EL DOCTOR QUÉ VAGO
CÓMIC
Cuando era niño, me encantaban los tebeos del doctor Qué Vago.
Tenía el cráneo pelado, tres pelos en lo alto de la frente, gafas de pasta abultadas y perilla. Vestía una bata que al principio de cada historieta aparecía siempre blanca, y zapatones negros. Del bolsillo de arriba de la bata asomaban varias pinzas de acero, y solía llevar un estetoscopio colgado del cuello.
Su origen era un misterio. Parece que había nacido en algún lugar de la meseta, aunque el doctor Qué Vago podía haber nacido en cualquier parte. Lo cierto es que viajaba constantemente, por todo el país y aun por el extranjero, metiéndose en líos y resolviendo casos.
Vivía en una antigua ciudad de provincias, con su muralla, su castillo, su plaza mayor, sus iglesias, sinagogas y mezquitas, sus callejuelas y escalinatas, rodeada de agua.
Allí tenía su laboratorio, en un piso compartido, lo que dificultaba, y a veces facilitaba, enormemente sus experimentos.
Un día la inquilina de la habitación de al lado, alarmada de verlo siempre entre sus tubos y probetas, le preguntó:
—¿A qué se dedica ahora, doctor?
—Quito pelos, y los cuido. Soy pelicuro.
—Y... ¿eso es una especialidad?
—Pues claro. Usted tiene pelos, en la barbilla, en las narices, en las orejas y en otras partes.
—Y usted los quita, y los cuida.
—Exacto.
Además de esto, el doctor Qué Vago sufría desde temprano una condena irreversible: aunque era terriblemente ocioso, su vida estaba llena de trabajos y sudores. Siendo niño, le tocó devolver a la cuadra una mula terca, que pastaba en un campo y lanzaba unas coces de órdago. Más adelante, quién sabe por qué, se echó las alforjas sobre los hombros, y las de otros dos o tres arrieros, y cruzó la sierra como si nada. Cuando fue a sacarse el DNI, la funcionaria le preguntó:
—¿Cómo se llama?
—Qué.
—¿Cómo que qué?
—Qué Vago.
—¿De nombre Qué, y de apellido Vago? —y la funcionaria se puso a teclear, dando un silbido.
Para concluir, el doctor Qué Vago sentía a veces debilidad por sus pacientes del antes llamado sexo débil, lo que solía causarle no pocas complicaciones.
Había aún otra cosa misteriosa en los cómics del doctor Qué Vago: iban siempre firmados 'Guera'. ¿Quién era Guera? ¿Cómo era? ¿Dónde vivía? Y, ¿a qué dedicaba el tiempo libre? Quizá viviera muy cerca, o en la otra parte del globo. Este pensamiento me gustaba y me intrigaba.
Ahora contaré algunas cosas que sucedían en las viñetas del doctor Qué Vago, tal como las recuerdo.
EL MAL DESCONOCIDO
Este fue uno de los casos más sonados del doctor Qué Vago. Cuando más tarde aún se lo recordaban, él siempre decía que desde el principio le había parecido demasiado obvio.
El doctor Qué Vago se había pasado toda la tarde examinando pelos, de todas las razas y colores, y ahora estaba tumbado en su hamaca.
Llamaron al timbre.
Se escuchó un ruido de pasos y voces.
Luego, la inquilina de la habitación de al lado gritó, junto a su puerta:
—Es para usted. Llaman, y ni siquiera abre. ¡Qué vago!
El doctor Qué Vago, como de costumbre, no sabía si le estaban increpando o le estaban llamando por su nombre.
Al llegar aquí, surgían en la viñeta unos TOC, TOC, TOC enormes.
—Adelante.
La puerta se abre, y en la penumbra aparece un hombre de unos cincuenta años, bien parecido y de ojos cavernosos.
—¿Hay algún médico en el cuarto?
El doctor Qué Vago salta de su hamaca, enciende la luz y contesta:
—Solo uno. ¿En qué puedo ayudarle?
—Pues... últimamente estoy un poco pachucho. Me llamo Sandro.
—Y vive usted cerca de la catedral.
—Así es.
—Se dedica a restaurar iglesias románicas.
—Con eso me gano el pan.
—Está soltero. Habita la casa de sus abuelos, con una prima, Vera, y una criada anciana, Eusebia. Las dos le adoran y cuidan de usted.
—Es asombroso. ¿Cómo lo ha sabido, con solo mirarme?
—En una ciudad tan pequeña como esta, casi todo termina por saberse. ¿Es que usted no me conoce?
—Doctor Qué Vago, he venido a verle como último recurso.
—Dígame, ¿qué le ocurre?
—Verá: hace unos meses, como quien no quiere la cosa, resulta que ¡zas! me enamoré. Es una mujer maravillosa, buena y atrayente. Se llama Margo. Y lo más extraño es que ella también me quiere. Los amigos me dijeron que: ¡dónde vas tú! Casarte a tus años. Déjalo. No te compliques. Pero ya no podía remediarse. Y tiré p'alante, como los de Alicante.
—Muy bien hecho.
—El día de la boda empecé a sentirme mal.
—Vaya por Dios.
—En lugar de a la iglesia, tuvieron que llevarme a una casa de socorro, y allí no me encontraron nada.
—Qué cosas pasan.
—La boda se postergó. Los amigos me dijeron que fuera a la costa, que estaba estresado y necesitaba descansar. Fui a la costa y a los pocos días me recuperé. Volví, y ahora estoy otra vez hecho una birria. En el hospital no me encuentran nada. Y los amigos me dicen que deje de pensar en la boda.
El doctor Qué Vago sacó unas pinzas del bolsillo de la bata, le arrancó a Sandro un pelo de lo alto de la frente y lo puso bajo el microscopio.
—Arsénico en el pelo —dictaminó—. A partir de ahora, haga sus comidas fuera de casa; si es posible, en un restaurante de primera, o en un mesón apartado, hogareño. Dentro de unos días iré a verle.
A los pocos días, temprano... aquí tenemos al doctor Qué Vago junto a la catedral, alborotada de golondrinas. Entra en un portal y llama a un piso.
Fue Sandro quien le abrió, con los ojos brillantes.
—¿Cómo se encuentra? —preguntó el doctor Qué Vago.
—Estupendamente. Seguí su consejo y me he recuperado otra vez.
La prima Vera estaba fregando el pasillo; y la criada, Eusebia, sentada en un diván de madera, sobre unos cojines y una colcha de ganchillo, tenía en las manos una bolsita de champú, y cerca un palanganero.
—¡No pase! Está húmedo —dijo la prima Vera.
El doctor Qué Vago avanzó hasta ella, dejando las huellas de sus zapatones en el suelo.
—Usted está envenenando a Sandro.
—¡Qué barbaridad! ¿Cómo se le ocurre?
—Elemental: todo el mundo sabe que la prima Vera la sangre altera.
Ella agarró el cubo de agua sucia y se lo echó al doctor Qué Vago por encima de la cabeza.
Esa tarde los guardias registraron a conciencia el piso, pero no lograron encontrar una pizca de arsénico. Nunca se explicó nada. Poco después, Sandro se casó con Margo y se fue a vivir con ella. Y la prima Vera y Eusebia siguieron viviendo junto a la catedral.
LA CREMA REMOZADORA
A menudo, cuando el doctor Qué Vago regresaba de improviso de alguno de sus viajes, encontraba un rosario de prendas tendidas de sus instrumentos, de sus tubos y probetas, puestas a secar. Pertenecían a la inquilina de la habitación de al lado.
Normalmente se cabreaba, pero esta vez... quitó un sujetador de una probeta y se quedó examinándola. La sustancia que semanas atrás había dejado allí, se había convertido en una crema reluciente, anaranjada, como con una llama dentro. Apartó unas medias del microscopio, vertió en él unas gotas de la pomada, miró, abrió asombrado los ojos y exclamó:
—¡Eureka! ¡Serendipia!
Por alguna extraña, aleatoria, involuntaria reacción química había dado con la crema rejuvenecedora que tanto tiempo llevaba buscando. La muestra bullía de vida, de glóbulos y filamentos que se agitaban, se fundían, se traspasaban y volvían a unirse, como queriendo saltar.
Sacó de su jaula un ratón anciano, renqueante, tuerto, ya casi sin pelo, y le echó unas gotas de la pomada. Le embadurnó todo el cuerpo, y al instante la piel del ratoncillo adquirió un tono rosáceo, empezaron a brillarle los ojos, dejó de cojear y recobró el pelo.
El doctor Qué Vago puso al ratoncillo remozado en el poyo de la ventana, que daba a un huerto que había enfrente de casa, y dijo:
—Adiós. Que te vaya bien, amigo.
El ratón cruzó la calle, le arrancó un chillido a una mujer que acudía temprano a misa y desapareció entre la hierba.
Luego, sin deshacer la maleta, el doctor Qué Vago metió dentro la redoma con el ungüento y, como por entonces era la feria de Córdoba, allá se fue.
Lo primero que hizo nada más llegar, cuando anochecía, fue asomarse al pretil del río, por ver si veía a Carmen saliendo del baño. Pero ese atardecer las mujeres no se bañaban en el Guadalquivir.
El doctor Qué Vago cruzó el puente.
Traspasó una portada elevada, encendida, bajo un arco de herradura, y vio que la feria estaba llena de casetas y atracciones. Olía a pollo asado, a sardinas y rosquillas, y por todas partes se escuchaba música y algarabía.
En un corral, distinguió uno de esos asnos de Cerdeña, diminutos, blancos, de orejas prominentes. Era todo pellejo y huesos, apenas se tenía en pie, y estaba descolorido y desdentado. Pero conservaba su gesto sonriente, como si de continuo estuviera de guasa. Su oficio consistía en dar un paseo en carro a los niños, y ya no servía para eso. El doctor Qué Vago lo compró por cuatro perras.
—¿Cómo se llama el asno?
—Maleante —contestó el mulero.
—Hmmmm....
Tomó al asno de la rienda y lo llevó a un prado que había allí cerca. Le echó unas gotas de pomada y le embadurnó todo el cuerpo. Al instante, el asno se alzó sobre las patas, se remozó y empezó a trotar. Se sintió mejor, se puso contento y rozó con el hocico las manos del doctor Qué Vago.
Estaba terminando de anochecer, y había luna llena y estrellas.
El doctor Qué Vago empezó a decir:
—En esta vega, amigo Maleante, que quizá te parece tan hermosa, hay una lucha incesante. Los árboles, las plantas, se agarran a la tierra hasta que no les quedan fuerzas. Los seres móviles se dan caza y se devoran unos a otros. Luego, se acercan a beber al borde de esa balsa, hasta quedar saciados. Allí las ranas aguardan una mosca, las aves buscan un grano, o un trozo de algo que llevarse al pico. Y hasta ese cervatillo tan gentil espera la leche de su madre. El aire está poblado de infinidad de seres vivos, o a punto de revivir, solo invisibles a nuestros ojos. La piedra quiere el viento, el mar y hasta las brasas. Nada está quieto. Ninguno podemos escapar a la vida ni a la muerte.
Maleante se puso a rebuznar, enojado. De expresarse en palabras, quizá habría dicho:
—Para ya. Me estás cansando.
El doctor Qué Vago se tumbó en la hierba, y Maleante hizo lo mismo. Pero enseguida se sintió inquieto, se levantó y echó a trotar deprisa en dirección al puente, balanceando el cuerpo. El doctor Qué Vago fue tras él.
Al llegar, se encaramó al borde del puente y se alzó sobre las patas traseras. Aunque parezca increíble, empezó a bailar una especie de jota, moviendo, como si dijéramos, los brazos, las piernas, la cabeza, el torso y las nalgas. Recordaba sus años mozos, cuando vivía junto a un carromato de cíngaros.
Se acercó un guardia.
—¿Qué es este alboroto? Baje al asno de ahí —ordenó al doctor Qué Vago.
Entre los dos, pusieron a Maleante en el suelo.
—¿Cómo se llama? —preguntó el guardia.
—Soy el doctor Qué Vago.
—¿Y el nombre del asno?
—Maleante.
—El doctor Qué Vago... y Maleante.... hmmmm.... me resulta un poco sospechoso.
Se había reunido un grupo de curiosos.
—Todos estamos sujetos a una ordenanza —prosiguió el guardia—. Si no, ¿qué sería esto, el KO's?
El KO's era un pub de Córdoba.
—Por esta vez, lo dejo pasar —añadió—. Pero como vuelva a verles cometiendo otra trastada, los llevo a ver al procurador.
—¿Quién es el procurador?
—El procurador es la persona que procura. No es ningún inútil, como ustedes dos —dijo, y se fue.
El grupo de curiosos se dispersó. Allí no había nada más que ver.
—Ese guardia me ha metido el miedo en el cuerpo.
Maleante, como si hubiera entendido las palabras del doctor Qué Vago, asintió con el cuello.
—Vamos a ver la mezquita.
Y allá se fueron.
Llegaron por un atrio trasero, lleno de limoneros, y encontraron al guardia cagando.
—¿Quién va?
El doctor Qué Vago empujó una puerta, que por fortuna se abrió, y entraron en la mezquita.
¿Habéis visto la mezquita de noche, cuando todo está a oscuras y desierto? Sería más fácil describir una bomba, un terremoto.
Poco a poco, empiezan a distinguirse los ventanales, los arcos y columnas, y hasta las losas del suelo, y hay algo que asusta y sosiega.
—Esto ya está visto. Vamos a ver los patios de tiestos.
El guardia seguía en el atrio. Le pareció distinguir la silueta de un hombre y un asno que salían de la mezquita, y se acercó.
—¿Otra vez vosotros? ¡Qué calamidades! ¿No habréis robado o estropeado algo?
Los registró a tientas y sacó del bolsillo del doctor Qué Vago la redoma con el ungüento.
—¿Qué es esto? —dijo, y se echó unas gotas en la mano y el brazo.
Al instante, las arrugas desaparecieron, los huesos se endurecieron y el pellejo se rellenó de carne y músculo.
El guardia se desnudó y se embadurnó todo el cuerpo. Antes de darse cuenta, se había convertido en un chaval rubio, alto, espigado, como era antes.
—¿Qué diablos es esto? —repitió— No se puede entrar en la mezquita a estas horas, pero por esta vez lo dejo pasar —añadió, entregando la probeta al doctor Qué Vago y poniéndose la ropa—. Vamos a dar una vuelta.
Deambularon por las calles de Córdoba, y al cabo entraron en un patio pequeño. A la luz de la luna, vieron que estaba cubierto, como una enredadera, del suelo a los muros y ventanas, de tiestos verdes y azules, llenos de claveles y tulipanes.
Maleante se acercó y se puso a comer una flor. De repente, adoptó una postura gentil, inconsciente, como el Niño de la espina, y luego se desplomó.
—¿Qué te ocurre, muchacho? —preguntó el guardia— Está prohibido comerse los tiestos, pero por esta vez lo dejo pasar.
Maleante había envejecido de golpe. Se asustó y empezó a dar coces en el aire.
—¿Crees que voy a dejarte? —dijo el doctor Qué Vago— Enfrente de casa hay un huerto. Conozco a la mujer que cuida de él. Allí estarás bien, y yo iré de vez en cuando a verte.
Maleante sonrió, como si estuviera pensando alguna cosa graciosa.
El doctor Qué Vago se acercó al río y echó la redoma en el agua.
LA MUJER INMÓVIL
Una mañana, temprano, el doctor Qué Vago salió de su casa y vio a Maleante en el huerto, a veces quieto, a veces pastando. Hasta había engordado un poco.
Le saludó con el brazo, se acercó y dijo:
—Vamos a ver a una joven paciente, en una aldea aquí al lado. A lo mejor hasta te echa los brazos al cuello, y apoya la cabeza en tu oreja.
Maleante sonrió, y partieron.
El camino discurría entre pinares, manantiales y majuelos. Al llegar encontraron unas pocas casas de adobe, con sus chimeneas y sus tejas rojas, y una iglesia.
Una mujer estaba aguardándoles a su puerta.
—Doctor Qué Vago, pase.
El doctor Qué Vago y Maleante entraron en una sala de losas rojas, y luego en una alcoba, donde yacía una muchacha.
—Lleva así una semana —explicó la mujer—. Se ha metido ahí, y no quiere levantarse.
El doctor Qué Vago la examinó, le tomó el pulso y la auscultó.
"Está fingiendo—se dijo—. Una femme comme il faut".
Estaba envuelta en unas sábanas blancas y una colcha roja con unas franjas horizontales tejidas, por la parte interior, de hilos más gruesos, rojos, verdes y amarillos.
—¿Qué te duele? —preguntó el doctor Qué Vago.
—Siento como una opresión por aquí, por esta zona —se tocó el lado izquierdo del pecho—, y una debilidad muy grande en los brazos y las piernas. Apenas puedo levantarme, y menos aún andar.
—¿Dónde estabas cuando empezaste a sentirte mal?
—Cuidando del melonar, en la cabaña.
—Ahora descansa. Voy a recetarte unas pastillas. Tómate una de naranja por la mañana, una de limón a mediodía y una de menta por la noche.
El doctor Qué Vago, Maleante y la mujer se retiraron de la alcoba.
—¿Qué le ocurre a mi hija, doctor?
—Ha sufrido lo que comúnmente se llama un susto. Alguien o algo la ha asustado, y ahora la pobre intenta decirle que, si no puede moverse, la culpa de lo ocurrido no ha sido suya, y se siente a salvo en la cama.
Aunque el doctor Qué Vago era un desastre en todos los órdenes de la vida, sus juicios médicos solían ser exactos. Nueve de cada diez pacientes reconocían que había acertado en el diagnóstico.
—Y, ¿cómo puede curarse?
—Quién sabe. Quizá con otro susto.
Al llegar la noche, el doctor Qué Vago y Maleante se acomodaron en la cocina, y la mujer se acostó en la alcoba que estaba al lado de donde dormía su hija.
Un rato después, la puerta de la sala se abrió, y se proyectó un haz de luz en la pared encalada que daba enfrente de la alcoba de la muchacha. Una sombra grotesca, de sombrero, zapatones, contornos holgados y pinchos, empezó a reptar por el muro, haciéndose cada vez más grande.
La muchacha dio un chillido, saltó de la cama, salió por la puerta de la sala y chocó contra algo. Volvió a chillar, y luego sonrió y dijo:
—¡Doctor Qué Vago!
El doctor Qué Vago llevaba una chistera negra, gastada, una blusa blanca, con dos gavillas de trigo atadas de los brazos, unos pantalones de pana rotos y unas botas de fieltro.
La muchacha se abrazó al cuello de Maleante y le cubrió la quijada de besos. Luego le sacó a la calle, le tomó con sus manos de las patas delanteras, y empezó a bailar y saltar como loca.
La mujer y el doctor Qué Vago se habían quedado en el dintel de la puerta.
—Parece que se levanta —dijo el doctor Qué Vago.
—Y... ¿no se habrá vuelto un poco tonta?
—Son cosas de la edad... se le pasará... esperemos...
Al cabo todos se calmaron y pudieron dormir un poco. A la mañana siguiente, temprano, la madre entró en la cocina llevando una cesta de huevos, una caja de uvas y un gallo desplumado y sin cabeza, en agradecimiento al doctor Qué Vago.
El doctor Qué Vago no quería aceptarlo, pero la madre, y luego la muchacha, insistieron tanto que no le quedó más remedio. Ató los regalos con una cuerda en el lomo de Maleante, se despidieron y partieron.
Mientras regresaban, al amanecer, el doctor Qué Vago dijo:
—¿Te has enamorado, Maleante?
Maleante hizo como si no hubiera escuchado nada.
—Ahora que necesita recuperarse —prosiguió el doctor Qué Vago—, le sentará bien dar un paso por estos campos. Quizá vaya a verte algunas veces.
Maleante sonrió, y volvieron a casa andando.
Texto de Alan

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