23 octubre 2009

CHARLOTTE ET VÉRONIQUE

Cortometraje de Jean-Luc Godard (1959), guión de Eric Rohmer. Hay tres cortos más de esta serie: Présentation ou Charlotte et son steak (1951), Véronique et son cancre (1958), dirigidos por Rohmer, y Charlotte et son Jules (1960), de Godard.



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22 octubre 2009

FRANTIŠEK KUPKA


Showgirl in Yellow Costume



The Book Lover



Desnudo tendido, Gabrielle



Dancer and Hoop



The Yellow Scale



Autour d'un point

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20 octubre 2009

ESPUMA DE AFEITAR Y GORILA

La había invitado a cenar esa noche en su casa, y ante su sorpresa ella aceptó. Pero aún no sabía qué hacer con el Comisionado, y era improbable que ella se retrasase. Vivía en el piso de arriba, desde hacía unas semanas.

Terminó de afeitarse. A través de la puerta abierta, miró al pequeño gorila, buscando en él un gesto de aprobación. El Comisionado estaba repantigado en su butaca, en mitad de la sala. No hizo ninguna mueca. Siguió inmóvil. Cualquiera hubiese dicho que esa era su expresión habitual. Aunque el Comisionado nunca la había visto, conocía su andar, su olor y su dulce acento extranjero tan bien como él, y a su modo la consideraba una intrusa. Cada vez que la sentía subir o bajar la escalera, emitía un gruñido poco esperanzador.

Se puso la camisa. Los ojos saltones del Comisionado parpadearon, se entrecerraron muy despacio y volvieron a abrirse, como por un resorte. En una comisura asomó una lágrima. Bostezó. Era evidente que los calmantes empezaban a hacerle efecto y que luchaba por no quedarse dormido.

–¿No es un poco pronto? ¿Quieres ir ya a la habitación?

El Comisionado negó con la cabeza, y acto seguido se quedó amodorrado.

Él sonrió, pero la casa era muy pequeña. No había manera de esconderlo.

Salió del lavabo, llevando el bote de afeitar, y cubrió de espuma el rostro del pequeño gorila. Luego extendió una sábana alrededor de la butaca, a la altura de los hombros. Solo se le veía la cabeza. Parecía un enjuto anciano que se hubiese quedado dormido, con el rostro embadurnado, a punto de afeitarse.

Entonces llamaron a la puerta.

Metió apresuradamente la butaca en el cuarto de baño y corrió a abrir.

Allí estaba ella, encantadora y misteriosa.

–Dé un paso, y entrará en el salón.

–Lo sé –rió ella, con su dulce acento extranjero–. Mi piso es igual que este... solo que al revés. Ahí queda mi alcoba –dijo, señalando el lavabo–, tras una cortina. Y enfrente, donde tiene usted esa cortina, está la puerta del lavabo. ¿Usted también vive solo?

Él asintió con la cabeza, sirvió unas bebidas y poco después fue a ver el asado. La cocina estaba en un rincón, junto a la ventana. Desde allí, la oyó levantarse y andar con su paso familiar. Luego se abrió una puerta.

–Disculpe, creí que no había nadie.

La puerta volvió a cerrarse. Un segundo después, ella estaba frente a él.

–¿No me ha dicho que vivía solo?

–Es el Comisionado... perdóneme, lo olvidé.

–¿Y qué hace cubierto de espuma? Parece que se ha dormido.

–Apenas puede valerse. Viene cada viernes, a que lo afeite. Será solo un momento...

–En ese caso, déjeme mientras usted termina aquí...

Antes que él pudiera decir nada, ya estaba ella en el cuarto de baño, encerrada con el Comisionado.

Las manos le temblaban al sacar la bandeja del horno. Dentro no se oía nada. No la vio salir, dando gritos. Trinchó el asado... ¿sería posible que estuviese afeitándole? Se acercó, pegó el oído a la puerta y escuchó el silbido de la cuchilla al rasurar.

Luego se hizo el silencio. Oyó correr el agua del grifo. Se retiró de la puerta cuando ella la abría. Al fondo vio al Comisionado –no podía ser otro–, inmóvil, irreconocible. En el mentón pelado le brotaban dos pequeños cortes de sangre. Y frente a él estaba ella, que le miraba con ojos intrépidos.

–Servido. Ni siquiera se ha despertado. ¡Cómo me recordó a...! Los rasgos simiescos, esa pinta vetusta...

Luego, con una sonrisa, dijo:

–Entonces, ¿cenamos?

Texto de Alan


Dibujo de František Kupka

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16 octubre 2009

JEAN FRANÇAIX



LE ROI NU · LES DEMOISELLES DE LA NUIT

Le roi nu
01. Scene 1 Fanfare
02. The dance of the three tailors in the square before the palace …
03. The king orders them to desist
04. Scene 2 The wondrous fabric is explained to the court …
05. The fabric is brought out …
06. General admiration
07. Scene 3 The queen dances with her lover …
08. The king is heard approaching …
09. Interlude for the king …
10. The garment is put on … Interlude for the queen
11. Scene 4 A ball in the throne room … ‘But the king is naked!’ …
12. Panic

Les demoiselles de la nuit
13. Scene 1 Nocturne
14. Dance of the servant cats and the young man …
15. Entrance of the female kittens …
16. Pursuit of the mouse …
17. Entrance of Agathe, the coquettish white kitten …
18. Entrance of the lady cats … Battle …
19. Entrance of Madame, the leading female cat …
20. Entrance of Baron de Grotius, the alpha male …
21. General procession … the marriage …
22. Nocturne
23. Scene 2 Dance of the bill …
24. Agathe and the young man …
25. Agathe kills a caged bird …
26. Pas de deux … to bed
27. The Baron and his entourage summon Agathe …
28. The company dances on the rooftops

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14 octubre 2009

HEITOR VILLA-LOBOS



MUSIC FOR FLUTE

01. Quinteto em forma de chôros
for flute, oboe, cor anglais, clarinet and bassoon

02. Modinha
for flute and guitar

Bachianas Brasileiras No 6
for flute and bassoon
03. Aria (Chôro) Largo
04. Fantasia Allegro

05. Distribuição de flôres
for flute and guitar

Assobio a jato
for flute and cello
06. Allegro non troppo
07. Adagio
08. Vivo

09. Chôros No 2
for flute and clarinet

10. Canção do amor
for flute and guitar

Trio
for oboe, clarinet and bassoon
11. Animé
12. Languisamente
13. Vivo

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12 octubre 2009

NUEVAS SALAS DEL PRADO


Raimundo de Madrazo
La modelo Aline Masson


Eduardo Rosales
Desnudo femenino o Al salir del baño


Mariano Fortuny
Los hijos del pintor en el salón japonés



Martín Rico
La Torre de las Damas en la Alhambra

Imágenes: Museo del Prado

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24 septiembre 2009

LAURA CANTRELL



THE HELLO RECORDINGS

01. Cellar Door
02. Roll Truck Roll
03. No Place for Me
04. The Curse of Hook Mountain
05. Lee Harvey Was a Friend of Mine

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18 septiembre 2009

SAGARMAT

El rojo Destrasse le miraba con indiferencia. No había llegado la época de Tartarín, y las montañas eran jóvenes.

Braulio estaba de escribiente en la casa O Moderno Prometeo, de Lisboa, que una vez al mes sacaba un folleto de viajes para las lavanderas de Portugal. Cuando los redactores veteranos, que nunca habían ido más allá de Extremadura, expusieron en el café la extravagancia y la inutilidad de aquella expedición, había resuelto arriesgarse a la aventura como un medio de ascender en la empresa.

Desde el bosque en el valle, el rojo Destrasse parecía un pedrusco volcánico, anfractuoso, de color marrón, dejado por capricho en medio de la selva, entre el verde y el blanco Destrasse, sus pequeños vástagos, a quienes protegía y guardaba. Quizá una vez en su cumbre, un poco roma, se extendiera una amplia meseta, o se abriese el cráter de un volcán extinguido, con un lago de aguas pardas y limpias en el fondo...

–Da vértigo mirarla desde aquí, ¿no le parece?

Braulio se giró y vio a una muchacha morena, de ojos rasgados. No la había oído acercarse. La saludó en su idioma y ella respondió:

–En el pueblo se preguntan qué busca usted allá arriba.

–¿Y qué creen que busco?

–Nada. Por algo, dicen ellos, es usted una nuez.

Braulio pensó que no entendía el dialecto de la muchacha.

–¿Cómo ha dicho... una nuez?

–Sí. Una nuez; un extranjero. El primero que llegó (de eso hace mucho, y la montaña estaba ahí, como ahora) no había visto una nuez. Dijo que parecía una pequeña montaña, la montaña de una niña, con sus ríos y desfiladeros. Imagine cuando cachó la cáscara y apareció la nuez. Dicen que las nueces tienen forma de seso.

–¿Y usted qué piensa –preguntó Braulio– que he venido a hacer aquí?

Pero ella sonrió, reemprendió ágilmente su camino y le dejó sin más. Probablemente, aquella muchacha había pasado toda su vida a los pies de la montaña, corriendo de la falda hasta el valle y otra vez de vuelta, sin importarle asomarse arriba.

Braulio agitó su stick contra el suelo, se echó a la espalda el morral, donde guardaba unas mantas y unos bocadillos, se calzó unas gruesas botas de lana –un artículo venido de China, cuya eficacia debía probar– y comenzó la ascensión, pegado a la falda de la montaña, como una hormiga atareada, con los rayos oblicuos del sol a su espalda.

Iba satisfecho y agotado, cuando la oscuridad cayó de repente y se formó una ventisca. Alcanzó a distinguir una abertura oscura, que podía ser una cueva, y hacia allá se encaminó buscando refugio. Pero, cosa extraña, le parecía que llevaba horas bajo la tempestad, dando vueltas como una peonza, y no veía aparecer la cueva. Al cabo reconoció que estaba completamente perdido. Entonces apoyó el stick contra su cadera y el extremo opuesto no tocó fondo. Recobró el equilibrio y se pegó a la roca de la montaña, como un niño asustado. Durante la ascensión a ciegas, pensó, el desfiladero había ido estrechándose. Probablemente, ahora el vacío se abría a un palmo de él. Y Dios sabe hasta dónde había ascendido en aquellas horas. Resolvió que lo más sensato era detenerse y no mover un dedo hasta que despejara. Pero el viento iba arrastrándole. Tiró como pudo de las mantas, se tumbó y se arrebujó, agarrándose bien a la roca, igual que un percebe.

Aún era de noche cuando la montaña, tan pronto como lo había hecho antes, cambió de humor. La tormenta se fue y quedó un cielo despejado, sin luna y lleno de estrellas, y un aire transparente, denso, que daba gusto respirar. Braulio se asomó con precaución al borde. Cruzó una ráfaga; distinguió unos puntos blancos que se movían dejando ver una mancha verde. ¿Sería posible que el aire agitaba la nieve, y aquella mancha diminuta era el bosque en el valle? Se estremeció y al instante, por fortuna, cayó rendido de fatiga.

Le despertó el sol, que ya descendía, y un ruido de ovejas, y una voz conocida que gritaba:

–¿Ya llegó usted aquí? Le he estado esperando.

¡Había otro ser en aquellas altitudes! Y parecía la voz de la muchacha morena. Braulio abrió los ojos y se vio en el interior de una piedra cóncava, alargada. Se irguió; qué gusto poner el pie en la tierra humeante. Un poco más arriba se veía una cabaña, y cerca estaba la muchacha con sus ovejas. Apenas había avanzado unos metros en todo el día. Seguía en la falda de la montaña.

La muchacha le llevó dentro, encendió lumbre y puso a calentar una pierna de cordero.

–¿Sabe usted? –le dijo, mientras sonreía y le alargaba una jarra– Deseo que esta nueva costumbre del montañismo se extienda. Todos tendrán que cruzar por mi casa, si quieren llegar allá arriba.

–¿Y no le da miedo vivir aquí sola?

–Bajo al pueblo cuando quiero, está a un tiro de piedra... aunque a usted le llevó un día de camino. Y lo que hay por encima no me asusta. Sabemos qué es.

–Ah, ¿lo saben?

–Pues claro, siempre lo hemos sabido. Allá está el fuego de la pequeña... de Sagarmat, la hija pequeña del Cielo, el fuego que olvidó apagar cuando descendió al valle. Un día tendrá que subir y apagarlo y volver a casa, antes que nadie lo advierta, si no quiere que la castiguen. Pero allá arriba las noches son muy largas. Aún no se han despertado. Y mientras, el fuego tiene a la montaña caliente.

Braulio la escuchaba con los ojos abiertos. Acertó a captar el interés de la muchacha.

–Y usted, ¿qué prefiere –dijo ella–, el fuego, o pasar otra noche a la intemperie?

Texto de Alan



El Watzmann
Caspar David Friedrich

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