre las narices de Barrujo.

-Echaré un trago de vino...

Se aupó, y vio la segunda tinaja llena hasta los bordes. Empezó a sorber y sorber. Cuando retiró la cabeza, Big Webos estaba coloradote y excitado.

-El Libro Amarillo prohíbe mirar en la Cuarta Tinaja del Rey -balbuceó- ¡Ahora veremos qué hay dentro!

Tomó un farol de la tercera tinaja, trepó a la última y se asomó:

-¡Qué honda es! Todo está oscuro, y se escucha el ruido del mar...

Big Webos iba inclinándose, ebrio y osado, para ver mejor.

-He visto cosas que vosotros ni imaginaríais...

Badila se acercó por detrás, pegó un soplido y lo tiró dentro.

-¡Trae una vara! ¡Sácame, deprisa! ¡Por Baal, algo se mueve aquí cerca!

Barrujo salió de la tinaja, desató a Badila, la abrazó por detrás, y tiró la soga a Big Webos.

-Ya está dentro la cuerda -le decía Badila a Big Webos, con un acento extraño-. Ahí, un poco a tu derecha, ahí...

Big Webos, dentro de su agujero, oyó que algo se movía. No estaba solo. En medio de su paroxismo, aquello, lo que fuera, se arrimó... pero era tibio y blando, y olía a espigas y a flores silvestres. Le estrechaba entre sus brazos y le besaba. Big Webos se atrevió a palpar:

-Mi madre, ¿qué clase de mujer es esta? Nunca he abrazado unas formas semejantes, ni me han dado besos que supieran tan bien. ¿Dónde van estas mujeres por el día?

Big Webos desfalleció, la sangre se le fue de la cabeza...

Al llegar a este punto, según el autor oriental de esta narración, cuyo relato sigo, la cámara se introduce en la tinaja, hay un fundido en negro, y a continuación una luz cegadora.

Big Webos despierta, en medio del desierto, en un cementerio indio, sobre unas estacas, con la osamenta de un animal cuadrúpedo por compañía.

Se oye ruido de espuelas y un relincho, y surgen unos botos camperos junto al bravo animal.

La cámara recorre unas manos sarmentosas, sabañeadas y grandes, hasta un rostro moreno, cruel y empapado, donde se ve un rictus sin dientes y el blanco de los ojos bajo un sombrero.

-¿Te plació la vaquilla?

-¡Don John! -dijo Big Webos.

Don John se quitó el sombrero, luego se quitó la piel de la cabeza, como si fuera una caperuza, y apareció un rostro inhumano, peludo, risible, de un solo ojo. Se limpió el sudor de la pelambre, y volvió a ponerse la caperuza. ¡El corpulento Don John era en realidad uno de aquellos cíclopes que, según dicen, habitaban antaño los peñascos de Sicilia!

-¿Cómo te encuentras? -dijo Don John.

-He tenido una pesadilla extraña -dice Big Webos-. Soñaba que me despertaba con un reseco enorme. Voy para la cocina a beber un poco de agua, a oscuras, y al llegar al pasillo me cruzo con mi tía Empa, en camisón, y le digo: "¡Empa, tía!". Me vuelven loco estas titis.

-Vamos para la hacienda, Webazos.

El bandido costroso, tosco y peludo de Occidente, y el menudo, oblicuo, sutil oriental, al cabo se reunían, y Barrujo y Badila, sin saberlo, ¡se apresuraban a su encuentro!

Mientras, se había declarado un incendio, nadie sabe por qué, en el palacio y en el reino de Costosia. Barrujo y Badila estaban atrapados en la Cámara del Rey. No les quedó más remedio que tirarse por la Cuarta Tinaja, siguiendo a Big Webos...

Fueron a parar a una isla alargada y plana.

-¡Mira! -dijo Barrujo- ¡Allí hay un viejo y una vieja, atados a una estaca, que nos hacen señas!

Se acercó a la carrera, se puso a desatarlos, y el viejo prorrumpió:

-¡Pero si es este payaso! ¡A quién pedimos ayuda! ¿Dónde está la niña? Como le haya pasado algo por tu culpa...

-No hagas caso de un viejo gruñón -le sonrió la vieja-. He oído mucho bueno de ti. ¡Y qué guapo es!

Barrujo no salía de su asombro, cuando su compañera se acercó y se abrazó a los ancianos. ¡Habían ido a parar al banco de arena en el Fratres, con los padres de Badila!

El viejo se secó una lágrima, encaró a Barrujo y le increpó:

-¡Tú verás lo que haces! Mañana es la crecida del río... Por mí poco me importa, forma medio extinta que soy, ¡pero como la dejes morir a ella...!

-Ni caso -intervino la abuela-. Y cuando salgamos todos de aquí, ¿dónde pensáis vivir? Os casaréis por la Iglesia, como Dios manda, supongo...

Barrujo se sintió abrumado. Ahora de él dependían la seguridad de Badila y las amenazas de un suegro irascible...

Al día siguiente, un helicóptero aterrizó sobre la isla. Descendieron unos hombres en traje azul de verano; otros con vaqueros y visera, cámara al hombro. El que parecía el jefe de la expedición dijo:

-Supongo que ya me conocen -ninguno le conocía-. Soy yo, Freddy. Nuestro último reality tuvo que cerrar por baja cuota de pantalla. Buscábamos algo innovador, y aquí lo tenemos: Náufragos como la vida misma. Llenaremos esta isla de asechanzas y peligros, se las haremos pasar putas, pero el que sobreviva ¡no volverá a pasar hambre! Ese cocinero y ese jardinero, fuera; a otro programa. Queremos realidad, primitivismo, dinamismo. Al más anciano, demacradlo, dará mucho juego. Los demás que se repartan en grupos enfrentados...

Uno de los cámaras interrumpió su discurso:

-Freddy, ¿pero aquí hay nativas?

-Sí, hombre, ahora vamos. Sacad los pins de cocacola y a por ellas, pero rápido, la próxima conexión se efectuará en breves momentos...

Los de la tele desaparecieron en busca de las nativas, y de pronto comenzó a subir el nivel del río. El agua se tragó la isla.

-¡Al helicóptero! -gritó el abuelo.

Echaron todos a correr, Badila, Barrujo y sus suegros, angustiosamente, impedidos por el agua, que les llegaba a las rodillas, y a pocos metros de ellos oían las voces de los periodistas, que venían detrás.

Subieron por fin al helicóptero; Barrujo se puso a los mandos y... no sabía qué hacer. Los de la tele trepaban y golpeaban las ventanillas. Entonces Barrujo escuchó la voz de su maestro Senséi, imprimiéndole confianza: "¡Dale, hombre! ¡Sin miedo! Y que la suerte te acompañe". Después de varios intentos, el helicóptero arrancó a volar, y se alejó dubitativo como un moscardón en el aire...

Al llegar a Palma de Mallorca, el abuelo se empeñó en que estaba harto de islas desiertas y helicópteros; quería ir a la playa y socializar un poco. Y Barrujo dejó en tierra a los padres de Badila.

Cruzaron la península, que les pareció muy bonita, preciosa, hasta Lisboa, y cerca de las Azores, un tifón atrapó al helicóptero y lo arrastró sin rumbo durante horas. Finalmente, llegaron al ojo del huracán. Ahí dentro, iban tranquilos, no sabían dónde.

Cuando lograron escapar a la tormenta, se descubrió ante ellos un océano helado de montañas blancas. Barrujo consiguió aterrizar en la punta de un iceberg. Estaban en un palmo de hielo, a tres mil pies sobre el nivel del mar.

Bajaron del helicóptero y ocuparon un iglú que había allí cerca. Abrieron un agujero en el suelo, y sostenían cada uno una caña. Pasado un buen rato, Badila pegó un tirón, y salió del agujero un pez flaco, en forma de sacacorchos, coleteando con ojos sorprendidos.

-Muy grande no es, pero está bien fresco.

Lo cortaron fácilmente en rodajas. En la boca, se deshacía y crujía como la carne y la piel de un cochinillo al horno, y sabía a resina.

De repente, aparecieron en el agujero las mandíbulas de un tiburón, y luego desaparecieron. El agujero fue haciéndose cada vez más grande. Badila y Barrujo se pegaron a la pared de hielo, hasta que, primero ella y luego él, cayeron dentro del agua helada, y se sumergieron...

En este punto álgido, la productora decidió rescindir el contrato de Badila, por un quítame allá esas pajas. Cuando Badila fue a protestar, se encontró con un hombre vestido de uniforme que le dijo varias veces:

-¡El desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento!

Parecía una frase que había repetido a menudo, y lo hacía con total convicción.

De manera que a Badila no le quedó más remedio. La vemos embarcarse en una gira de un año con el show de TATTOO STRIP, y ya no volvemos a verla en esta historia.

Barrujo fue a parar a un cercado de vacas, algunas pastando, otras tumbadas, que pertenecían a la hacienda de Don John, ¡en Death Valley! Llevaban marcadas hasta las costillas las iniciales DJ. La vivienda de Don John estaba excavada en un promontorio escuálido de rocas altas, alargadas, en medio del desierto. A algunos les había parecido un poco extraña esta morada, pero lo habían achacado a otro de los caprichos del magnate.

La primera persona que Barrujo vio al llegar allí fue a una joven sordomuda que estaba echando de comer a los cerdos. Trabajaba de jornalera y criada para Don John y su recua de vaqueros. Su padre era uno de los que habían ido a Alaska en busca de oro. Había dejado enterrada allí a su mujer, y había regresado con una niña pequeña en brazos. Unos años después, se decía, Don John le había mandado a hacer un recado, y todavía no había vuelto.

La muchacha terminó su tarea, vio a Barrujo acercarse, se tocó el pelo y se metió en la rocalla, en los aposentos de Don John.

-Danos de beber -le dijo Don John a la sordomuda, llevándose el pulgar a la boca.

Don John había instaurado una nueva ley seca. Allí todos los vaqueros bebían burbon de graduación cero, excepto él, que estaba delicado del estómago, según decía, y le añadía unas gotas de agua ardiente.

La muchacha empezó a servirle.

-Un poco más... no seas tacaña. Así.

Le dio un palmetazo en el culo y le dijo:

-Ahora vete a jugar a los indios.

La vio salir de la cueva y añadió:

-Buena jaca, dentro de poco...

Luego se volvió hacia Big Webos.

-¿A qué viene esa mirada? Cualquiera sabe lo que pensáis vosotros los orientales.

-What's up, bro? -dijo tímidamente Big Webos- ¿Y vosotros? 'Guoman', 'güimen', ¡menudo idioma! Cualquiera lo entiende.

-Toma un poco de agua, Webazos. ¿Cómo la quieres, templada o ardiente?

Don John estiró las piernas y las cruzó, con las botas camperas en alto.

-¿Qué es lo más extraño que has visto, aparte de la Cuarta Tinaja?

-Un perro en bicicleta, y la boda de un vampiro. Cuando los invitados se acercaron a felicitar a los novios, él les inclinaba el pescuezo, uno a uno, y acercaba la boca. Pero eso no fue lo más extraño.

-¿Qué fue lo más extraño?... Toma otro vaso. Te lo has ganado a pulso.

Big Webos se sentía incómodo entre esa recua. Apuró el vaso de agua ardiente, sacó su alfombra, se tumbó y empezó a escuchar blasfemias. ¿Por qué esa gente estaba siempre blasfemando? ¿Qué necesidad hay de blasfemar tanto?

Cuando ya no se veía ni un búho en la cueva, Don John se levantó a tientas y pronunció esta enigmática frase:

-Me voy a dormirla y a despertarla.

Poco a poco las voces se fueron apagando; Big Webos se quedó solo en la cueva, y se quedó dormido. Y, cosa extraña, lo que soñaba se parecía a lo que estaba ocurriendo fuera.

Vio a la muchacha llamando a Barrujo, y haciéndole señas para que entrase en la gruta donde ella tenía que pasar la noche, y luego a Don John acercándose despacio tras ellos.

Se escondieron detrás un olivo que, nadie sabe por qué, crecía allí; y al poco apareció en el dintel de la gruta, oscureciéndola, el corpachón de Don John.

-¿Dónde estáis? Da una palmada, mudita.

Don John se quitó la ropa y la piel, y Barrujo y la muchacha entrevieron en la penumbra un cuerpo peludo, monstruoso, de un solo ojo. Obturó la salida de la gruta con un pedrusco enorme, se tumbó y se puso a dar grandes ronquidos.

Con el estruendo, empezaron a salir, por un estrecho agujero de la gruta, multitud de murciélagos asustados que aleteaban vertiginosamente en la oscuridad sin tropezar unos con otros. Había tantos que, de vez en cuando, Don John alzaba un brazo, atrapaba alguno, se lo llevaba a la boca, lo trituraba y escupía las pezuñas y las alas.

Así pasaron la noche Barrujo y la muchacha, ocultos junto al olivo. Cuando vieron, por una ranura de la entrada, que se estaba haciendo de día, Barrujo cortó una rama y la untó en un agua sulfurosa, hirviente a borbotones, que había en una charca allí cerca. Se aproximó a Don John y le frotó el ojo con la rama de olivo.

Don John empezó a dar alaridos y manotazos; se irguió, tambaleándose y dándose contra las paredes; y, a tientas, separó el pedrusco que tapaba la entrada y salió fuera, y con él un chorro de murciélagos que volvieron a introducirse por las grietas de la montaña.

La muchacha y Barrujo se embadurnaron todo el cuerpo de arcilla y cantos pequeños, y se colocaron cada uno a un lado de la entrada, camuflándose entre las rocas. Don John dejó de dar gritos, se giró y se quedó plantado en la puerta. Miró a un lado, luego a otro. Tenían su cuerpo espantoso, con el único ojo enrojecido, muy cerca de ellos, y guardaban silencio, inmóviles y temblando. Don John dio unos pasos hacia el interior de la gruta, y salieron corriendo de allí.

Saltando entre los peñascos, bajaron hasta el río; desamarraron una balsa y, tomando cada uno una vara, la llevaron corriente abajo, mientras veían, acercándose por la orilla, a Don John, y tras él Big Webos, que subían a un bote, y se ponían a remar detrás de ellos.

Al atardecer, las aguas de la corriente, de pronto, empezaron a embravecerse y a girar en grandes remolinos. Aunque Barrujo y la muchacha no lo sabían, estaban acercándose a las cataratas del Aijozú.

Allí habían puesto en marcha un nuevo protocolo: una cesta de mimbre que descendía desde un extremo de la catarata, hasta casi tocar las aguas del río, y volvía a ascender hasta el otro extremo, para que se columpiasen los niños. Pero enseguida la gente adulta se quejó. ¿Por qué solo los niños podían disfrutar de un columpio en las cataratas del Aijozú? No era justo. De manera que colocaron, al lado, una canoa, y ahora las dos embarcaciones se balanceaban sobre el precipicio.

Había dos negros cachas, cuyo nombre nadie conocía, a un lado y otro de la catarata, castigados, nadie sabe por qué, a empujar los columpios día y noche, estuviesen ocupados o vacíos.

La balsa donde iban Barrujo y la muchacha llegó arrastrada hasta el borde de la catarata, se elevó en vertical, y desapareció por el salto de agua. En ese preciso instante, la canoa cruzó delante de ellos, y cayeron dentro. La desataron, y siguieron río abajo. Al volver la vista, vieron a Don John y Big Webos agarrados a los bordes de la cesta de mimbre, balanceándose, con las piernas en el aire, y la estruendosa cortina de agua rugía al fondo.

Cuando estaba anocheciendo, Barrujo arrimó la canoa a la orilla y saltaron a tierra. Arrancó una par de aguacates de un arbusto que se inclinaba generosamente, y le dio a ella el más gordo.

Mientras comían, la señaló con el dedo y dijo en voz alta:

-¿Cómo te llamas?

Ella tomó un palo y escribió algo en la arena:

"Lys Hélène". Y luego, avergonzada, lo borró.

Él se sintió conmovido: comprendió que, si no hablaba, no era porque no tuviera nada que decir. Entonces ella hizo unos gestos con las manos. Él no conocía el lenguaje de signos; pero, al fin y al cabo, tampoco sabía inglés, y en una ocasión había logrado entenderse con una india.

Comprendió que ella decía:

"¿Qué podemos hacer ahora?"

Se suponía que tenía que decir algo, y dijo:

-Cultivar nuestro jardín, y seguir vivos, porque si no te dan hasta detrás de las orejas. Y aun así...

Un enjambre de mosquitos abordó la orilla donde estaban. Saltaron a la canoa y, apoyando los remos en la ribera, la sacaron de allí, llevándola hasta la corriente, y hasta la desembocadura en el mar.


Texto de Alan


Jean Jacques Henner
Sara la baigneuse


DRAMATIS PUPAE:

Barrujo, Badila (Tenazas), Big Webos (visir), Don John (cíclope), muchacha sordomuda, aya, sirvientes, soldados, árboles jóvenes, animales acuáticos, mula, pueblo en fiestas, Cantarillo de Alicante, guitarrista, dos bailaoras, maestro Senséi, gallinas, Stilo, Esfinge de la Linde, hormigas, druida, Pococurrante, habitantes de Costosia, padre y madre de Badila, vaquilla, caballo, tía Empa, periodistas, cámaras, nativas, pez flaco, tiburón, hombre de uniforme, vacas, cerdos, recua de vaqueros, búhos, olivo, murciélagos, dos negros cachas, aguacate, mosquitos


END CREDITS SONGS
   
The Rubinoos, 'Peek-A-Boo'

Laura Cantrell, 'Brand New Eyes'

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16 junio 2022

LE BESTIAIRE
OU CORTÈGE D'ORPHÉE

Los seis poemas de Le Bestiaire a los que puso música Francis Poulenc.




Le Dromadaire

Avec ses quatre dromadaires
Don Pedro d'Alfaroubeira
Courut le monde et l'admira.
Il fit ce que je voudrais faire
Si j'avais quatre dromadaires.

El dromedario

Con sus cuatro dromedarios
don Pedro de Alfarrobeira
recorrió el mundo y lo admiró.
Hizo lo que yo hiciera
de tener cuatro dromedarios.



La Chèvre du Thibet

Les poils de cette chèvre et même
Ceux d'or pour qui prit tant de peine
Jason, ne valent rien au prix
Des cheveux dont je suis épris.

La cabra del Tibet

Los pelos de esta cabra, incluso
aquellos de oro que dieron tanto trabajo
a Jasón, nada valen si se comparan
con los cabellos de los que estoy prendado.



La Sauterelle

Voici la fine sauterelle,
La nourriture de saint Jean.
Puissent mes vers être comme elle,
Le régal des meilleures gens.

El saltamontes

He aquí el delicado saltamontes,
el alimento de San Juan.
Puedan mis versos ser como él,
regalo de los mejores.



Le Dauphin

Dauphins, vous jouez dans la mer,
Mais le flot est toujours amer.
Parfois, ma joie éclate-t-elle?
La vie est encore cruelle.

El delfín

Delfines, jugáis en el mar,
pero las olas son siempre amargas.
Mi dicha ¿a veces estalla?
Vivir sigue siendo cruel.



L'Écrevisse

Incertitude, ô mes délices
Vous et moi nous nous en allons
Comme s'en vont les écrevisses,
À reculons, à reculons.

El cangrejo

Incertidumbre, oh delicias,
vosotras y yo nos marchamos
como se van los cangrejos,
a reculones, a reculones.



La Carpe

Dans vos viviers, dans vos étangs,
Carpes, que vous vivez longtemps !
Est-ce que la mort vous oublie,
Poissons de la mélancolie.

La carpa

En vuestros viveros, en vuestros estanques,
carpas, ¡vivís mucho tiempo!
¿Es que la muerte os olvida?
Pescados de la melancolía.


GUILLAUME APOLLINAIRE
Le Bestiaire, ou Cortège d'Orphée
Ilustrado con grabados en madera de Raoul Dufy

Traducción de Alan

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04 marzo 2022

GERALD BROCKHURST
OPHELIA · IRELAND 1916


Ophelia





Ireland 1916

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06 agosto 2021

ANTONIO LÓPEZ EN SOL
PAINTING











Fotos de Alan

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18 junio 2021

VASILISA PREKRASNAYA
IVAN BILIBIN · GILLIAN AVERY




Far away and long ago there once lived a merchant. He had been married for twelve years but he had only one child, a daughter, whom from her earliest days had been called Vassilissa the Beautiful. When the little girl was eight her mother became ill, and realized that she had not long to live. So she called the child to her, and giving her a tiny wooden doll, said to her: 'I am dying, little Vassilissa, and I leave you this doll with my blessing. It is very precious, and there is no other doll like it anywhere. Put it in your pocket, always have it with you, and never show it to anyone. But if ever you are in trouble or sorrow, go into a corner, take it out, give it something to eat and drink; after that you can ask for help and it will advise you.' Then she kissed her little daughter, blessed her, and soon afterwards she was dead.

That night little Vassilissa could not sleep for crying. At last she tought of the doll, and took it from the pocket of her dress. She found a piece of bread and a cup of kwas, put them in front of the doll, and said: 'Dear doll, eat and drink a little of this. I shall never see my mother again and I am so lonely and sad.'

Then the doll's eyes began to shine like fireflies and it ate a crumb of bread and took a ship of kwas. Then it said: 'Don't cry, little Vassilissa. Grief is worse at night. Lie down and go to sleep. The morning is wiser than the evening.' So Vassilissa went back to bed, and sure enough she felt better when she woke.


(...)



She stumbled on through the dark, full of fear. Then suddenly she heard the sound of a horse's hooves and a mounted knight galloped past her. He was dressed all in white; the horse he rode was milk-white and the harness was white, and as he passed her she could see through the branches of the trees that the sky was getting lighter.

 


She went a little farther and then again there was the sound of a horse. This time a rider dressed all in red came galloping through the forest. His horse was blood-red with a red harness, and just as he passed her the sun rose.

Vassilissa had walked all day. By this time she had completely lost her way and she could not call on the doll for help for she had no food to make it come alive. But as the light was fading and evening was approaching she came into a clearing of the forest. There stood a tumbledown hut on hen's legs which was spinning round and round, and she knew she had reached the Baba Yaga's house. The fence round the hut was made of human bones and on its top were skulls. There was a gate with hinges made of the bones of human feet, and locks made of jaw-bones set with teeth. Vassilissa stood there, frozen with horror. 

 


Then behind her a third man came galloping through the trees. His face was black, he was dressed in black, and he rode a coal-black horse. He went up to the gate and there he dissapeared as if he had sunk into the ground. At this moment night came on and the forest became dark. Immediately the eyes of the skulls on the fence lit up and the clearing became as bright as day. 

 (...)





Then the trees of the forest began to creak and groan, and the bushes and leaves began sighing, and the Baba Yaga came riding out of the dark wood in her mortar, using the pestle as a whip, and sweeping behind her with the broom. Vassilissa let her in, and she went all round the hut, poking into every crevice, looking for faults in the girl's work. But hard as she tried, she could find none. There was not a weed in the yard, nor a speck of dust in the hut, and every black grain had been carefully picked out of the millet.

The witch had to pretend that she was pleased. 'Alright.' she said grudgingly, 'you have done well.' Then she clapped her hands and shouted: 'Ho, my servants! Grind my millet!' Immediately three pairs of hands appeared, picked up the sack and took it away.

 (...)




Vassilissa the Beautiful and the Witch Baba Yaga
(Vasilisa Prekrasnaya)


Retold by GILLIAN AVERY

with illustrations by IVAN BILIBIN
(Source)

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